martes, 31 de marzo de 2020

LOS MOLINOS DEL ANTIGUO CONCEJO BARRAQUEÑO

Portada del libro

LOS MOLINOS DEL ANTIGUO CONCEJO BARRAQUEÑO, es el décimo libro sobre la historia de El Barraco, escrito por José Antonio Somoza Arribas.
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José Antonio Somoza Arribas, como buen maestro, nos ha servido, con exposición enciclopédica el contenido de diez libros sobre El Barraco, relativos a los antecedentes de su historia, usos y costumbres, retratos y estampas, las cofradías, genealogía del apellido Somoza, historia de la Sociedad Monte Encinar y sus propiedades, historia de las calles, indumentaria y joyería, Iglesia Parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, y este que expongo en este espacio, titulado LOS MOLINOS DEL ANTIGUO CONCEJO BARRAQUEÑO.

Con este último tomo de la colección, José Antonio Somoza, enamorado de todo lo concerniente a su pueblo, nos lleva con mano magistral por nuevas encrucijadas de la historia, desde que El Barraco empezó a ser lo que es. Los primeros pobladores, igual que nosotros ahora, tuvieron la necesidad de alimentarse. Un alimento básico de siempre es el pan, producto que a pesar de las centurias transcurridas no necesita actualizar su descripción. No obstante, el paso del tiempo, como bien explica el autor, ha ido marcando los ritmos de su elaboración. En ese proceso, lo más importante es la materia prima: ¡la harina!, conseguida con la molturación de los cereales aptos para el consumo humano, como el trigo y el centeno. Pero no nos olvidemos de los piensos con que se alimentaba parte de la ganadería, sobre todo la estabulada.

Los molinos fueron de importancia capital para convertir el grano en esa harina con la que se amasaría el pan, pastas para fideos y similares, dulces y otros. En cada región los molinos funcionaban con la energía producida por los distintos elementos naturales. Aquí predominaron los hidráulicos, levantados en la garganta de la Yerma, en las riberas del Alberche o en otros lugares donde existía el discurrir acuífero. Luego, a principios del siglo XX, se construyeron molinos eléctricos, en menor cantidad y permanencia que los de agua.

José Antonio Somoza Arribas nos guía en una visita virtual por casi los veinticinco molinos censados en el concejo barraqueño para instruirnos sobre sus formas,  estructuras, disposición interna, maquinaria, conservación y tareas para mantener en funcionamiento las instalaciones: la canalización del agua hasta las balsas, el picado de las piedras y cuidados de los rodeznos. Con la misma precisión, nos descubre las distintas fórmulas de explotación de los negocios maquileros,  desde el punto de vista de los variados modos de propiedad y distribución de utilidad y beneficios.

Esa dedicación ha hecho posible la publicación de este libro. Sus páginas nos acercan al ordenamiento jurídico y político de cada época.  Todos, en mayor o menor medida, habremos oído hablar del estraperlo, del racionamiento. La producción de trigo y centeno para harinas panificables estaba controlada por el Servicio Nacional del Trigo. Los funcionarios de la Comisaría General de Abastecimientos y Transportes, conocidos como los de Abastos, inspeccionaban, mediante visitas inesperadas a los molinos, las cantidades que se trituraban para el consumo familiar, vigilando que no superaran las cuantías declaradas, por las que previamente el agricultor tributaba en especie.   

Como fácilmente se puede entender, los molinos expuestos por José Antonio Somoza no solo nos transmiten las características de la actividad molinera, también nos ilustran sobre el costumbrismo de los pueblos en diferentes ciclos históricos. Los primeros molinos de agua que se pusieron en marcha en el concejo datan del siglo XII, y persistieron en los entornos propicios hasta bien avanzada la segunda mitad del siglo XX. Los eléctricos subsistieron unas décadas más. Unos y otros molturaron en su permanencia muchas fanegas de grano, y su producto estuvo presente en todos los hogares y explotaciones ganaderas. El receso de la producción agrícola y la instalación de modernas fábricas de harinas y piensos compuestos pusieron el punto final a nuestros molinos.

¡Ya no hay molinos! Sus piedras, sus ruedas, sus muelas han dejado de dar vueltas con la fuerza del agua y la energía eléctrica, pero hoy vuelven ante nosotros de la mano de José Antonio Somoza Arribas, a quien reiteramos nuestro agradecimiento con el vigor que merece la edición de este tomo, que, unido al conjunto de su obra publicada, aumenta el conocimiento de nuestra propia historia, con el sello de un valor cultural incalculable para cualquier lector, y sobre todo para los amantes de nuestras raíces, de nuestro pueblo, de El Barraco.
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