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jueves, 29 de marzo de 2012
DIARIO DE UNA RUBIA
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miércoles, 29 de febrero de 2012
DIARIO DE UNA RUBIA
5 de Marzo de 2002 - Martes
Sigue lloviendo. Son ya casi las nueve. Apenas ha entrado público a estas horas de la mañana. El mal tiempo retiene al personal en sus casas. Eso no será bueno para el banco, pero viene bien a los empleados. Así pueden relajarse un poco y poner al día algún asunto atrasado. En estas oficinas el personal trabaja muchísimo. La clientela no se da cuenta de ello, pero es verdad. Todos han de acometer trabajos de administración, y todos tienen que atender al público. Tienen instrucciones de que ningún cliente espere, de que tan pronto como entre alguien por la puerta sea recibido, aunque sea con la mirada, por el primero que le vea. Es como pretender a dos yernos con una hija sola. Eso no puede ser. El gran capital nunca se harta, cada vez quiere más a cambio de menos. (…)
La mañana sigue tranquila. Uno de los dos cajeros ha salido a desayunar con un compañero de otro departamento, que ha comprado dos libros, uno de ellos es un poemario de Leopoldo Panero Blanc, el poeta loco, menos loco que muchos lúcidos con archiconocido tino y bagaje. Panero, hace años, fue huésped de excepción en el psiquiátrico de Santa Isabel. Tenía cuenta en esta sucursal, donde recibía, en libras esterlinas, los honorarios que cobraba de una editorial inglesa. No se le ha vuelto a ver. Ahora está internado en una clínica de salud mental (antes eran manicomios) en Canarias, o no sé dónde; en una de esas islas de Dios.
Aquí todos recuerdan a Leopoldo. Caminaba por las calles como un ser perdido. Paseaba su demencia con la voluntad del que vive en otros mundos. Se reía con facilidad; muchas veces, a destiempo. Sin embargo, en los rincones oscuros de su normalidad sí conservaba la existencia de su banco, al que no dejaba de visitar —varias veces al día— hasta que dejaba tieso el saldo de su cuenta. Casi siempre iba bien acompañado, expresando ese cariño espontáneo que sale sin querer, de forma inconsciente: lo mismo acariciaba el cuello de una botella de güisqui, a la que ofrecía sus labios para aligerarla con tragos largos, deleitosos; o abrazaba la cintura de cualquier meretriz forastera, que fijaba la mirada perdida del poeta en la peligrosidad de unas curvas seductoras. Leopoldo estaba loco, pero sabía lo que quería, conocía bien sus apetencias y no renunciaba a las satisfacciones que le brindaba el mundo de los cuerdos. Después de los años, se le ve con cierta frecuencia en revistas y periódicos, donde críticos especializados analizan su obra como una referencia preferente en la literatura contemporánea. Lo que son las cosas. Esto no hay quién lo entienda. ¿Estaremos todos locos?
Se me ha ido el santo al cielo, y se acabó el día. Mañana más.
jueves, 12 de enero de 2012
DIARIO DE UNA RUBIA
domingo, 11 de diciembre de 2011
DIARIO DE UNA RUBIA
3 DE MARZO DE 2002 - DOMINGO
Eso es vivir: compartir, llegar a más, enriquecer y enriquecerse. La riqueza no es atributo exclusivo de tener. Aunque la mayoría de los mortales se han considerado ricos cuando me tenían en abundancia, en billetes de los grandes. Creo que la riqueza puede también considerarse como un patrimonio del ser. El que es escritor, poeta, compositor, amante de la cultura, amigo de los amigos o defensor de la familia, por citar algunos modelos de conducta, es una persona rica en cualidades. Es rico porque ES mucho, no porque tenga más euros. Y si además atesora dotes de buena profesionalidad, mejor; más rico todavía. (…)
Pienso muchas veces en los grandes capitalistas y en esos ejecutivos de altura que dedican todo el día, desde la mañana a la noche, a trabajar. Los hay que no hacen otra cosa. Tendrán mucho poder, titularán cuentas cienmillonarias, pero quizá desconozcan satisfacciones gratuitas, para cuyo goce no se necesita ni una mínima parte de su calderilla, pero que tampoco podrán comprar con todo su oro. Ellos se lo pierden. No tendrán el placer de una buena lectura, del aroma de una flor en primavera, de la admiración de una obra de arte, de la conversación distendida con un amigo, de ver cómo crecen los hijos y evoluciona su carácter, o de asistir al cincelado de la huella que va dejando el paso del tiempo por sus mayores más próximos. (…)
Pues eso. Lo que yo me digo muchas veces: hay que distinguir entre lo que se quiere, lo que se necesita y lo que conviene; y luego, sin quitar nada al próximo y respetando a prójimos y extraños, que cada cual haga de su capa un sayo con el corte que más le plazca. Pero esa es la cuestión: tener lo suficiente y ser cuanto más, mejor. Para qué pedir más.
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jueves, 27 de octubre de 2011
2 DE MARZO DE 2002 - Sábado

Por aquí anduvo La Rubia, en el bolsillo de un gallego.
Como el día es medio festivo, sólo trabaja en la sucursal la mitad de la plantilla. Se nota que los más jóvenes han pasado la noche del viernes/sábado en proyectos de litrona o en alguna sala de juerga y bienvivir. Su cara los delata. ¡Pobres! Los más talludos tampoco parecen contentos. Más que venir a trabajar habrían preferido —supongo— hacer un corte de manga al despertador y seguir durmiendo, en su casa de la ciudad dormitorio, o en el refugio que se construyeron con el sudor y las lágrimas de las horas que ya no cobran, en aquella parcelita que compraron, cuando el bancario estiraba el cuello entre gorgueras con almidón, anudadas con corbatas de seda, quizá regaladas por algún deudor agradecido, cuando la patronal tenía más miramientos con la clientela.
“Cada vez cobráis más por todo”, protesta el primer cliente de la mañana, que acaba de ordenar una transferencia para pagar un cochecito que ha comprado a su chico, un zoquete que todavía no ha ganado ni para comprarse unas zapatillas. “Que no, que esto no puede ser. ¿Cómo voy a pagar por sacar un dinero que es mío?”. El interventor se lo ha explicado: “Tiene usted que pagar, porque el ordenador no admite la operación si no se cargan gastos”. “Pues si seguís así: pagando tan poco y cobrando estos tantos por miles, algún día me llevaré el dinero”, ha dicho amenazante, haciéndose el rico. (...)
El primer trago de la mañana ya pasó, pero habrá otros.
En la calle hace sol, aunque, a juzgar por el careto de los transeúntes, la brisa viene fresca. Es día de chandal y paseo con los niños. De paso, muchos aprovechan para hacer una visita al banco, aunque sólo sea para ver cómo van las acciones, el plan de pensiones o el fondo de inversión. Son unos perreros, y unos pesados. Y ahora con eso de los euros, para qué hablar. Bastante hacen los empleados, que por cierto, no porque sea sábado, cada vez son menos. (...)
Leo algunos titulares en el periódico de un cliente que espera en la ventanilla. Mecagüendiez, qué mal veo: “Los españoles soportamos más ondas de lo que los expertos consideran saludable”. No me extraña. Todos son unos ruidosos de mil demonios, dentro y fuera de casa. En las viviendas nadie cuida el volumen del televisor, ni del tocadiscos; ni siquiera de la conversación. Hablan altísimo, en cualquier sitio. Recuerdo una vez, que estaba yo en el bolsillo de un gallego que iba haciendo turismo con unos amigos por Nueva York; entraron en un restaurante y, después de un buen rato de mofas y chanzas, se acercó el camarero: “¿Qué van a comer estos españoles?”, preguntó en castellano. “¿Cómo nos has conocido?”, respondieron los turistas sorprendidos. “Porque soy de El Barraco, un pueblo de la provincia de Avila. (...) Se os conoce a la legua por lo alto que habláis. Desde que llegásteis ayer a Manhattan, se ha terminado el silencio en media capital y hasta habéis encabritado al río Hudson”.
Luego se hicieron amigos y el barraqueño les enseñó lo bueno de por allí.
martes, 9 de agosto de 2011
1 DE MARZO DE 2002 - DIARIO DE UNA RUBIA

¿DÓNDE ESTOY, POR QUÉ, QUÉ HAGO?
Me explico...
Estoy aquí, en una rendija, entre las junturas de los mármoles del mostrador de un banco, con la vista puesta en las ventanillas de caja, por donde pasarán los clientes para traer y llevar, por donde yo misma pasé tantas y tantas veces para quitar y poner en los saldos de las cuentas. Desde aquí, en este exilio de salvación, iré tomando el pulso a la vida.
Estoy donde estoy por un descuido. Falté a la lista final de la recaudación y destierro de toda mi estirpe, el primer día de este año. Me alegro. De no ser así, ahora estaría camino de cualquier fundición para ser transformada en una incandescencia cualquiera, para ser lámina de quién sabe qué: quizá de hojalata mala, de esas que con el tiempo acaban poniéndose roñosas y feas. No. Mejor así, aunque muera de soledad y abandono. Prefiero la quietud del olvido antes que estar rodando entre las miserias del deseo.
Aquí estoy calentita. Escucharé con atención los comentarios de los que esperan en las colas, y así me enteraré de lo que pasa en el mundo. Anotaré lo que me apetezca, lo que más me llame la atención. Pero no me limitaré a relatar sólo lo que oiga; desde aquí veo también la calle a través de unos grandes ventanales, por donde me llega la luz hasta las ranuras de mi canto.
Eso me servirá las colaciones del acontecer exterior, que yo, gracias a la distracción o al desprecio que sintió algún ramplón por mi exiguo y extinto valor, iré contando como pueda y me dejen. Amén de lo que oiga y vea, guardo en el magín largas historias y ocurrencias sabrosas. Los días festivos, que el banco no abre y no tendré contacto con la parroquia, igual que en jornadas aciagas, plomizas, desiertas de sustancia y llenas de sinsabores, echaré mano de esas vivencias añejas que tanto gustamos de revivir y contar.
Unas veces escribiré con estilo refinado, académico y palaciego; y otras —según me dé— con palabrería barata, barriobajera, de la de andar por las cantinas, que se parece mucho al argot de las solanas del arrabal. Es lo que tiene esto de haber estado registrada en tantos cajones. Sin querer, se pega todo: la finura y el postín, el casticismo y la ordinariez.
Así hasta que llegue mi fin, que llegará. Ojalá no sea duro.
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jueves, 28 de julio de 2011
CUANDO EL CAMBIO ES PARA BIEN...
Después de meditar sobre los sacrificios y las ausencias de mi pasado y lo mucho que puedo llenar mi vida futura, cada vez más corta, HE DECIDIDO DEJAR DE SER ESCRITOR.
A partir de ahora, no porque alguien me lo recomendara hace tiempo, me dedicaré... ¡A OTRA COSA!
Sin embargo, no quiero que los asiduos a mis blogs encuentren las puertas cerradas. Mis invitados llenarán los huecos vacíos. Aquí me sustituirá mi Rubia favorita, la autora de la entrada anterior, que seguirá con algunas muestras de su diario. En los otros espacios no faltarán autores dispuestos a expresar su pensamiento y creatividad.
Hasta siempre. Besos, abrazos...


