jueves 5 de noviembre de 2009

TRAGOS DE VIDA




Lo prometido... (Un hecho real)

Corrían los años sesenta del pasado siglo XX. Clemente vivía más en el campo que en casa. Próximo a cumplir los setenta, estaba magro, ágil y colorado. Comía chacinas caseras y guisos de patatas y verduras de su huerta. Todo bien regado con vino de pitarra. Por las mañanas salía con su bota grande bien llena, henchida, pero acababa como una pasa y sin forma, por la tarde.

Un día sintió sensación de mareo y pesadez de cabeza. El médico le dijo que dejara el vino y otras bebidas alcohólicas, y que tomara dos o tres litros de agua todos los días. No era muy aficionado Clemente a lo que él llamaba “la mala leche de las tormentas”, que estropeaba tejados y trochas y anegaba las viñas. En fin...

—Habrá que hacer lo que digan los médicos, que pa´eso están —dijo resignado a la esposa, cuando regresó de la consulta, quitándose la chaqueta nueva, que olía a pana desde lejos.

Se familiarizó con las fuentes de los parajes que frecuentaba. Por la mañana bebía en una rodeada de helechos, en una vaguada sombría; su agua, fresca y fina, entraba bien tras la caminata hasta los apriscos. Luego, con los torreznos del almuerzo, se refrescaba en un manantial con sabor a mentas y tomillos. Después de la comida, también de fiambrera, se quitaba la boina y bebía a bruces en la pila de otro venero, en un collado bajo. Antes de beber limpiaba las superficies de tarántulas, salamandras, caracolillos y otros parásitos. Siempre se libraría alguno de esos bichos.

Clemente se puso bien de la cabeza, pero poco después empezó a sentirse mal. Unas veces le dolía el estómago, otras el abdomen y muchos días ambas cosas a la vez. Sin posibilidades en las consultas de los pueblos, el médico diagnosticó gastroenteritis y prescribió dieta blanda: verduras, purés, poco pan, ninguna grasa y, por supuesto, nada de vinos y licores.

Clemente empezó con su régimen, pero cada día estaba peor. Perdió el apetito y mucho peso. Los dolores, cada vez más fuertes, le apartaron del pastoreo y de las viñas, donde laboraba en los ratos libres

—Es como si algo por dentro me comiera los bandullos —decía el pobre Clemente, pálido, con los ojos inundados, retorciéndose, cuando le apremiaba el dolor.

No hubo otro remedio que hospitalizarle. Los especialistas de digestivo le hicieron todas las pruebas posibles. Dijeron que tenía algo grave, pero no sabían qué. Desestimaron la cirugía porque el mal, localizado en el estómago, cambiaba de forma y lugar a cada instante. Clemente cada vez tenía menos fuerza, estaba más delgado y se le adivinaban los huesos al otro lado de una piel lacia, del color de la pavesa. Gracias a los tratamientos paliativos, disminuyeron los dolores.

En medio de aquella lucha por sobrevivir, llegaron las Navidades. Con la anuencia de sus allegados, los médicos le dieron un alta provisional para que pasara las fiestas en familia. Algunos dijeron que aquello era un paripé para que muriera en su casa. Cuando Clemente se vio en el pueblo, rodeado de familiares y amigos, se animó mucho; tanto que, acompañado, llegó hasta la Plaza Mayor para ver el Belén que habían puesto en los soportales del Ayuntamiento.

La familia pasó la Nochevieja en casa de unos sobrinos, como todos los años. Clemente, sin olvidarse de las pastillas, los parches y las inyecciones, cenó puré de espinacas y pescadilla hervida; para beber, agua embotellada. Nada que ver con el cordero y el cochinillo que devoraron los que estaban buenos, con sus vinos, sus cervezas y todos los caprichos apetecidos. Ante la desolación y el malestar que padecía, decidió irse pronto a descansar. Todos, comprensivos, quisieron acompañarle, pero él, estando en la misma calle, dos números más allá, no aceptó.

Se sintió reconfortado en su caserón, en medio de aquel zaguán-distribuidor, escenario de tantos acontecimientos familiares: las matanzas del cerdo, los bailes de las bodas; las charlas distendidas con los amigos, presididas por la bota, o la botella del orujo, si hacía frío. Sí, recordó aquello, sobre todo la destilación del orujo, saliendo gota a gota del alambique, con aquel olor tan característico a hollejos sudados, a lumbre de pino y encina, a noches en blanco animadas por la ilusión de una vida de regalo y lluvias propicias.

Clemente no lo dudó. Abrió el vasar. Allí estaba su botella de aguardiente, como la dejó días antes. Él no usaba el lenguaje de los médicos, pero los comprendía cuando hablaban. Pensó que en la vida sólo vale lo que se vive, no lo que se deja de vivir. Miró la botella, la cogió con reverencia y la abrió. Olió con fruición su contenido. Pensó que si aquello le hacía tanto daño como decían los médicos, sería el último mal; pero eso estaba por ver. Lo que sí tenía claro era que aquel aguardiente, hecho por él, estaba mucho mejor y le gustaba más que las medicinas, cuyos resultados definitivos tampoco se habían visto. Acarició la botella, se la llevó a los labios y bebió dos tragos, pequeños y con cuidado. Sintió la quemazón de siempre en el gaznate, y le supo más bueno que nunca. Dejó todo como estaba, para que nadie sospechara nada. Pensó que, aunque fuese en secreto, habría otros tientos mientras estuviese en su casa con vida. Animado, se fue a la cama.

No había terminado de quitarse las botas, y el orujo andaría buscando acomodo en las entrañas de Clemente, cuando éste notó que se le movía estómago. Le sobrevino un vómito, luego otro. Se asustó al ver que sangraba de forma abundante por la nariz. Le faltaba la respiración. Llamó a los vecinos; estos hicieron venir a la familia y entre todos acordaron avisar al médico.
Cuando llegó el doctor, Clemente respiraba por la boca, estaba casi asfixiado, seguía sangrando y no hablaba. El médico vio con extrañeza que tenía en la nariz mucha sangre cuajada. Limpió, tiró con cuidado y vio que algo salió y se le enredó en los dedos. Era un ser vivo, con movimientos lentos pero insistentes, como quien huye de un incendio perseguido por las llamas. Clemente empezó a respirar con normalidad. Le dolía la garganta y sentía la nariz irritada, pero estaba tranquilo. El médico identificó al parásito alumbrado como un anélido, que era lo que vulgarmente se conocía como sanguijuela.

A todos les extrañó mucho aquello. El más asombrado fue el médico, que no se explicaba cómo pudo entrar aquel gusano en el cuerpo del paciente, y menos los motivos por los que salió de él. Así se lo hizo saber a todos. Clemente, quedándose dormido, dijo con un hilo de voz: “ya le contaré yo a usté lo dañino que es el agua y los milagros de los aguardientes”. Nadie le oyó. Durmió plácidamente aquella noche, bajo los efectos de los tragos de la vida. Así los llamó él.

Al día siguiente Clemente ya no tenía dolores, sólo algunas molestias que pronto desaparecieron. Todos le trataban como a un personaje de portada. Empezó a comer y a engordar, hasta quedarse como siempre fue. Y, como siempre fue, vivió veinte años más, sin hacer caso a los médicos y regalando aguardiente a sus amigos y seres queridos.
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(C) Alejandro Pérez García. Inscrito en el Registro de la P.I. "Los cuentos mejor pensados"
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domingo 11 de octubre de 2009

DE NUESTRA LIBRERÍA...

CERCLE - AL OTRO LADO DE LOS PIRINEOS es una novela de aventuras, con personajes y escenarios históricos de la Edad Media (s. XIII). No dejará indiferente a ningún lector, sobre todo a quienes gustan de la buena literatura, de la intriga y de una estructura amena y llena de acción.
El autor, ANTONIO CASTILLO-OLIVARES REIXA, compañero nuestro en esta "blogsfera", ha dispuesto sus narraciones con orden cronológico, hecho que facilita el seguimiento de la trama a lo largo de sus cuatrocientas noventa y nueve páginas llenas de intensidad y conflicto, que cautivan al lector desde el principio hasta el fin. No dejéis de leerla.
Los personajes principales, casi treinta, están tan bien caracterizados que desde las primeras páginas nos identificamos con ellos. Con psicologías e idiosincrasias diferentes, a veces opuestas, son capaces de convivir y luchar unidos por un objetivo común: apresar a los herejes fugitivos y rescatar el tesoro y las reliquias sagradas. ¿Lo conseguirán? Averiguarlo os resultará fascinante.
Antonio ha sabido salvar muchas dificultades para ofrecernos un texto fácil, comprensible, dinámico. Se ha esforzado para que su discurso quede al servicio del texto y no para lucimiento propio. La palabra concreta, limpia de abstractos y calificativos innecesarios, hace que sus relatos lleguen al lector con una nitidez que se agradece en todos sus capítulos. Ello a pesar de suministrarnos una galería de trebejos y atavíos de la época que requiere el uso de un lenguaje específico que hoy no usamos. Pero no importa, porque Antonio hace que los personajes hablen con gestos y palabras tan actuales que se hacen entender en todo. No obstante, la dificultad de algunos vocablos nos invitará a investigar su significado, comprobando que se trata de voces cercanas aunque estén lejos en el tiempo.
Las descripciones que nos regala el autor en esta novela no cansan. Al contrario. Lejos de paralizar la acción, busca el equilibrio para que nunca se detenga el trote de los cruzados a la grupa de sus corceles, sin dejar de regalarnos conocimientos culturales propios del costumbrismo de la época. Aunque sólo sea por eso, merece la pena leer CERCLE, que, igual que yo, la calificaréis como un verdadero lujo de la creación literaria. Además, si todo lo comentado os parece poco, Antonio nos lleva de la mano en momentos muy concretos por lugares históricos que, aunque cercanos, están AL OTRO LADO DE LOS PIRINEOS. ¡Os gustará! Ya me lo diréis.

viernes 18 de septiembre de 2009

¿DÓNDE HACEN EL AMOR LOS CARACOLES?

Como llevo un año parado y dos meses sin subsidio, canto trovas al Madrid castizo. No hago otra cosa. Así me sorprendí esta mañana en el chaflán más caro de la Gran Vía. Cerca, un mago de mucha confianza hizo desaparecer dos palomas, las mismas de siempre. Luego descubrió, en su lugar, un loro de plástico con plumas de mentira, algo descoloridas.

Tras un rato largo de frío y cansancio, en la funda de mi viejo acordeón sólo había calderilla de cobre y las dos monedas falsas que pongo siempre como cebo. Viendo aquella miseria, me dio por pensar en las cosas que no entiendo: ¿Por qué todas las noches, desde que me echaron de la constructora, sueño con caracoles? ¿Por qué irán siempre con la casa a cuestas? ¿Será para que no se la embarguen? No sé.
Ellos son felices.

Quizá por no hallar esas respuestas, o porque estoy en la sequía económica más absoluta, la mente, un poco huera, me llevó a los días de lluvia: huele a tierra mojada, los parterres de los bulevares regalan sus fragancias de mentas y jazmines, y las parejas corremos en busca de cobijo, en silencio, para que sólo despierte nuestra pasión y podamos fundirnos en el fuego del querer, pero ¿dónde, si la insolvencia nos niega techo, pan y jergón?

El día iba levantando. Olía a churros y café. Sin reparar en el entorno urbano, seguí con el paisaje que fluye cuando escampa: los viejos pasean arrastrando la contera del bastón, tal vez para marcar el camino de vuelta. ¿Dónde van a ir con lo poco que tienen, marginados por sus propias carencias, sufriendo el peso errante, cansino, de la vida? Así van también los caracoles, babeantes, unos detrás de otros, cargando con sus patrimonios. Pero estos, sin escrituras ni hipotecas, van tan contentos. Me gustaría dedicarles un vals en su cuarto, mientras hacen el amor, pero no sé dónde se meten. Además necesitaría seguir una partitura, y tan perdido como estoy...

Poco después, una brisa baja, rastrera, me devolvió a la realidad, pero sólo un poco. Por los perfumes caros, los bolsos finos y los trajes de buena marca, supe que pasaban delante de mí muchos adinerados. No tenían cara de gastar. Ni miraban. Entonces se amontonaron en mi cabeza el préstamo del piso y las letras devueltas del coche, los estudios inacabados y mi chica, la constructora y el desempleo. Supe que nunca tendríamos un domicilio fijo. Arrastraremos lo que somos para llegar a ninguna parte. ¡Como los caracoles! Pero ellos ya están acostumbrados.

En eso llegó el sol de mediodía. Menos mal, estaba entumecido. El acordeón, pesado y frío como un témpano, me vencía. Abroché los teclados y me liberé de él. Estiré la espalda y los brazos; luego puse las manos en cuenco y las calenté con el aliento.

El ilusionista, con la vista caída sobre la escasez de su platillo, se frotaba las piernas y el pecho para ahuyentar el frío. ¿Quién sabe si también el hambre? Toqué un poco más, pero
interrumpí los acordes de Españolerías, el chotis del mexicano Agustín Lara, al acercarse una manifestación. Se me avinagró el gusto al ver que la gente reclamaba a gritos un salario digno. Como si eso no fuese un derecho original, de nacimiento.

Pensé que con tanto barullo podrían estresarse los caracoles de mis sueños. Cada noche los veo deslizarse por la hierba fresca de las cunetas, con sus cuernos erectos, más sigilosos y concentrados cuando van a hacer el amor, porque lo hacen. Ellos sí que traen caracolitos al humedal. No necesitan préstamos para tener esas moradas peregrinas. Tampoco temen el hachazo del desahucio. Nunca serán víctimas del paro.

Cuando la mañana se hacía tarde, pasó una señora enjoyada. Otra más. Sentí como un zarandeo. En lugar de soltar unas monedas, o un billete, echó una mirada de asco a mi acordeón destartalado. Con limosnas así, sentencié, mi casa recién comprada pronto será objeto de subasta, habitada sólo por el vacío del embargo. Sentí algo así como las tristezas de todos los pésames.

Después de mucho meditar, he pedido al malabarista, amigo y vecino de acera, que nos convierta a mi churri y a mí en caracoles. Me ha dicho que mañana. Ya sólo necesito saber dónde hacen el amor estos bichos. ¿En la casa de él o en la de ella?


(c) Alejandro Pérez García

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http://www.sociedaddigital.es/opinion.asp?id_noticia=1920

martes 15 de septiembre de 2009

YA ESTOY AQUÍ

Descansadero en Cañada Real -Colmenarejo- Ep. Felipe II

Acabo de regresar a Madrid. No sé si mi estancia aquí será definitiva, o tendré que volver a mi lugar preferido otra vez, y seguir allí reencontrándome con el trabajo diario, concentrado, que es la mejor musa que conozco. No sé, quizá me vuelva, sí. Los gatos, el perro, los conejos y los ratones me han desconcertado. Han montado tal guirigay en el patio, que no entiendo casi nada. Dicen unas cosas ¡más raras...! Será, digo yo, por los calores, que ponen las cabezas a cocer, las de los ratones, los perros, los gatos y los conejos, también. De las cartas del buzón no quiero ni hablar. Yo creía que los carteros descansaban en verano, pero no. Y encima me encuentro con unos remitentes que ni conozco. Creo que no las abriré, hay que cuidarse de los desconocidos; claro que algunos, después de conocerlos, merecen la pena. No sé. Ya veré.

Me gustaría contestar a todos (a los que no había contestado antes) individualmente, pero eso haría sumar demasiados comentarios a la lista y ¿para qué, siendo yo el mismo firmante? Os lo merecéis, es cierto, pero tenéis que entenderme, dadas las circunstancias... Lo haré en comunidad. Eso sí, intentaré seguir un orden:

A Javier y a Antonio, por desearme buenas vacaciones, cuando me las desearon, y por pedirme que volviera pronto. ¡Puñeteros! Eso es lo que sois, unos puñeteros. Sin embargo, estaba deseando veros. Otro día, más despacio, hablaré de “Cercle – Al otro lado de los Pirineos”, la novela de Antonio, y del verano. Os la recomiendo. No tenéis que agradecérmelo, pero os va a gustar. Ya me diréis.

A Carmen Silva y a David Nihalat, que han leido mi libro "Leña y Papel y otros cuentos" y dicen que les ha gustado. No sabéis cuánto me alegro. Yo también os quiero, y os elijo, igual que me eligió la vida, igual que vosotros elegisteis mi "patio" para charlar en vuestra casa con mis personajes.

A mis incondicionales (no hablo de literatura ni de lo bien que lo hacen), Emilio y al anónimo Port, que tantas veces se han asomado por aquí. Siempre han dejado su tarjea de visita. Unas veces evocándome la Sierra del Guadarrama, con la fragancia de "Las Rosas de Otoño", del jardín de Don Jacinto Benavente, siempre quieto, en la plaza de Galapagar, entre el Pivo y la Iglesia, entre el Ayuntamiento y El Buen Yantar, cerca de Colmenarejo, de Valmayor, de Las Tiestas Cabezas, del Monasterio de El Escorial, de la Jarosa y de Abantos; o haciéndome volar hasta mi Sierra de Gredos, que me recibió un día de febrero de no sé qué año, entonces, cuando nevaba. ¡Ni me la toquen! Gracias.

Gracias a Emilio, una vez más, porque, aunque no la conozco, me habla de Elvira. Hace años que la perdí, a otra Elvira, claro; y cada vez que oigo o leo su nombre mi mirada se hace navegable y mi corazón camina despacio, como si quisiera parar hasta volver a los años pasados, a los años felices de la infancia, en esos lugares abulenses donde me veo en el espejo de cada mañana, cada mañana un poco más lejos del tiempo.

También comenta Emilio, o Port, o los dos, algo de una pequeña intervención quirúrgica, una convalecencia y cosas de esas. No. Yo todavía me siento escritor, aunque ser, lo que se dice ser, no soy nada. Por eso creo que lo importante no es nuestra vida, ni lo que ocurre en ella. Lo importante es "pintar" el mundo como no es y que alguien se lo crea. Ese alguien puede ser sólo el propio autor, porque a veces ni en casa ni en la pandilla nos creen. Somos tan poca cosa que no sabemos trabajar solos: necesitamos un narrador, unos personajes que nos ayuden y un escenario ficticio donde contar nuestras mentiras. Será lo único que quede de nosotros, en cualquier cajón olvidado, después de que algún día no despertemos de la última siesta. Nuestros forros, como lo que envuelven, no son eternos. Pero eso ¿qué importa, si cada vez preguntamos menos por los ausentes?

Por ello, querido Emilio, no me digas, todavía, quién es ese fraile de no sé qué Abadía, donde se casará no sé quién, que vendrá... ¿de qué Galaxia? No me digas tanto. Acabo de llegar y no sé si podré con platos tan fuertes. No quiero que una mala digestión, aunque sea producida por manjares, me retire otra vez.

Mis recuerdos también a mi amigo Luis Martín, Luisito. Nos veremos un día de estos y ya te diré yo cuatro cosas por "meterte en camisas de once varas", como dices tú. ¿Cuándo te he querido yo a ti tan mal, que he pedido tu vuelta al trabajo estando de vacaciones? ¿Por qué alborotas así? Ya hablaremos. Será para bien, no te preocupes; nos conocemos desde hace muchos años y entre nosotros sólo hay colaboración y amistad de la buena.

Y ¿cómo no? Mi abrazo grande y fuerte de bienvenida a esta casa a Enrique Gracia y Soledad Serrano, dos maestros de la creación literaria, hablada y escrita. Con vosotros, todos seremos mucho más. Tomad posesión y lo que os plazca. Estáis convidados. Gracias por venir.

Y gracias a todos por recibirme otra vez. Aquí me tenéis de nuevo para lo que gustéis mandar, despacito y con cuidado ¡eh!

martes 30 de junio de 2009

FELIZ VERANO













lunes 22 de junio de 2009

CIBELES

Será porque soy de pueblo que escribo cosas añejas,
de labranzas y ganados, de miserias y de penas.
También por capitalino, quiero ponerme una prueba:
La Cibeles es la dama, será la musa más bella.
No sé si seré capaz de encender en esa mecha
la chispa de la medida, la cadencia y el fonema.

A ello voy, señora pulcra, en esa fuente y patena
donde se quita el Madrid el sudor de sus proezas
con permiso de las tropas del palacio de la Buena,
de la Buenavista, digo, de Colón y la Cabeza,
la Santa de San Isidro, que es el patrón de las ferias
con los bailes de Barbieri “pa” chulapos y morenas.

Quién te lo iba a decir, que mirando a Muñoz Seca,
tu plaza, que no es la tuya, Castelar es quien la ostenta,
junto al Palacio de Murga y la calle Juan de Mena,
los fantasmas de Linares y el banco de las monedas,
Recoletos y Barquillo y la Gran Vía, eterna:
solaz de reyes y nobles y los guapos de tu Grecia.

De las diosas del amor serás la más satisfecha,
además del pastor Atis todo Madrid te venera,
y hasta el que viene de pueblo enseguidita se ambienta
entre El Retiro y El Prado como quien ya no es de fuera,
porque Madrid es Madrid y a cualquiera nos alberga,
gracias a su casticismo y a Cibeles, que es su reina.

Alejandro Pérez

viernes 29 de mayo de 2009

LA OTRA VOZ

Juan Luis salió a media tarde de un día de mayo. Atrás quedó el chirriar de cerrojos y cancelas, pero no olvidaría la presencia implacable de cámaras y guardianes. No debió entrar, y menos quemar en aquellos reductos cinco años de ardorosa juventud, sin su Ana del alma, tan añorada en los apagones de la noche. Ella cumplía en la capital, y también daría cualquier cosa para reunirse con su amado. No merecieron eso; estuvieron muy lejos de los males achacados.

Los que pusieron a Juan Luis en el brete estaban esperando, como quien quiere compartir la alegría de un rayo de sol o las caricias de una brisa después de un largo vacío, sin amor, sin afecto, sin comunicación... Le ofrecieron dinero, armas y un puesto privilegiado en la dirección del comando. Era lo menos, después de pagar por todos y dejar de propina las vueltas del silencio.

Juan Luis se quedó pensativo, con un gesto de atención que los camaradas no entendieron. Tenía que escuchar su otra voz, la voz con la que mantuvo tantas y tantas charlas en la mudez de la celda. “No aceptes —le dijo—. Una mujer te espera en Madrid”.

(C) Alejandro Pérez Garcia. Inscrito en el R.P.I.