martes, 31 de marzo de 2015

¡GRACIAS, GRACIAS, GRACIAS...!

EL TIEMPO HA PASADO, EL SENTIMIENTO ESTÁ PRESENTE
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El 29 de octubre del pasado año presentamos en la AEAE mi nuevo libro, Diario de una rubia. Como maestros de la ceremonia, me distinguieron Emilio Porta y Santiago Solano. Hoy quiero compartir con todos vosotros un extracto de mi agradecimiento expresado a los circunstantes: un público propio, nutrido por familiares y amigos que llenaron el salón.
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Lo primero que quiero decir es GRACIAS. GRACIAS a todos por estar, por el calor y el cariño que siempre me regaláis. Sin vosotros, los de aquí, los que venís de fuera y los que no han podido asistir, este acto, sobra decirlo, no tendría sentido. Lo que soy no es sustancia propia, y lo que hago no es labor exclusivamente mía, es el conjunto cualitativo de cuantos me habéis acompañado en cualquier itinerario de la vida  (…).
GRACIAS a mis maestros, don Ramiro Pato, don Jesús Estévez, don Guillermo Martín…, vivo de los números y me divierto con las letras. Después tuve la fortuna de encontrarme en estas veredas con profesores especialistas en el arte literario: Montserrat Cano, Conchi Rubí, Chema Gómez de Lora y  Enrique Gracia Trinidad (…). GRACIAS a ellos, me enfrento cada día, con atrevimiento iluso, a proyectos que acabarán, o no, en historias publicables. En este caminar  nunca me falta el apoyo y a su vez la crítica, imprescindible y constructiva, de compañeros de talleres, tertulias y foros virtuales. Nominar a todos es imposible, y no quiero ser descortés con omisiones injustas.
Hasta aquí esa trayectoria de convivencia y aprendizaje, que por suerte no ha terminado. En ese peregrinar he tenido la dicha de coronar colinas, otear panoramas y disfrutar la mirada de quienes alientan mis pasos. Hace unos años, en uno de esos altos, mostramos la publicación de Leña y papel y otros cuentos. Hoy, con Diario de una rubia, he vuelto a sufrir los esfuerzos de la cuesta, y a gozar la cercanía y el cariño de los amigos mentores, que han madurado conmigo la obra que hoy pregonamos (…).
Gracias a la ayuda total y desinteresada de Emilio Porta publiqué mi primer libro. Y desde entonces no ha dejado de espolearme, de arrearme, como diría la Rubia. Así, cuando más tranquilo estaba yo, inmerso en el silencio de escribir, encontró entre mis papeles informáticos muestras de este diario. Hasta que no tuvo en sus manos el volumen completo, no paró. Y aquí estamos. Pero antes he tenido que someterme a los deberes que él dictó desde mi propio texto, ateniéndose a la
armonía del sello y características editoriales. ¡Qué verano, qué fatiga! Cuando él me veía agobiado con los arreglos, las revisiones de la maqueta o el diseño de la portada, levantaba la guardia de su exigencia, solo un poco, para decirme «el libro va a quedar hecho un primor, igual que El amuleto, ya lo verás». Lo decía para ahuyentar el desánimo que me rondaba. «Sí, como El amuleto, qué más quisiera yo» El amuleto es su último libro, el mejor clasificado de la colección. Ya habréis intuido que sin los apremios y los estímulos de Emilio, la Rubia tampoco estaría hoy vestida para el baile de esta fiesta.
No puedo callar la consideración que dispenso a Santiago Solano Grande: primero, amigo también; luego autor de una veintena de títulos, y mientras y después, fundador de Escritores en Red. Dirige sus dominios cibernéticos y es un incansable gestor de actividades a favor de los  asociados, para los que persigue el mejor sitio en el cosmos de lo que ahora llamamos nube. Dice que no ha leído el libro. Él sabe de estos inventos tecnológicos más que nadie, y eso le ha servido, como habréis visto, para navegar por el interior de la Rubia y conocer sus dichas y desdichas mejor que ella. He compartido con mi amigo Santiago muchos encuentros culturales. Me acuerdo con placer de uno muy especial, año 2005: tuvo lugar en Burujón, bonito pueblo manchego, donde, según la leyenda, se hospedó Cervantes. No sé, eso de las tradiciones orales invita a desconfiar. Lo cierto es que el grupo sí que pernoctamos allí, invitados por el ayuntamiento, y con nuestras trovas y nuestros cuentos pasamos una velada inolvidable.
Santiago y Emilio, Emilio y Santiago, son escritores de prestigio, presentadores de lujo y amigos sin precio. GRACIAS, muchas GRACIAS a los dos.
Pero sin ninguna duda, la Rubia es la que más me ha incitado en esta travesía que hoy culmina. Es la inspiración y la protagonista de este diario suyo, personal. No cansaré con detalles de su existencia, pues ella misma  revela, en las primeras páginas del libro, quién es y qué hace. Solo diré que es admirable. Temiendo la incertidumbre de un final que llegará, va anotando, con verbo llano, lo que ve y oye en la sucursal
donde quedó abandonada cuando llegó el euro. Pero ya se sabe, la vida en una oficina bancaria no siempre es atractiva. Todos los días no surgen escenas interesantes y reales (…). Por eso a veces, alumbrada por su memoria, describe experiencias lejanas a la quietud que habita. Relata los avatares que presenció en playas y cruceros o interpreta los olores de los pueblos del interior. Otros días se dedica a tramas ficticias, como las pretensiones de don Liborio Merchán, o los flirteos de Marta y Cristóbal.
           Al margen de sus desvaríos, de sus irreverencias e incluso juicios filosóficos, hace algo infrecuente y plausible. Rinde honores a los empleados de banca,  se solidariza con ellos compartiendo los escozores de su trabajo, se alegra si los ve contentos y sufre cuando son tratados como máquinas por los dueños del banco, que cada vez imponen mayores objetivos (…).  Confieso que me gusta esta narradora tan particular. Me identifico plenamente con sus glosas sobre la realidad de unos personajes a los que quiero y alimentan mis recuerdos. Cita a algunos con nombres y apellidos: ya sea de pasada dedicándoles la extensión de una fecha completa. No menciona a todos. Qué vamos a hacer. A mí tampoco me nombra en ninguna de sus páginas. Claro, como tantos mortales, soy insignificante (…). Desde pequeño solo me ha dado por contar mentiras que parecen verdades o verdades que parecen mentiras. Eso no tiene ningún mérito. Además, las palabras que uso no son mías, son prestadas y a veces me olvido de devolverlas. Igual que los albañiles colocan piedras, yo busco voces, las ordeno, y las cambio una y mil veces hasta que juntas expresan lo que quiero decir. Es solo un juego (…).  ¡GRACIAS. MUCHAS GRACIAS A TODOS!
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miércoles, 18 de junio de 2014

MORISCOS, EL LINAJE PERDIDO

NOVELA HISTÓRICA DE MONTSERRAT CANO

"Amena, conmovedora y comprometida. Ofrece una lectura sencilla y profunda en un texto que interesa y apasiona desde las primeras páginas".
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Acabo de leer Moriscos, el linaje perdido, de Montserrat Cano (Ed. Carena Editors, S.L.), prolífica escritora y, para más señas, calificada como «Magnífica/2014» en el programa cultural Saber y Ganar. Desde que leí Cercle, celebradísima saga de Antonio Castillo-Olivares Reixa, y El hijo del Cónsul, de Santiago Posteguillo, no disfrutaba tanto de una novela histórica. Con esta he vuelto a sentir el placer de lo exquisito, apreciación generalizada entre lectores exigentes, amantes de la buena literatura y de contenidos profundos.

           Montserrat Cano novela hechos probados, acaecidos hace más de cuatro siglos. Con su prosa sutil y elegante capta el interés del lector desde la primera frase hasta la última, un camino de cuatrocientas páginas donde no falta de nada: amor, traición, bondad, odio, temor…  Con esos sentimientos presentes en la sociedad de todos los tiempos, Montse construye una trama de intriga en torno al destino de más de sesenta personajes. Nos descubre su condición humana, sus defectos y virtudes y profundiza en la capacidad de la persona, dispuesta a practicar tanto el bien como el mal, dependiendo de la tribuna que ocupe o de la persecución que sufra.

           Moriscos, el linaje perdido transmite emociones desde el otro lado de la ficción. Eso solo se consigue cuando quien escribe, en este caso Montserrat Cano, ha investigado con dedicación y eficacia sobre la verdadera historia, conoce los conflictos que maneja y hace de ellos, gracias a su oficio de narradora magistral, un conjunto armónico, vital, donde todo es posible. Tan posible que el lector, atrapado en la estructura de un escenario cronológico, se encarna con realidad indiscutible en el papel de los personajes.


          Solo me resta decir que Moriscos, el linaje perdido es una novela que pone de manifiesto, entre otros descubrimientos que encarna, cómo sufre el débil cuando el poder abusa de la autoridad prestada; ahora como hace siglos, pero con procedimientos, armas y objetivos diferentes. 


          Recomiendo la lectura de esta novela histórica, una obra brillante que conmoverá y permanecerá en  la memoria del lector como un libro que hay que leer y disfrutar. 
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TE INVITO QUE LEAS, ADEMÁS: Aquí un cuento y aquí cosas que pasan 
 alejandro2153@hotmail.com

miércoles, 6 de noviembre de 2013

"EL GUANTE VERDE", UNA NOVELA DE MILA AUMENTE


CONMOVERÁ A UNAS Y SORPRENDERÁ A OTROS

Conocí a Mila hace muchos años. Los dos rompíamos la timidez literaria en los talleres de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles, de la mano de la profesora, hoy nuestra amiga, Montse Cano. Mila era la primera de la clase, y deshizo el silencio con un cuento lleno de imágenes y emociones. En aquella pieza había un elemento significativo, con mucha fuerza, de esos que cautivan para siempre. ¿Saben de qué hablo? ¡De un par zapatos!  Y ¿saben de qué color eran aquellos zapatos? ¡Eran verdes! Sí, señores, verdes, como El Guante que ya está en las librerías más importantes de España, y quizá pronto en las de Egipto, Londres y  Australia.

Pensarán que se trata de una manía, de las muchas que tienen los escritores; no, nada de eso. El verde es un talismán en el oficio de Mila. Además de sinónimo de esperanza, es símbolo de vida y de la transformación auténtica que la define como narradora. O si lo prefieren, considérenlo como una metáfora que relaciona a nuestra autora con la superación permanente, hasta deleitarnos con la madurez exquisita de sus frutos literarios. Así es El funeral de un cobarde, su novela del año pasado; así es El Guante verde, la novela que hoy pregonamos, y así son sus relatos y los micros que nos regala con frecuencia en Facebook. Todo es un compendio transparente, como el aire que respiramos: con suspiros de realidades y alientos de fantasía.

Toda su obra es espontánea y natural, pues prospera con el fluir cotidiano; y a la vez intensa, porque no se detiene en el aspecto insustancial de lo anecdótico. Cala con fuerza en el espacio emocional, despertando en cada destinatario inquietudes diferentes. Unas serán objeto de nuevas percepciones existenciales, otras servirán para modificar convencimientos que antes creíamos indeformables. Sí, Mila hunde su palabra en la corteza humana, profundiza y deja su mensaje de manera sencilla. Hacerlo tan fácil es muy difícil.

El guante verde es una novela construida con el conflicto particular de más de cincuenta personajes, casi sesenta,  que dan sentido a una historia central. Todos, desde la protagonista hasta un taxista que pasaba por allí, evolucionan mientras perfilan estelas íntimas que sobrecogen al lector. Para conseguir eso, dado el andamiaje anímico de cada uno de ellos, Mila ha hecho un trabajo magistral: ha dado vida a esa legión de actuantes, incluida María, una psicóloga que interpreta en sí misma la contradicción y la inconformidad del mundo actual. Luego, después de seducirlos a todos en un entorno afín y atractivo, ha ensamblado, con precisión verosímil, esas piezas palpitantes, individuales, construyendo una estructura circular, donde nada queda suelto, donde continuas evocaciones retrospectivas dan vida a un sin vivir de amores y desencuentros.

Pero El guante verde no es una novela rosa, aunque puedan catalogarla así quienes no reparen en las entrañas del argumento. Entre penas y alegrías, Mila nos lleva —más allá de cualquier frivolidad— a encontrarnos con nosotros mismos. Prueba de ello, es la reflexión que nos regala de su puño y letra. Plantea “... si realmente existen las diferencias emocionales entre los seres humanos, o quizá solo nos diferencia el momento vivido o la situación creada”.  Cuando un texto contiene estas incursiones inteligentes, merece una etiqueta conceptual brillante, filosófica, lejos del mero entretenimiento que a veces buscamos en la Literatura.

Por todo ello, El guante verde, igual que su novela anterior, no termina con el punto final. Deja en la mente del lector la silueta de una mirada diferente,  concebida allende otros horizontes. Es la singladura que nos propone Mila para luego, con un ritmo trepidante y haciéndonos tropezar con desatinos propios, mostrarnos con sosiego lo convencional, donde aparecen embaulados los recuerdos que inspiraron nuestra biografía. Así nos deleita con una voz narrativa estética, ingeniosa y sensible, siempre al servicio de la trama. La calidad de ese estilo hace posible una comunicación fluida y eficaz, que nos deja recuerdos indelebles y una definición clara de lo que es el arte de crear y contar.

Así es la obra de Mila. Así es El guante verde, un libro con mucho talento, para todos los gustos, tanto los que prefieren la evasión —como antes decía— o los que buscan contenidos sutiles. Es una novela de hoy para siempre, superior a muchos títulos que están en las listas de superventas. No tengo ninguna duda.


Por eso recomiendo comprar y leer El guante verde. Y cómo no, todo mi cariño y reconocimiento a Mila, que ha abierto un nuevo capítulo en su trayectoria de escritora importante. ¡Que lo es!     
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TE INVITO A LEER:  Un cuento y una reflexión

domingo, 22 de septiembre de 2013

DIARIO DE UNA RUBIA

"Aquí mando yo y se hace lo que yo diga"


10 de Marzo de 2002 – Domingo.


Hoy no trabaja nadie. Yo tampoco. No me apetece. Además, a mi no me pagan, ni por esto ni por nada. Rezaré un poco a San Carlos el Duro por las rubias mártires, que dieron su vida a favor del €uro y la erradicación del pasaporte dinerario. Sí. Eso es lo que haré. Y ya está.


11 de Marzo de 2002 – Lunes.

Hoy puede ser un gran día pero, como he leído en algún sitio, seguro que alguien lo estropea. No es que yo sea una agorera, pero suele pasar.

¡Mira por donde! ¡Acaba de entrar! No le nombro porque sería como nombrar al mismísimo diablo. No quiero darle la oportunidad de decir “yo no soy ese”. Solo pondré nombres y apellidos a los que se distingan por algo honroso.  Todos están en mis pensamientos y, dependiendo de mi estancia aquí, aparecerán o no en estos comentarios.

El recién llegado no tiene nombre. Tampoco tengo a mano un adjetivo que le califique como merece. Fue jefe aquí durante muchos años, pero no dejó amigos. Su trabajo no se correspondía con el sueldo que cobraba. En horario pagado por  el banco hacía trabajos extras en otras empresas, que cobraba aparte. Sin embargo él no consentía que sus subordinados tuvieran un pluriempleo en su tiempo libre.

Siempre utilizaba su mal trato y el esfuerzo de los demás para sacar brillo a sus medallas. Las horas extras de los empleados eran para él una herramienta de premio y castigo. Si uno estudiaba o se iba de pesca y no hacía horas, le intimidaba.

—Usted tiene que estar disponible para el banco, y si hay trabajo tiene que hacer horas.

Por el contrario, si otro, por su situación económica, necesitaba  las extras, no permitía que las hiciera, o se las daba como favor a cualquier precio.

Fue torpe, muy torpe. Sus superiores sabían bien como era, algunos se sentían complacientes con su comportamiento. Sin embargo, bien conocidas sus tretas, no llegó donde pretendía. Se quedó a mitad del camino. Nadie le apreciaba; bueno sí, los que sacaban partido de sus fechorías.

Los empleados le trataban como se merecía, siempre que era posible. Si se convocaba una huelga, esta sucursal registraba uno de los   índices más altos de participación, y cuando por cualquier motivo se organizaba una comida de hermandad o institucional a la que él, por razón de su cargo, no podía faltar, sus maltratados no asistían.

Es una pena que haya sujetos así. Por suerte, no hay muchos. En el trabajo son lo que permite el cargo, pero sin etiqueta no son nadie. Cualquier sonrisa que reciban será siempre un exceso. Así, pasean la nimiedad de sus valores por los ambigús de la nada, viendo solo las espaldas de cuantos tuvieron el infortunio de padecer sus vilezas.

Yo solo soy testigo de opiniones objetivas. Nada me deben. Aunque deberían dar las gracias por la elegancia del anonimato y por no dar detalles de cuanto dicen de ellos. 
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LEER MÁS: Cuentos y Cosas que pasan
   

martes, 16 de abril de 2013

DIARIO DE UNA RUBIA



9 de Marzo de 2002 – Sábado

Nunca podía imaginar que por tenerme en abundancia, o por escasear en los momentos de apuros, fuera a crear tantos problemas a pudientes y desheredados. Todos me adoran. Los primeros, cuando me acarician en cifras altas, se creen los reyes del mundo, y con mi peso quieren aplastar la dignidad de los más pobres. Estos, que no me tienen, se pasan la vida pensando en cómo se harían ricos; solo para ponerse a la altura de sus superiores, estar en situación de iguales y tutearlos. Menos mal que eso no pasa todos los días. Pues el pobre que se hace rico, en la mayoría de los casos, acaba desgraciando su identidad, pierde la ilusión de ser y se convierte en esclavo de sus avaricias.

Todavía no sé qué pasa por las proximidades de mis confines. Ahora me fijo y cuento algo.

Ya dije ayer que los quehaceres en estas cuatro paredes son muy aburridos. Hoy está todo muy revuelto, pero eso no divierte. Los gestores de clientes deben haber llamado a los titulares de algún fondo para que lo cancelen e inviertan en otro depósito; no será el que más rente al ahorrador, sino el que más convenga al amo. Eso no se dice. Habrá que venderlo como sea. Pero como sea será difícil. Pues ya he visto y oído cómo algún cliente —más de uno— ha protestado levantando la voz porque sus millones (eran pesetas) no han ganado lo que le dijeron. El que acaba de salir se quejaba de que pierde en todo: en aquellas acciones que le vendieron, a traición, como buenas; en el plan de pensiones, que le aseguraron sería la panacea de su vejez; en una banasta de fondos, que era lo mejor que había, y hasta llevaba un seguro dentro. Todos igual, pero todos tragan y vuelven a fiarse de la seriedad de quienes les atienden, que es lo más valioso de este negocio monetario, tan sucio siempre.

Un empleado del departamento de riesgos ha salido al registro. Ha comprobado la propiedad del solicitante de un préstamo. Todo está en regla, aunque pendiente de inscribir la cancelación, reciente, de una hipoteca. Viene contando que el fulanito, el empleado que le ha atendido, al que todos conocen, está irreconocible. Es un chaval joven que ha perdido más de veinte kilos, no porque tuviese problemas de salud sino por estética. Se veía feo de gordo. Hay que ver el hambre que pasa la gente para gustar a los demás. Esto lo digo yo.

Los jefes también andan locos y amargan la vida a los currantes. Quieren que además de captar dinero hagan seguros de hogar. Pocos saben cómo se come eso. ¡Ya ves! Los agentes de seguros, los de verdad, emplean una buena parte de su tiempo en formarse. Ya me dirán qué explicaciones puede dar un bancario, sin ninguna formación específica, a un futuro asegurado. Qué falta de responsabilidad, la de los altos cargos. Con tal de trincar.
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martes, 30 de octubre de 2012

DIARIO DE UNA RUBIA

El segurata ve a la azafata y... ¡Allá va!


8 de Marzo de 2002 – Viernes


¡Dios! Qué ganas tengo de decir un taco. Pero no, para qué, no va a servir de nada. Tampoco sé por qué estoy así, tan irritable. No tengo motivos. A no ser que mi estado se deba a la soledad que padezco. Tampoco creo que sea por eso. Otras veces he estado más tiempo en bolsillos guarrísimos y no he sentido esta desazón. Mas bien creo que estoy empezando a sentir algo así como un síndrome; ahora no sabría decir cuál, puede ser el que corresponde a la identificación con los empleados de la sucursal. ¡Hay que ver lo mal que lo pasan estos pobres muchachos!

Hoy, a las 8, ya estaban recluidos en el despacho los jefes: director, interventor y apoderado. Cuando se encierran así, a tan temprana hora, sin dar parte a nadie, malo. Es muy raro que sea para bien.

A las 8,30, como siempre, se ha abierto al público. Han entrado tres: uno no sé quien es, es la primera vez que lo veo; otro es el pescadero de todos los días, le he reconocido enseguida, el olor le delata hasta debajo del agua; y el tercero es un empresario de tres al cuarto que anda con la cuenta muy ajustada (…).

A media mañana –nadie se lo podía imaginar a primera hora- el patio de operaciones está lleno. Las mesas de los comerciales no se enfrían. Se levanta uno y se sienta otro. Todos hacen cola. ¡Qué paciencia! Cada uno rumia su problema y se recrea con él sin preocuparse de la urgencia de los demás. Una señora da vueltas indecisa; un gestor de clientes, haciendo caso a las consignas de la superioridad, le ha preguntado qué podía hacer por ella, y la mujer, bajando mucho la voz, ha respondido que quería sacar dinero pero que no firma porque no sabe. Otra que tal baila. Igual que la de ayer. ¡Qué pena!

Mientras la mañana sigue su curso, el teléfono tampoco para. Muchas llamadas no tienen ningún interés; otras, sí. Un cliente, seco y bastante desagradable, sin saludar ni presentarse, pregunta por el saldo de su cuenta. El empleado le dice que no le conoce, que por teléfono no puede identificarle y que, por el bien suyo y ateniéndose a las instrucciones, no puede complacerle. El cliente comprende, pero sólo a medias. Se cabrea. (…).

Vaya aburrimiento. Todos los días lo mismo. Esto no hay quien lo aguante. A ver si mañana fisgo en otras cosas, porque esta operativa que se produce en las oficinas bancarias es tediosa y da para poco cuento. Aunque, bien mirado, hoy no me puedo quejar; he visto algo que ha despertado en mí emociones que no me son propias. La chica que mandaron el otro día para una campaña de no sé qué, está siempre en el patio de operaciones, con boli y una carpeta verde. Habla con los clientes. Luego unos firman y otros no. Hoy estaba frente a la puerta cuando ha entrado el segurata del transporte del dinero. Se han mirado. Al salir el muchacho parecía que ella le esperaba. Se han vuelto a mirar con mucho descaro. A ella se le ha puesto sonrisa de querer. Él ha salido dando trompicones. Casi se cae. ¡Huyuyuyyyyy!
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jueves, 26 de abril de 2012

DIARIO DE UNA RUBIA

¡Cómo se bebe en este país!

7 de Marzo de 2002 – Jueves

Sigo tan gandula como ayer. Hoy tampoco tengo ganas de nada, ni de escuchar ni de mirar ni de pensar... No sé. Si tuviera un neceser de esos que usan las señoritas de verdad, me pondría rímel en las pestañas, pintalabios en el morro y me echaría colonia para oler bien, como la boticaria, que huele que alimenta; aunque, eso sí, lleva más pintura encima que las tablas de un barco. Ya quisiera yo, pero no tengo nada con qué ponerme guapa y postinera. ¡Qué se le va a hacer!

El patio empieza a animarse. Los empleados están serios. Hablan poco. Será por la reunión de esta mañana. Reunión comercial, dicen. El director los ha apretado bien: tienen que conseguir como sea captar más dinero, más pasivo; hacer hipotecas, dar préstamos, vender acciones y seguros, y no dejar que ningún cliente salga por la puerta sin pagar las comisiones tarifadas. ¡Están arreglados! Rincón dice que él está en la caja y que no puede más, conque no se hagan colas en la ventanilla ya hace bastante. Rincón, Jesús Rincón Igual, natural de Caleruela, un pueblo de Toledo, es un polivalente nato; sirve para todo: para contar billetes, para vender productos y para convencer a cualquiera de las razones de su quehacer. Es majísimo. Lo mismo cose un roto que zurce un descosido. (…). Rincón y Ángel González, otro compañero de calidad exquisita, están en las ventanillas de caja y son mis queridos más próximos. En ellos me miro cada mañana. Sin saberlo, alivian mi desgana y consiguen que me olvide de la desgracia de mi destierro. No me ven; yo a ellos, sí. Me gustaría poder expresarles el aprecio que les tengo.

Estoy viendo a una pareja, ya arrugada. Él es funcionario de tres al cuarto; ella, ama de casa. Están sentados en la mesa de un comercial. Piden más intereses para unos ahorrillos que tienen depositados. El empleado les presenta un documento de solicitud. La señora casi no sabe firmar. ¡Hay que ver, cómo es la gente! Se preocupa más de amontonar dinero que de aprovecharse de él: culturizándose, por ejemplo. (…)

Ahora se acerca un camarero que explota un bar por cuenta propia. Es un cliente de cutio, fiel, de mucha confianza. Un apoderado advierte que está moreno y así se lo dice. El cliente dice que sí, que es cierto, que en verano está negro por el sol y que ahora, en invierno, como se lava menos está renegrido igual que en los meses de calor. Y dice que lo de lavarse menos no es porque sea un guarro, es que ha escuchado en la radio que el exceso de higiene potencia el padecimiento de las alergias, y él no quiere tener de eso. ¡Qué humor! Pero no venía a contar chascarrillos, venía a ingresar la recaudación de ayer y la que ha hecho en la mañana de hoy. Trae unos tres mil euros, aproximadamente, en moneda fraccionaria. Explica que está sin contar, porque es mucho dinero y no ha querido prepararlo en la barra, a la vista de todos. Tres mil euros son muchos euros. ¡Cómo se bebe en este país!
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