Como llevo un año parado y dos meses sin subsidio, canto trovas al Madrid castizo. No hago otra cosa. Así me sorprendí esta mañana en el chaflán más caro de la Gran Vía. Cerca, un mago de mucha confianza hizo desaparecer dos palomas, las mismas de siempre. Luego descubrió, en su lugar, un loro de plástico con plumas de mentira, algo descoloridas.
Tras un rato largo de frío y cansancio, en la funda de mi viejo acordeón sólo había calderilla de cobre y las dos monedas falsas que pongo siempre como cebo. Viendo aquella miseria, me dio por pensar en las cosas que no entiendo: ¿Por qué todas las noches, desde que me echaron de la constructora, sueño con caracoles? ¿Por qué irán siempre con la casa a cuestas? ¿Será para que no se la embarguen? No sé.
Ellos son felices.
Quizá por no hallar esas respuestas, o porque estoy en la sequía económica más absoluta, la mente, un poco huera, me llevó a los días de lluvia: huele a tierra mojada, los parterres de los bulevares regalan sus fragancias de mentas y jazmines, y las parejas corremos en busca de cobijo, en silencio, para que sólo despierte nuestra pasión y podamos fundirnos en el fuego del querer, pero ¿dónde, si la insolvencia nos niega techo, pan y jergón?
El día iba levantando. Olía a churros y café. Sin reparar en el entorno urbano, seguí con el paisaje que fluye cuando escampa: los viejos pasean arrastrando la contera del bastón, tal vez para marcar el camino de vuelta. ¿Dónde van a ir con lo poco que tienen, marginados por sus propias carencias, sufriendo el peso errante, cansino, de la vida? Así van también los caracoles, babeantes, unos detrás de otros, cargando con sus patrimonios. Pero estos, sin escrituras ni hipotecas, van tan contentos. Me gustaría dedicarles un vals en su cuarto, mientras hacen el amor, pero no sé dónde se meten. Además necesitaría seguir una partitura, y tan perdido como estoy...
Poco después, una brisa baja, rastrera, me devolvió a la realidad, pero sólo un poco. Por los perfumes caros, los bolsos finos y los trajes de buena marca, supe que pasaban delante de mí muchos adinerados. No tenían cara de gastar. Ni miraban. Entonces se amontonaron en mi cabeza el préstamo del piso y las letras devueltas del coche, los estudios inacabados y mi chica, la constructora y el desempleo. Supe que nunca tendríamos un domicilio fijo. Arrastraremos lo que somos para llegar a ninguna parte. ¡Como los caracoles! Pero ellos ya están acostumbrados.
En eso llegó el sol de mediodía. Menos mal, estaba entumecido. El acordeón, pesado y frío como un témpano, me vencía. Abroché los teclados y me liberé de él. Estiré la espalda y los brazos; luego puse las manos en cuenco y las calenté con el aliento.
El ilusionista, con la vista caída sobre la escasez de su platillo, se frotaba las piernas y el pecho para ahuyentar el frío. ¿Quién sabe si también el hambre? Toqué un poco más, pero
interrumpí los acordes de Españolerías, el chotis del mexicano Agustín Lara, al acercarse una manifestación. Se me avinagró el gusto al ver que la gente reclamaba a gritos un salario digno. Como si eso no fuese un derecho original, de nacimiento.
Pensé que con tanto barullo podrían estresarse los caracoles de mis sueños. Cada noche los veo deslizarse por la hierba fresca de las cunetas, con sus cuernos erectos, más sigilosos y concentrados cuando van a hacer el amor, porque lo hacen. Ellos sí que traen caracolitos al humedal. No necesitan préstamos para tener esas moradas peregrinas. Tampoco temen el hachazo del desahucio. Nunca serán víctimas del paro.
Cuando la mañana se hacía tarde, pasó una señora enjoyada. Otra más. Sentí como un zarandeo. En lugar de soltar unas monedas, o un billete, echó una mirada de asco a mi acordeón destartalado. Con limosnas así, sentencié, mi casa recién comprada pronto será objeto de subasta, habitada sólo por el vacío del embargo. Sentí algo así como las tristezas de todos los pésames.
Después de mucho meditar, he pedido al malabarista, amigo y vecino de acera, que nos convierta a mi churri y a mí en caracoles. Me ha dicho que mañana. Ya sólo necesito saber dónde hacen el amor estos bichos. ¿En la casa de él o en la de ella?
(c) Alejandro Pérez García
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Tras un rato largo de frío y cansancio, en la funda de mi viejo acordeón sólo había calderilla de cobre y las dos monedas falsas que pongo siempre como cebo. Viendo aquella miseria, me dio por pensar en las cosas que no entiendo: ¿Por qué todas las noches, desde que me echaron de la constructora, sueño con caracoles? ¿Por qué irán siempre con la casa a cuestas? ¿Será para que no se la embarguen? No sé.
Quizá por no hallar esas respuestas, o porque estoy en la sequía económica más absoluta, la mente, un poco huera, me llevó a los días de lluvia: huele a tierra mojada, los parterres de los bulevares regalan sus fragancias de mentas y jazmines, y las parejas corremos en busca de cobijo, en silencio, para que sólo despierte nuestra pasión y podamos fundirnos en el fuego del querer, pero ¿dónde, si la insolvencia nos niega techo, pan y jergón?
El día iba levantando. Olía a churros y café. Sin reparar en el entorno urbano, seguí con el paisaje que fluye cuando escampa: los viejos pasean arrastrando la contera del bastón, tal vez para marcar el camino de vuelta. ¿Dónde van a ir con lo poco que tienen, marginados por sus propias carencias, sufriendo el peso errante, cansino, de la vida? Así van también los caracoles, babeantes, unos detrás de otros, cargando con sus patrimonios. Pero estos, sin escrituras ni hipotecas, van tan contentos. Me gustaría dedicarles un vals en su cuarto, mientras hacen el amor, pero no sé dónde se meten. Además necesitaría seguir una partitura, y tan perdido como estoy...
Poco después, una brisa baja, rastrera, me devolvió a la realidad, pero sólo un poco. Por los perfumes caros, los bolsos finos y los trajes de buena marca, supe que pasaban delante de mí muchos adinerados. No tenían cara de gastar. Ni miraban. Entonces se amontonaron en mi cabeza el préstamo del piso y las letras devueltas del coche, los estudios inacabados y mi chica, la constructora y el desempleo. Supe que nunca tendríamos un domicilio fijo. Arrastraremos lo que somos para llegar a ninguna parte. ¡Como los caracoles! Pero ellos ya están acostumbrados.
En eso llegó el sol de mediodía. Menos mal, estaba entumecido. El acordeón, pesado y frío como un témpano, me vencía. Abroché los teclados y me liberé de él. Estiré la espalda y los brazos; luego puse las manos en cuenco y las calenté con el aliento.
El ilusionista, con la vista caída sobre la escasez de su platillo, se frotaba las piernas y el pecho para ahuyentar el frío. ¿Quién sabe si también el hambre? Toqué un poco más, pero
Pensé que con tanto barullo podrían estresarse los caracoles de mis sueños. Cada noche los veo deslizarse por la hierba fresca de las cunetas, con sus cuernos erectos, más sigilosos y concentrados cuando van a hacer el amor, porque lo hacen. Ellos sí que traen caracolitos al humedal. No necesitan préstamos para tener esas moradas peregrinas. Tampoco temen el hachazo del desahucio. Nunca serán víctimas del paro.
Cuando la mañana se hacía tarde, pasó una señora enjoyada. Otra más. Sentí como un zarandeo. En lugar de soltar unas monedas, o un billete, echó una mirada de asco a mi acordeón destartalado. Con limosnas así, sentencié, mi casa recién comprada pronto será objeto de subasta, habitada sólo por el vacío del embargo. Sentí algo así como las tristezas de todos los pésames.
Después de mucho meditar, he pedido al malabarista, amigo y vecino de acera, que nos convierta a mi churri y a mí en caracoles. Me ha dicho que mañana. Ya sólo necesito saber dónde hacen el amor estos bichos. ¿En la casa de él o en la de ella?
(c) Alejandro Pérez García
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