viernes, 3 de abril de 2009

OTRA MIRADA


El desconocido estaba detrás de la Colegiata, frente a la sucursal de una Caja de Ahorros, en el interior de un Fiat viejo, tan sucio, que casi no se distinguía la matrícula ni el color de la pintura. Su apariencia, maloliente y desastrada, era impropia de un joven como él. ¿A quién importaba eso? No tardaría nada. Él sabía.

El agente que patrullaba, sorprendido, se dirigió a él con intención de amonestar.

—Lo que está haciendo es una tontería, amigo. ¿Para qué quiere usted eso?

“Si tú supieras, so tarugo, las tonterías que yo he firmao con esta recortá” —pensó antes de responder, un poco desconcertado por la inesperada visita.

—Sólo la llevo por si acaso. No está cargá.

—Salvo algún maleante que nos visita de tarde en tarde, aquí la ciudadanía es gente de bien. ¿Tiene usted licencia de armas?

—No la necesito. Nunca la he usao. Ya se lo he dicho, sólo la llevo por si acaso.

El policía, por las sospechas que le surgieron, y sobre todo ante el descubrimiento de un arma sin permisos, tuvo que cumplir con su obligación.

—Tiene que acompañarme a la Comisaría. Si descubrimos que ha cometido usted cualquier delito, con arma o sin ella, le aconsejo que se encomiende a Dios, porque va a necesitar mucha ayuda, y de la buena —dijo el policía, subiéndose la cremallera del anorak mientras miraba de reojo los nubarrones movidos por el viento mañanero.

El sospechoso salió del vehículo sin ninguna resistencia y entregó el arma al agente cuando éste hizo ademán de pedírsela.

—Tome usted. Y, por favor, a mi no me hable de Dios ni de lo maravilloso que es. Si existiera no habría consentío que yo, y otros como yo, estuviésemos tan tiraos por el mundo, sin casa, sin dinero, sin comida...

El agente no dijo nada. Cuando llegaron a las dependencias policiales, que estaban cerca, dejó al joven bajo la custodia de un compañero, en un cuarto que olía a letrina, mal alumbrado y casi sin muebles, al final del pasillo.

No tardó en volver con un legajo de informes.

—Bien. Hemos averiguado que acaba de salir de la cárcel —dijo dirigiéndose al desconocido, ya identificado, mientras soltaba los papeles sobre la mesa y se sentaba en la única silla libre, toda de madera, pintada de gris.

—Sí, pero yo no soy un asesino, no valgo pa´hacer daño a las personas. Mis fechorías no son graves, sólo hurtos sin importancia, lo justo pa vivir como he vivío, abandonao desde chico.

—Sin importancia ¿dice? Atracos en bancos y gasolineras con intimidación, robos en supermercados, tirones y desvalijamiento de cepillos y limosneros en iglesias y catedrales. ¿Le parece poco? Ahora mismo está en paz con la justicia, pero tengo que retenerle la escopeta y sancionarle. Firme aquí...

El desconocido, que como supo la policía se llamaba Juan Cruz, firmó los papeles sin objeción. El agente siguió con su arenga.

—No puedo detenerle, pero le digo lo de antes: encomiéndese a Dios y que Él le guíe. Puede irse.

—Dios, otra vez Dios, pero si ese Dios suyo, tan maravilloso, no existe, y Él seguro que lo sabe —refunfuñó sin mucha convicción.

Cuando salió estaba muy nublado, hacía frío y tenía hambre. Los bancos y los comercios ya estaban cerrados. La chaqueta, andrajosa, no tenía bolsillos, y los del pantalón estaban rotos. Pensó que lo mejor sería refugiarse en la Iglesia. Quizá allí, con un poco de suerte, solucionaría el problema de la comida y el de otras carencias.

Cerca de la puerta, una mujer mayor, con la vista extraviada, arrastraba los pies y tanteaba el suelo con un bastón, intentando con dificultad salvar los escalones del pórtico. Juan Cruz, antes de fijarse en el bolso de la anciana, se miró a sí mismo y pensó: “Pobre vieja. Echar una mano a esa ruina sí que debe ser maravilloso, por lo menos para ella. Por una vez...”

Ayudó a la señora y vio cómo, ya dentro, se sentó palpando en un reclinatorio y se puso a rezar. En esos momentos, Juan se acordó de los frailes del orfanato, de sus lecciones y su bondad, de su palabra cariñosa y su gesto apacible... A la vez experimentó en él algo insólito: alegría, mucha alegría, y ausencia total de hambre y frío. Se sentó en el suelo, en un rincón del zaguán, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, disfrutando de aquel estado de paz.

Cuando vio que salía la viejecita, fue a su encuentro para ayudarla otra vez.

—Me da en la nariz que eres el mismo indigente de antes ¿verdad hijo? Toma, guárdate esto y no digas nada. Reflexiona. Piensa que el bien sólo se consigue dando. A ver si lo entiendes y te queda claro.

Cuando Juan Cruz volvió al rincón, abrió el sobre de la invidente. Contó los billetes con disimulo. Había más de lo que él necesitaba. Sintió los escalofríos de la emoción dentro de él y su mirada se inundó. Quedó embargado por una sensación de pesar y de satisfacción a la vez. Convivían en él el recuerdo de un pasado oscuro y los primeros pasos de un futuro diferente.

Luego, más tranquilo, salió a la calle y, poco a poco, empezó a ver un horizonte despejado y un día más amoroso, más cálido y agradable.

(c) Alejandro Pérez García

jueves, 19 de febrero de 2009

LOS BESOS DEL ADIÓS


Aunque deshabitado desde tiempos inmemoriales, la construcción del Castillo permanecía intacta; pero las casas de la ciudadela, de la misma época, habían desaparecido. Estaba en medio de un páramo, sobre un montículo empinado, rocoso, donde no crecía ni un yerbajo; sin embargo, de forma incomprensible, fuera de temporada, florecían arbustos enhiestos por encima de los parapetos, inundando al pueblo de fragancias salvajes. A todo esto añadían que las mazmorras se comunicaban con el mar, a poco más de una legua. También contaban que después de la muerte del último Noble, todos los que intentaron entrar en el Alcázar desparecieron sin dejar rastro.

Benito, un lugareño de pelo pajizo y orejas pequeñas, apodado “El Cartero” porque escribía y leía las cartas a los analfabetos, negaba cualquier mito y se burlaba de las creencias de sus vecinos.

—Esas son habladurías imposibles, cuentos para asustar a los muchachos. En otros pueblos está el hombre del saco, aquí, como hay Castillo, todos hablan de fantasmas —decía El Cartero, levantando la cabeza, despectivo, dejando ver el corazón tatuado en el cuello, entre una B, de Benito, y una M, de Marta, o María, o Manuela.

Sus paisanos, molestos por las porfías y valentonadas de Benito, le retaban a que demostrara la ausencia de encantamientos y señales de otros mundos. Una noche, después de discutir sobre todo aquello, decidió entrar en el fuerte en presencia de todos. Lo prometió.

—Será mañana mismo. Vais a ver cómo ahí dentro sólo hay ruinas y abandono, pringados. Eso es lo que sois, unos pringados muertos de miedo.

Al día siguiente, en medio de una multitud expectante, temerosa, cogió una maroma, la tiró con fuerza y la fijó en un merlón. Allí estaba todo el pueblo y algunos habitantes de los anejos, que se habían enterado de los propósitos de El Cartero. Era una tarde de estío, asfixiante. Sólo se oía el cantar de las chicharras, sorprendido por la voz de Benito, un solo que retumbó entre las piedras del baluarte y los curiosos que abarrotaban el enclave.

—¡Allá voy! —gritó haciendo altavoz con las manos.

El Cartero escaló el lienzo de la muralla sin demasiados esfuerzos, descansando con tranquilidad en las saeteras. Cuando llegó a la cima saludó con entusiasmo, haciendo gestos triunfales. Poco después todos vieron cómo se dirigía a una rampa interior a través de un adarve. Los de fuera gritaron agitando las ropas que se habían quitado por el calor, dando así ánimos a Benito, que ya sólo le quedaba abrir la puerta para que todos entraran en el Castillo y vieran que allí no había duendes ni monstruos ni vampiros...

En medio de tanta euforia, no faltaron corrillos que lamentaban la osadía de El Cartero. Muchos, sin desearlo, temían lo peor.

Pasó un rato grande, suavizó la canícula, cayó la tarde y las puertas seguían tan cerradas como siempre. Benito no daba señales de vida. Se hizo de noche, y el hechizo tejido en torno al Castillo seguía vigente. Cobró fuerza, sobre todo cuando, antes de ponerse el sol, se produjeron en los patios de la fortaleza unos remolinos que levantaron mucho polvo, hojarascas y algunos cardos secos. Se vio desde fuera, donde no se movía el aire ni para un remedio, pero sí que llegó un olor fuerte a hierbabuena y albahaca. Aquello causó mucha extrañeza.

—Es el espíritu de El Cartero. Así lo contó una vez mi bisabuela —dijo el mancebo de la botica.

—¡Que va a ser, hombre, qué va a ser! Ese sabe lo que hace. Cuando menos lo esperemos, aparecerá riendo, como siempre —contradijo el herrero.

—No. Yo estoy segura de que esos torbellinos, tan retorcidos, son los besos del adiós —dijo una tal María, que no dejaba de llorar.

Los convecinos de Benito, muy preocupados, esperaron hasta después de la media noche. Cuando amaneció sólo quedaban frente al Castillo sus familiares y dos amigos, uno de ellos el que le tatuó el corazón con la B y la M. Fueron relevados por un grupo de madrugadores que acudieron impacientes, ávidos de noticias. Así establecieron turnos durante aquel día y varios días después, hasta que todos conocieron la suerte de Benito El Cartero.

Una semana más tarde apareció un cuerpo flotando en los acantilados de la costa próxima. Estaba envuelto en la bandera del Ducado, con la impresión de la Torre del Homenaje, y sobre ella los cuatro pináculos, tal cual eran. Según dijeron, igual que cuando, en tiempos remotos, apareció el último Duque, que se ahogó en un aljibe.

A pesar de las coincidencias que podían despistar, no hubo dudas para identificar al cadáver. Su apariencia física y el tatuaje confirmaron con exactitud de quién se trataba.

Los familiares y amigos dieron sepultura a Benito como él quería. Lo dijo muchas veces.

—Igual no me muero nunca, pero, si es que sí, me enterráis en lo viejo del cementerio, en uno de esos nichos labrados en el suelo, sobre el lanchar, donde metían a los romanos. ¡Ahí! Ni tierra, ni flores, ni nada.

Allí le llevaron.

Ahora, después de no se sabe cuántos siglos, cuando las chicharras empiezan a cantar y los baldíos y las tierras yermas se agostan, en la tumba de Benito El Cartero, sólo allí, se respira aire fresco, con un olor intenso a hierbabuena y albahaca.

viernes, 23 de enero de 2009

LOS LIBROS DE EMILIO PORTA...



...SON REGALOS QUE CUESTAN POCO, PERO DE GRAN VALOR

Acabo de releer DESTINOS Y CABALLEROS (Ed. Sial/Narrativa) y DIARIO DESPERTAR (“Premio Oliverio Girondo” otorgado en 2005 por la Asociación Latina de Poesía y Narrativa), de Emilio Porta. Los dos libros han vuelto a dejar en mí una impronta profunda, como la que deja el arado cuando se hunde en la besana, que obliga a seguir con la labor; en este caso, con la obra de Emilio Porta. En su literatura el lector descubre a un autor con talento, inquieto, espontáneo, crítico y natural. Él sabe ver la vida a todo color, aunque luego la plasme en sus textos en blanco y negro. Pero es que así se da la oportunidad de regalarnos una lupa de sugerencias para que veamos nuestro destino y nuestro despertar con la policromía apetecida. Así es de generoso. Con todas esas cualidades, y más, creo que este autor es poco publicado y menos conocido de lo que él merece y muchos deseamos. De no rectificar a tiempo, ese será el pecado por el que algún día rezará mil penitencias el mundo editorial.

No. No voy a hacer más comentarios de estos dos libros tan maravillosos. Ya he dicho bastante. Mejor les invito a que los pidan en sus librerías habituales y compren varios ejemplares de cada uno de ellos. Les garantizo que no van a encontrar regalos más baratos con tanto valor. No hace mucho obsequié con los dos volúmenes a un amigo por su cumpleaños (es muy culto, con varias carreras, y además enseña Español en una universidad de Roma). A los pocos días me escribió un correo diciéndome que “Tanto Destinos y Caballeros como Diario Despertar son dos obras extraordinarias. Leerlas ha sido una verdadera goduria” (una verdadera gozada, un gran placer).

¿Por qué digo todo esto? Muy sencillo, porque es el sentimiento que han despertado en mí, otra vez, los poemas PARAISO y EL LENGUAJE del tan celebrado escritor Emilio Porta. Como lector agradezco la divulgación de esta expresión artística a la Revista Tirano Banderas (Nº 2), de Escritores en Red, Asociación Marqués de Bradomín. En Paraíso el autor juega con la versatilidad de las palabras y las utiliza como herramientas para construir con ellas la esencia de un sueño o la permanencia de un recuerdo, porque —dice— “No otra cosa es un poema (...) Y nadie lo sabe”. En el Lenguaje, el otro poema, concatenado al anterior, Emilio Porta nos hace sentir cómo el valor de la palabra se convierte en “El instrumento al servicio de la idea”, y califica el poder del Lenguaje como un poderoso creador, “Pues, desde el miedo y la necesidad, creaste la conciencia”, dice sabiamente. Todo esto no tendría más importancia que la conceptual, si no fuera porque sus contenidos tienen la capacidad de hurgar en la conciencia de la necesidad del lector, que puede verse “(...) Herido por el rayo de la luz, capaz de crear (...), de pensar y soñar”. Otra gozada, otro placer más alentado con las palabras, el lenguaje y los poemas de Emilio Porta.

También asistimos a la presentación de otro volumen de Emilio Porta, TOMO SECRETO, de gran profundidad, de mirada única y lectura obligada para quienes gustan de conceptos y sensaciones diferentes. Gozará en este espacio del comentario que merece. Y si es posible, disfrutaremos de una entrevista, en exclusiva, con su autor. De momento, como dijo Louise May Alcott, aprovecho para anticipar que es “Un libro que se abre con expectación y se cierre con provecho”. ¡No se lo pierdan! Ni éste, ni los otros.


Faustino del Monte

jueves, 22 de enero de 2009

CONDENADA A INSPIRAR ____(Cuento)


Siempre creí que mis cometidos en este mundo serían diferentes. Hay una adivinanza antigua que lo dice bien claro: “... a los muertos les doy luz...”. Ese debería ser mi fin, alumbrar en una sepultura cualquiera, o lucir en una palmatoria de loza fina, sobre sabanillas bordadas, en el altar de un santo con fiesta y novena. Pero no, nada más lejos. No estoy contenta desempeñando el papel que me han encomendado estos inventores de historias. Ellos no lo saben, pero yo soy un ser sensible, con cuerpo y alma. Mi materia es blanda, untuosa y perfumada. Mi alma es mi pasión, mi fuego, mi espíritu rutilante, que flaquea con los alientos de esos tertulianos dementes que amenazan con cambiar el mundo escribiendo palabras inútiles. Me gustaría protestar, pero no puedo. Esa es mi quimera.

Cuando aún estaba en los colmenares de mis orígenes, no podía imaginar que mi ser se consumiría en medio de un puñado de lunáticos, hombres y mujeres. Me compraron en una tienda de esas de “todo a casi nada” para que mi luz suscitase en ellos la recreación de universos diferentes. Amén de sus convicciones, su escritura no les da de comer y tampoco consiguen alimento para el gusano creativo que les reconcome cada instante. Sin embargo, entre ellos se quieren, y su público lee con atención sus textos. A mi también me gustaría, pero me tienen muy pesarosa.

No me agrada el uso que hacen de mí. Me gustaría escapar, por ser fiel a mis principios, pero no puedo. Me retienen porque dicen que yo les inspiro. No los creo, ni sé cómo luchar contra ellos. Otros escritores aseguran que su musa está en el güisqui, en los recovecos de mujeres ajenas y en los callejones de la mala vida, que —aseguran— es la mejor.

El otro día, en plena tremolina, se levantaron todos y me dejaron sola sobre la mesa de madera, suave por el manoseo y el frotar de las mangas de muchos días y tertulias. Al rato, se callaron. Silencio absoluto. Sólo oí el chorrear de líquidos sobre algún recipiente fino, de porcelana, de cristal o algo así.

—¿Pero quién se ha puesto a orinar ahora, en público? — me pregunté con palabras mudas.
Enseguida, alguien explicó:

—La sidra se escancia así. Todos beben del mismo vaso y los culines se tiran.

Luego me llegó un olor ácido-dulzón, pegajoso, propio de zumos y manzanas fermentadas, y les oí hablar de las tapas con que empaparon su bebida.

—El sabor fuerte de las patatas al cabrales invita a beber —dijo uno.

—Si, pues el picante de estas te hace sudar —añadió otro.

—Es lo típico del Principado —aclaró la camarera.

Y mientras los tertulianos andaban enfrascados con la sidra y los aperitivos, yo estaba sola, luciendo entre papeles sin sustancia. Estoy harta, por cualquier cosa me abandonan. Las hermanas que obran en los velatorios nunca sufren tanta soledad.

Lo peor de todo es que no puedo protestar, ni rebelarme como hacen los humanos cuando no están de acuerdo con el trato recibido. No puedo hacer nada. Ellos escriben mucho pero a mí me falta el don de la palabra. Si yo hablara les diría que me dejaran en cualquier oratorio, porque a mi no me han hecho para ser testigo de fantasías y mentiras: que si casan a una chimenea con una piscina, a un libro con una acacia... ¡Tonterías!

Estos escribidores se inspiran en cualquier cosa, pero ninguno se fijó en la sirvienta de la casa que, con mucho disimulo, se pegó a la tertulia. Seguro que obedeciendo órdenes de la jefa, preocupada por mi presencia centelleante. Arrastraba sillas y taburetes haciendo un ruido infernal; luego, acercándose más, fregó los azulejos del zócalo con una bayeta cochambrosa, empapada en agua bien cargada de amoniaco, quizá para que algún perturbado de estos perdiera el conocimiento y descubriera a que se dedicaban.

Aunque yo estuviese lejos, alumbrando con mi espíritu en el más allá de los muertos, me habrían inspirado los blasones colgados de las paredes, símbolos de tantas villas con ensalmo: Luarca, Cudillero, Castropol, Vegadeo, Navia... Todas con distintivos comunes: paisajes verdes, sus fabes, sus carnes y sus quesos, además del esplendor de todos los fogones con estrella: mariscos y pescados de la mejor factura, acostumbrados a competir con las corrientes de todos los mares; y, por último, lo mejor, sus gentes: afables, siempre dispuestas a servir y agradar. No sé si los tertulianos repararían en fuentes tan suculentas, tan profundas y llenas de inspiración. No dijeron nada.

Yo estaba casi ahogada en esas honduras, cuando levantaron la sesión. Poco después se perdieron entre el frío sereno, quieto, del Madrid de Quevedo, de Galdós, de Arniches, de Alejandro Casona..., de todos. Desconozco la identidad de las musas que les acompañaban.

Yo me revolví un poco en la oscuridad de la cartera negra, fúnebre, donde viajo siempre camino de no sé dónde. Me palpé. Estaba apagada, fría, seca, macilenta, y olía a responso sin plegarias. No pude hacer nada, sólo resignarme y esperar hasta otro lunes, cuando esos desequilibrados, inventores de historias increíbles, enciendan otra vez mi pábilo y me devuelvan a la vida de las luces, aunque sean de ficción. Quizá por eso, cualquier día de estos, los empiece a querer.
(Leido y celebrado en la Tertulia Literaria -itinerante- de Escritores en Red, Asociación Marqués de Bradomín, celebrada el 15/12/2008 en el Cafe Comercial, Gta. de Bilbao, 7. Madrid)
© Alejandro Pérez García
alejandroperez@erabradomin.org

miércoles, 10 de diciembre de 2008

LA ENVIDIA DEL VALLE


A MI AMIGO Y MAESTRO, DON RAMIRO PATO

La pareja de patos se sintió feliz cuando supo que iba a cambiar de casa. Nunca tuvieron residencia con una piscina así de chula ni una chimenea tan acogedora, donde pasarían las veladas del invierno jugando al parchís (de oca a oca...). Era un caserón grande, con jardín y todo, pero muy viejo. La campana de la chimenea, que era de madera, estaba podrida y amenazaba con hundirse en cualquier momento. Ellos la arreglarían, tenían tiempo.
El pato y la pata no estaban casados, pero para festejar aquella herencia, unieron sus picos y se zambulleron en la piscina. Interpretaron bajo el agua el segundo acto de “El Lago de los cisnes”. Repitieron varias veces hasta que se cansaron. Luego, después de secarse en la chimenea, se quisieron un poco más. Sus buches azulones, prominentes, quedaron bien reconfortados con una cena suculenta: revuelto de salvados con berros y sorgo, y, después, yeros y maíz pochada. Nada de naranjas ni foie-gras ni tomillos salseros. Tomaron vino de cepa alta y brindaron con orujo de frambuesas. Estaban enamorados, eufóricos.
A la primavera siguiente, el pato y la pata ya era una pareja sin desecho. Se paseaban por toda la propiedad con balanceos majestuosos, como péndulos de relojes caros, seguidos de una pandilla numerosa de patitos bullangueros.
Aquella manada era la envidia de todas las casas del valle. La piscina y la chimenea estaban muy orgullosas. Eran capaces hasta de hablar con tal de que sus patos vivieran felices. La chimenea, con su fuego, calentaba el agua en invierno; y la piscina, presta a mitigar cualquier sopor, se solazaba para que los patitos nadaran alegres y vieran en el espejo de sus aguas el paisaje que dibujaban las nubes errantes.
Los patos, los chicos y los grandes, gozaban tanto con los baños y los juegos alrededor del hogaril, que se olvidaron de los arreglos de la desvencijada casona. Tampoco volvieron a pensar en los mataderos de aves ni en las fábricas de confit, que los padres tanto temían.
La familia se reunía con frecuencia alrededor de la lumbre, con leña de pino y fragancia de romero. Una tarde, cuando el pato padre leía a sus pollos el “Patito feo” y otros cuentos, sonó un chasquido sobre sus cabezas. Todos miraron hacia arriba y vieron que las tablas de la campana empezaban a arder. Salieron corriendo, despavoridos. La pata madre recapacitó en su huída y volvió para coger los huevos que estaba incubando, y el padre hizo lo mismo para sacar los comederos con la cena. A pesar de las precauciones, no imaginaban lo que podía pasar.
Los padres, empatados de temor, se ahuecaron las plumas y respiraron satisfechos al ver que toda la familia estaba en el jardín. Algunos pequeños tenían el plumaje encenizado, pero estaban todos. Muertos de miedo, abrazados unos a otros, presenciaron el doloroso espectáculo protagonizado por las llamas, cada vez más altas y furiosas, que salían por el tejado y las ventanas del edificio.
La piscina no soportaba ver a los patos, rotos de dolor, iluminados por aquel resplandor espantoso, inmisericorde. Así, empezó a mecerse y a remover el agua, como quien agita un recipiente para arrojarlo lejos, con fuerza. Los patos se percataron pronto de las intenciones de la piscina. Ellos no podían hacer nada, pero movían sus alas impacientes, como intentando sumar energías para que la piscina lograra sus propósitos.
La casa seguía ardiendo. El agua se centrifugaba cada vez con más ímpetu. El trozo de tejado donde descansaba la chimenea estaba cediendo, a punto de caer. Los patos chicos se acurrucaban al abrigo de los grandes. El agua del estanque rugía enfebrecido, volteado por los movimientos eficaces de los muros y el suelo de gres. Con brusquedad emergente y rugidos volcánicos, la piscina lanzó su contenido sobre el fuego de la casa. Los patos vieron con asombro, y con agrado a la vez, cómo se extinguía el incendio.
La piscina quedó deshecha, destrozada. La casa no resistió la furia del chaparrón y, después de un estruendo ensordecedor, quedó convertida en un montón de escombros humeantes.
Los patos, desamparados, sin casa ni piscina ni chimenea, deambularon por la intemperie del jardín, ajenos a los peligros de la calle. Pocos días después del siniestro, una mañana lluviosa, cuando buscaban lombrices y otros insectos bajo las ruinas, fueron sorprendidos por unos hombres vestidos de azul, que bajaron de un furgón blanco, rotulado con el nombre y la dirección de una cooperativa de patés, foie-gras, escabeches y otras conservas.
FIN
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Hasta ahí el cuento "LA ENVIDIA DEL VALLE", concebido y escrito por el autor a partir de un binomio fantástico: Chimenea y Piscina, propuesto en la tertulia de ESCRITORES EN RED - ASOCIACIÓN MARQUÉS DE BRADOMIN.
El lector, al conocer el desenlace, habrá pensado que los patos acabarían enlatados en el expositor de cualquier supermercado, después de pasar por la fábrica de patés. Así habría sido si no hubiese aparecido milagrosamente otro pato, Don Ramiro, Don Ramiro Pato de la Cruz. Llegó cargado con sus gramáticas, la de Lázaro Carreter, Criado del Val, Podadera... Habló con los del mono azul, los sermoneó como él sabe, con su magisterio de siempre, persuasivo y aleccionador. ¡Les convenció! No sólo abandonaron sus propósitos; además, con la ayuda de Estíbaliz, sacaron a los patos de aquella indigencia, con destino a otro hogar seguro y confortable.
Ahora todos los patos, los chicos y los grandes, están en una granja de lujo, de "Cinco Picos", como de cinco estrellas. Allí comen piensos y bichos naturales, se bañan en estanques climatizados y gozan de todas las atenciones que merecen los patos listos. Todo gracias a Don Ramiro Pato, que también echó su sermón a los palmípedos: "Hay que vivir bien, pero no dedicarse tanto al cachondeo ni a la gandulería, porque luego pasa esto: se abandonan las cosas importantes, como la casa, y hasta puede prenderse la chimenea con una chispa de nada y luego mirad la que se arma". Los otros patos agradecieron el consejo: Cuá, cuá, cuá, cuá, cuá, cuá...

martes, 2 de diciembre de 2008

ENTREVISTA CON DON SANTIAGO SOLANO

POR FAUSTINO DEL MONTE.
Aprovechando la presentación en papel de su último libro, el escritor Santiago Solano Grande nos ha regalado una entrevista llena de matices y descubrimientos literarios. En esta conversación versa con magisterio exquisito sobre la construcción de su obra y los “arquitectos” que intervienen en ella, y nos desvela su apuesta literaria: llevar la literatura hasta el lector a través de la red. Él considera que ”La escritura en un espacio electrónico es un nuevo género (...)”. Esa proeza nos permite, o mejor nos obliga, a definirle como un vanguardista de la Literatura del siglo XXI.

Don Santiago Solano, escritor respetuoso que siempre piensa en sus lectores, habla del estado emocional del autor y de cómo sus sentimientos pueden influir en el aspecto final de cualquier historia, en manos de sus destinatarios. Sólo le interesa escribir, dice. Es un esclavo fiel de su gran pasión y asegura que “Todo es susceptible de ser literatura”.
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¿En qué se distingue TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA del resto de su obra?

Todos los libros, al menos en mi caso, son siempre el producto de una línea de experimentación en lo formal, ya que el contenido no deja de ser un trasunto de lo que otros antes que yo han pensado y escrito, seguro que con más clarividencia. El libro que nos ocupa se parece al anterior, me refiero a FLOR DE ACEBOS Y OTROS CUENTOS, en que hay en todo él un esfuerzo por ajustar el texto a un bien sonar y a una buena estructura sintagmática, tanto en el aspecto de lo poético como de lo prosaico. Se distingue del anterior y más de los anteriores en que ese punto de arranque está mejor conseguido. En mi modesta opinión todos los textos, que han sido pensados para ser leídos en voz alta, cumplen con esa característica. No así en los anteriores, que la prosa no estaba, en alguno de ellos, cuantificada, y en éste sí. Se puede decir pues que la diferencia fundamental de este libro con respecto a los anteriores es la cuantificación formal del léxico.

Don Santiago, háblenos de su contenido, género, estructura, conflictos, temática... Véndanos el libro.

Permítame D. Faustino que empiece por el final. No es el objetivo de este libro el vender millones de ejemplares, sino el de encontrar lectores que participen en la complicidad de la multitud de propuestas estética que en él se plantean. No es un libro para librerías, ya que se ha publicado por entero en La Red, en mi página personal, y es, sencillamente, un reclamo en papel para que el público lector se acerque a ese espacio de literatura en Red que es lo que realmente se puede considera mi apuesta literaria. En cuanto a los géneros literarios, he de decirle que la misma escritura en un espacio electrónico, ya es un nuevo género en el que ha de predominar la concisión, sobre todo, y la exactitud, y si a todo esto le aliñamos ese golpe sorpresivo que le deja a uno meditativo, mejor que mejor. Es pues un libro que se enmarca en una colección de poesía “Li-Poesía”, sin serlo propiamente dicho, ya que los textos del espacio Internaútico del 2007 son más narraciones que otra cosa, eso sí, como ya se ha dicho arriba, con un afán formal cuantificador. Es un libro, visto desde la ortodoxia que nos enseñan en las escuelas relacionadas con los géneros, heterodoxo. En cuanto a la estructura, el libro tiene dos grandes grupos: una primera parte más de lo poético, de lo interior, de lo metafísico, incluso de lo filosófico… es la parte más complicada, más densa, más difícil, de lectura más lenta. Y una segunda parte relacionada más con el afuera, con el mundo circundante, más de lo palpable, más asequible para el gran público, pero no por ello carente de esa estructura de musicalidad de la que está impregnada todo el libro. Conflictos, todos y ninguno; allá cada cual con su conciencia. Temática, el ser humano desde todas las personas, incluidas las del plural.

¿Cuál es el perfil de sus destinatarios, o no pensaba en los lectores cuando lo escribía?

Siempre pienso en mis lectores a la hora de escribir. No es mi público un niño de doce años, ni un adolescente de dieciséis; incluso me atrevería a decir, que tampoco el de un iniciado en el mundo universitario. Soy exigente con el lector. El lector, como el escritor ha de pasar sus fases, de la novela, relato, poema fácil, a algo más estético, más literario, más elevado. Lo que no quita que de vez en cuando volvamos atrás y leamos por metro entretenimiento, que es el principio. Creo en la formación de la persona lectora, de ahí que mi libro no lo ponga fácil, de ahí que utilice ciertas palabrejas y ciertos contenidos que no son corrientes, que son más de un entorno de lector con historial.

¿Las emociones que destila TRATADO DE BELLEZA MORIBUNDA nacen en la intimidad cognitiva del autor, o es la recopilación de sentimientos ajenos, compartidos en el fluir de su relación humana?

Los contenidos del libro son reelaboraciones de las lecturas y de las experiencia de primera mano del autor del libro. Nadie puede escribir de lo que no conoce. Si en el libro hay emoción, es que hubo una emoción que tocó el corazón del escritor. Pero cuidado, una reelaboración no es otra cosa que un intento, más o menos acertado, de acercar al lector a aquel momento en el que el autor tocó la esencia humana. La mayoría de las emociones, si no todas, l que despierta el libro, son emociones del que lee, que abren las palabras que hay en el libro, que en ninguna manera son el autor: son las palabras que el autor ha seleccionado para transmitir tal o cual sentimiento..Las emociones del que lo ha escrito están ahora contaminadas con la deformación que el inexorable paso del tiempo va haciendo en el recuerdo. Le confesaré una cosa: algunos de los textos del libro, ahora, tras un dormir en el cajón de los papeles emborronados, no tienen nada que ver con lo que hoy soy, y hoy siento. Son historia de la escritura diaria. Historia digna de ser rescatada.

¿Qué aporta este libro, que acaba de presentar, al conjunto de su producción literaria?

Este libro es, por decirlo de alguna manera, el techo, el punto y final de un período de diez años en los que he aprendido y he ensayado unos textos en los que el modo de decir se nota mucho. Creo haber conseguido un estilo fácilmente identificable. Ahora me queda lo más difícil, la demolición. O sea, el empezar de nuevo.

Usted clasifica su obra (dos novelas, tres poemarios, dos volúmenes de relatos...) en prosa y poesía. Sin embargo, existe una opinión muy generalizada de que su prosa es toda poesía. ¿Qué tiene que decir sobre esto?

Si el lector ve en mis textos lo poético, es porque mis textos tocan lo poético, que es en resumidas cuentas el meollo de lo humano. Otra cosa, a discutir desde luego, es que los textos estén contaminados con el fondo de tal manera que sean una sola cosa. Habría que analizar esos textos prosaicos que supuestamente son “prosa poética”, por decirlo de alguna manera, y ver si cumplen con los cánones que los profesores y críticos marcan para que tal circunstancia se dé. Desde luego no es de me incumbencia, ni me preocupa en absoluto. Siempre he dicho lo que quería decir, tal y como lo quería decir. Si hay una opinión generalizada de lectores que opina eso, algo de verdad habrá en ello; pero repito: no me preocupa lo más mínimo.

¿Señor Solano, no será que está usted creando un nuevo género, único, que, como ya le ha dicho alguien, “Rompe la barrera entre la poesía y la prosa?

No sé si eso es así. Intuyo que lo que escribo está impregnado de mi forma de ver el mundo en general y de la literatura en particular. Permítame que le cuente una anécdota que responde a esto del los géneros, que yo hablaría más de la creación de un estilo excluyente. Me pide un amigo que le presente a él y a su poemario. Acepto. Pero, de verdad, me aburren las presentaciones de los autores cuando el presentador se pasa media hora o tres cuartos de ahora contando lo mucho que ha escrito y lo bueno que como escritor; y además le roba el tiempo al protagonista que es el autor y el libro. Así que yo, ante tal circunstancia, lo primero que hago es leerme el libro – sí, sí, me leo el libro, despacito, tomando notas -, y luego, con las notas monto el personaje que se respira detrás de ese libro, que por supuesto que no es el autor, sino la voz narrativa del libro. Y presento la voz narrativa del libro como si fuera el propio autor. Si a esto le unes algunos datos biográficos contrastados de la vida del autor. Pues sale un texto literario nuevo, que habla de autor y del libro. ¿Es eso un nuevo género literario? El Genero de la Presentación, como ha dicho más de uno de los que han asistido a mis presentaciones de autor. Yo creo que no, es simplemente que para mí todo es susceptible de ser literatura. Esta mi gran pasión.

Hablando ahora del origen de su creatividad: ¿Cómo llega a la conclusión de una idea, y cómo trabaja con ella hasta su exposición definitiva?

Utilizo los métodos conocidos por todos los que nos dedicamos a esto de escribir. El binomio fantástico, por ejemplo. De él tiene un resultado en la revista Tirano Banderas Digital, en el relato Grabar el fondo, que parte de las palabras “grabar/fondo”. La transposición de temas clásicos a escenarios modernos. De esto tiene un ejemplo en el blog de diario que estoy escribiendo en la actualidad. Todo lo relacionado con los hombres de verde, de resonancia “orsonwellianas”, no es más que un trasunto del viejo cuento “El flautista de Hamelin”. O simplemente una escena que me llama la atención en la calle, de la que tomo nota en mi cuaderno de notas, que luego se relaciona con otras cosas y que termina siendo un cuento, o un poema, o incluso una novela.

Ya, pero ¿qué mecanismos técnicos utiliza para llegar a ese punto final, tan bien madurado, que tanto conmueve al lector?

No hay ningún truco. Es todo trabajo. Primero dejar al Doctor Sí que trabaje: este doctor es la imaginación, que algunos llamarían la inspiración, y que otros el entrar en contacto con el espacio de lo onírico del ser humano. Luego dejar al Doctor No que actúe: este doctor son los estudios filológico, gramaticales, estructurales, etc., que la vida ha ido poniendo a mi alcance. ¡Ah! Y un factor primordial, el tiempo. Dejar que pase el tiempo, que se enfríe el corazón del que lo escribió. Eso, dejar que trabajen estos dos personajes.

¿Son esos los cimientos sobre los que se sustentan sus objetivos como escritor?

Digamos que estos dos señores son los arquitectos. Pero estos arquitectos están siempre a mis órdenes. Y mi objetivo último es muy sencillo, escribir. Todo lo demás es añadidura.

¿Ese es su único fin?

Sí, sólo me interesa escribir. Aunque también es verdad que los sueños son imposibles de contener, los sueños de grandeza, digo. Pero eso es otra historia.

¿Le ha dicho alguien que su obra, en general, es un plato muy exquisito reservado para pocos privilegiados, capaces de degustar sus excelencias?

Nunca. Más bien al contrario. En un recital de poesía que di en la Biblioteca de Valencia, hace ahora cinco años, me ocurrió algo que colmó todas mis necesidades de vanagloria. Tras el recital, se acercó una señora de unos sesenta años y me dijo que ella no leía poesía nunca, que le parecía una pamplina; pero que con lo que yo había leído había disfrutado mucho, se había emocionado mucho, había incluso llorado, porque lo que yo leía era su vida, su alma. Aunque sí, es verdad que el léxico que utilizo no es muy corriente.

¿Eso es intención suya o es algo inherente a sus dotes creativas?

Si eso es que mi obra es para lectores exquisitos, tengo que decir que eso, esa lucha por decir exactamente lo que quiero decir, forma parte de mi camino como escritor, de mi evolución como escritor; y sobre todo de mi evolución como ser humano. Soy ciertamente complicado - ¿quién no? -; pero en mis textos siempre intento ser claro, aunque no siempre lo consiga. Y si eso, es que por qué no escribo historias de amor, o de aventuras; pues mire, esto ya se ha hecho tantas veces y tan bien, que para qué más. Busquemos ser uno mismo allí en donde estemos, y en esto de escribir, pues eso. Seamos yo.

Para terminar, Don Santiago, hablar de Literatura es hablar de belleza, pero dígame ¿cree usted que esta belleza está tan moribunda?

La belleza no está en el mundo, está en el corazón humano. Un atardecer es bello porque hay un corazón latiente que así lo entiende. Por tanto la belleza es cuestión de corazón. Literariamente hablando, para mi gusto, la belleza agoniza; ya lo dijo hace tiempo un tal Carlos Mestre en un libro titulado “La poesía ha caído en desgracia”. O creo, que a lo mejor no se estaba refiriendo a esto que nos ocupa; que ya sabe usted, que a los poetas no hay quien les entienda.

PRESENTACION DEL POEMARIO "TRATADO DE BELLEZA MORIBUNDA"

El pasado 24 de junio de 2008 tuvo lugar en el Salón de Actos de la Biblioteca Municipal de Móstoles, en Madrid, la presentación oficial de "Escritores en Red. Asociación Marqués de Bradomín", y el poemario "Tratado de la belleza moribunda ", de Santiago Solano. En el acto participaron - de izquierda a derecha de la foto - D. Santiago Solano Grande, autor del poemario y Secretario General de Escritores en Red, Dña Carolina Marchante, Jefa de Actividades Culturales de la Biblioteca, y nuestro socio de Escritores en Red D. Alejandro Pérez García, en calidad de presentador del libro y escritor.
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TEXTO DE LA PRESENTACIÓN DE"TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA" DE SANTIAGO SOLANO EN EL SALÓN DE ACTOS DE LABIBLIOTECA MUNICIPAL DE MÓSTOLES
Por Alejandro Pérez García


Debería ser fácil presentar a alguien cercano, con quien se comparten inquietudes y proyectos. Pero no. No es así cuando se trata de Santiago Solano Grande. Confieso que he preparado varios guiones para este acto y me ha costado mucho encontrar palabras coherentes que definan tanto sus cualidades personales, como los atributos que le capacitan, con nota sobresaliente, en el difícil arte de escribir. Como persona, Santiago Solano no deja de enmendar la plana con tal de que un semejante encuentre el triunfo y la satisfacción con un texto lucido, con la trama y el punto final en su sitio. Siempre tiene a mano un consejo, un comentario, en beneficio de quien, bogando por mares de letras sin lustre, ha de cambiar la singladura. Pero no he venido aquí para hablar de Santiago Solano como persona, y no lo voy a hacer. Ya he dicho de él bastante. De seguir, acabaría en un jardín cuajado de una calidad que nunca describiría en su justa medida. Hoy tengo que presentarles a Santiago Solano ESCRITOR, un personaje grande de la literatura actual, que, algún día no muy lejano, recibirá el reconocimiento que merece. El mérito de Santiago Solano se sustenta sobre tres pilares cimentados en su vida y en su obra; tres pilares que le distinguen en la actualidad, tres pilares que le abrigarán en la historia futura de las letras, tres pilares escritos con mayúsculas:

- FORMACIÓN PERSONAL,
- POSICIONAMIENTO Y COMPROMISO EN LA LITERATURA ACTUAL y
- DEDICACIÓN INCANSABLE EN ARAS A UNA OBRA DE PREMIO.

Su formación está avalada por los estudios académicos que ha cursado: Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo y Profesor de EGB en la Universidad de la Laguna, en Santa Cruz de Tenerife; además, basta leer sus libros, es un gran pensador, filólogo y excelente creador. Como autor comprometido con la Literatura, es un ferviente divulgador cultural, empeñado en colocar al texto escrito —más allá del producto encuadernado— al otro lado de los nuevos mundos, que esperan ser explorados con las modernas tecnologías cibernéticas y de la comunicación. Gracias a ello, hoy somos todos menos forasteros, menos extraños, porque en esa revolución cultural-social conviven hermanados los entes del planeta. “Siempre en y para la RED”. Su proyecto personal está alojado en www.literonauta.com donde podemos leer casi todo lo que ha escrito. Ha sido director de la página Web de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles; actualmente gestiona la Web de la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid, la Web de la Sala Trovador, unida a la Asociación Prometeo de Poesía, y es Director General y Administrador Web de “ESCRITORES EN RED, ASOCIACIÓN MARQUÉS DE BRADOMIN”, www.erabrdomin.org. Éste es su último proyecto, quizá el más ambicioso, creado para acoger a escritores, consagrados y noveles, con el fin de promocionar trabajos y autorías que, de otra manera, morirían antes de nacer, en la oscuridad del anonimato. Gracias a su dedicación incansable Santiago Solano hoy atesora una obra de premio. Sus libros, pensados y escritos para la Red, son libros con cuerpo y alma, libros con espíritu virtual pero también con un físico que se deja tocar y querer, que nos compensan con las caricias de la sustancia. Los libros de Santiago Solano son un regalo de su generosidad: están en la página de “Literonauta” para que gratuitamente podamos disfrutarlos. Pero no por ello podemos decir que sean inalcanzables para los lectores convencionales, ya que bajan de su mundo etéreo, en forma de tinta y papel, para que sean también propiedad de los que gustan de pensar en el metro, en el tren, en el bus... Hoy baja del limbo y se suma a la vida pública, a los escaparates de las librerías y a los catálogos de las bibliotecas, su última creación: TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA. Sólida, estructurada en varios géneros: En Novela ha publicado DESTINO FINAL (1995) y LIENZOS DEL PASADO (2001) En Poesía: MULETA Y VIENTO (1996), OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD (1998) y LA SOMBRA DE LA CASA (2002) Y en Relatos nos ha deleitado con FLOR DE ACEBOS Y OTROS CUENTOS (2004) Todo ello en Internet, primero, y en papel, después. El libro que él nos va a presentar hoy: TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA, es un compendio de narraciones breves, reflexiones profundas diría yo, llenas de sentimiento y abstractos concretos, de concreciones surrealistas y metáforas donde maridan significados y significantes para abrir las puertas del pensamiento a lectores curtidos, a lectores que no se conforman con lo que el escritor dibuja en sus páginas. Ellos serán quienes clasifiquen como cosa propia esta BELLEZA: en los anaqueles de prosa poética o en los de poesía narrativa. Así de dual, pero así de única es toda la obra de Santiago Solano, sobre todo sugerente y capaz de no dejar en la indiferencia a cuantos quieran aprender leyendo, a cuantos se atrevan a buscar historias, situaciones y comportamientos más allá de lo escrito. Les aseguro que es una obra única, tanto en contenidos como en continentes, magistrales, tejidos con palabras modeladas con el buril de la idea, y remarcados con la forja artesana del concepto bien dicho. Gracias a todos. Y ya, sin más preámbulos, cedo la palabra a mi presentado, Don Santiago Solano Grande, que nos hablará con todo lujo de detalles —¡seguro!— de su último y celebrado éxito: TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA.