domingo, 17 de agosto de 2008

ANTOLOGÍA I


"ARENA EN LOS ZAPATOS"

Es una publicación de la Escuela de Esceritores editada en 2007. Participan en ella más de 200 autores de habla hispana, que configuran un libro de 509 páginas.

Un fragmento del Prólogo, de Ángeles Lorenzo Vime dice: "Yo antes no lo sabía, pero la mirada del escritor se va formando en esas idas y venidas desde cada mar, desde cada playa, y ese vaivén es lo que le va construyendo, lo que le va dando nombre a las cosas de uno. Esa mirada toma así su forma y adquiere su particular medida, su manera de buscar dentro, cada vez más dentro, de enfatizar la magia, de tocar lo que duele, de recoger lo pequeño, lo oculto, lo grave, lo distinto; de ser sin retorno posible, Cuando uno se da cuenta, ha cruzado el espejo, para ya no volver..."

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ESTO ES UNA MIERDA

Marcos no durmió nada esa noche. En la vigilia recordó el día que empezó a trabajar de ayudante en la subcontrata de la recogida de basuras. Al principio no soportaba los malos olores ni pensar que alguien pudiera reconocerle en plena faena, pero ya habían quedado muy lejos aquellos remilgos. Sus problemas habían cambiado mucho, tanto que con frecuencia espantaban sus sueños.

“Después de tantos años transportando la basura de medio Carabanchel, no sé para qué quieren hacerme ahora conductor de tercera; la vida habrá subido un cinco y el sueldo se me quedará en un tres. Así llevo seis ascensos ¡No te jode!”, se preguntaba Marcos a las cuatro de la mañana, cuando sonó el despertador. “Todos los días igual. Es lo único que funciona en esta casa “, se dijo, barruntando un mal día, de esos que no se olvidan. Se lo anunciaba el dolor de estómago. Quizá todo podía mejorar cuando se viera en la cabina de su camión, escuchando el traqueteo de los contenedores y viendo lo limpias que quedaban las calles.

Antes de salir fue a la habitación de las chicas. Mientras las besaba pensó en los patines y en la Nancy que nunca tuvieron, y en los viajes de fin de curso, que tampoco consintió por falta de posibles. Recordó las malas noches que le dieron cuando echaron los dientes y lamentó no haberse enterado de nada cuando echaron todo lo demás. Marcos andaba siempre trapicheando por ahí, en busca de trabajillos extras que absorbieran la subida de la hipoteca, la comunidad, el teléfono... Nunca era suficiente. Encima, desde hacía poco, tenían en casa a la vieja, a su suegra, que andaba pachucha, la mujer. “La están arreglando los papeles, a ver si cobra algo”, decía la esposa, como pidiendo paciencia. La Engracia había trabajado como asistenta por horas y cuidando niños o ancianos, pero desde que llegó su madre, nada; con atenderla ya hacía bastante.

Marcos miró por la ventana de la cocina. Las farolas tiritaban de frío. Se abrigó y bajó al portal. No había nadie en la calle.

Mientras esperaba al minibús de la empresa pensaba en su regreso a casa, a eso del mediodía. La suegra estaría sentada en el sillón de orejas acolchado, que a él tanto le gustaba, y arropada con su bata de paño, la que le compró la Engracia al poco de casarse, cuando le operaron de la hernia. “¿Por qué no pones la casa más caliente? Aquí no hay lumbre de leña. Con dar al botón ya está”, le diría la vieja como tantas veces. “Claro, ya está... Y a pagar ¡No te jode!”, se respondió Marcos, fumándose el tercer cigarrillo. Luego tiró la colilla y la pisó con saña.

Cubierto con la capucha del anorak, se avinagró recordando el interrogatorio al que le había sometido la Engracia el día anterior.

—¿Qué tal? —preguntó ella cuando llegó Marcos del trabajo a la hora de siempre.

—Nada –contestó él sin ningún entusiasmo.

—¿No me estarás ocultando algún ingreso?

—Pero ¿crees que la gente va tirando billetes a la basura? ¡No te jode!

—¿Tampoco te ha salido nada en estos días? –volvió a preguntar la esposa, sospechando que Marcos podía apartar algo para sus vicios.

—Pues no. Nada –contestó él, incómodo.

—No habrás vuelto otra vez... —dijo ella, levantando el índice acusador.

—Que no. Ni un cartón, ni una partida. No sé cómo, voy siempre justo de dinero —respondió Marcos, ya harto, sacándose los forros de los bolsillos.

Marcos, ignorando a la Engracia, dio media vuelta y se fue a la cocina.

—Esta nevera cada vez tiene menos —protestó, voceando—. “He visto entre las basuras cosas mejores”, pensó.

—¿Qué quieres que tenga? Después de pagar los gastos y comprar tu tabaco, sólo queda para eso —replicó la mujer.

Seguía Marcos con los dolores de estómago, presagio de un mal repente; siempre aparecían cuando ella le atosigaba de aquella manera. Esa mañana estaba como si se hubiese tragado un ladrillo. No mejoraba. “Si estos cabrones me dieran horas extraordinarias o me dejaran doblar algún turno, las cosas cambiarían”, pensaba.

En esas andaba cuando llegó el coche del personal. Poco después entraban en las cocheras, subió con el ayudante al camión y, tras los saludos imprescindibles, puso los motores en marcha para empezar la ruta.

El trabajo avanzaba y el cansancio, también. Mientras daba vueltas por las calles del distrito, Marcos intentaba recordar algo agradable: la última vez que fue al cine con la Engracia, una celebración rumbosa con la familia, alguna gratificación de la empresa... Nada; no vio nada de eso en su memoria.

Dos horas después, amaneciendo, ya había algunos bares abiertos. Mientras el compañero se acercaba con el termo a la Glorieta del Ejército para comprar el café de los desayunos, Marcos siguió por Vía Carpetana hasta la Calle Petirrojo. Paró en el chaflán del número dos, justo detrás del Hospital Militar. Allí recibió, por la emisora interna, un comunicado de la central. Pensó que podía tratarse de una gratificación y que eso le alegraría la mañana. No fue así: “Atención a todas las unidades: el día festivo del próximo puente no habrá servicio. Día libre para todos. En la próxima nómina se descontará el sesenta por ciento del salario correspondiente a un día de trabajo. Nada más. Que lo disfrutéis. Buenos días”. Marcos saltó del camión acordándose de santos y dioses. “Esto es una mierda. El sesenta por ciento. ¡No te jode! ¡No te jode!”, repetía dando puñetazos en el basculante.

Poco después llegó el compañero. Se quedó pasmado al ver cómo Marcos, con cara complacida, con su caja de cerillas en una mano y un cigarrillo en la otra, contemplaba la basura que habían recogido: ardía amontonada sobre el asfalto, bajo el chasis del camión, que ya empezaba también a oler y chisporrotear.

Alejandro Pérez García - Página 378

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