martes, 16 de abril de 2013
DIARIO DE UNA RUBIA
martes, 30 de octubre de 2012
DIARIO DE UNA RUBIA
¡Dios! Qué ganas tengo de decir un taco. Pero no, para qué, no va a servir de nada. Tampoco sé por qué estoy así, tan irritable. No tengo motivos. A no ser que mi estado se deba a la soledad que padezco. Tampoco creo que sea por eso. Otras veces he estado más tiempo en bolsillos guarrísimos y no he sentido esta desazón. Mas bien creo que estoy empezando a sentir algo así como un síndrome; ahora no sabría decir cuál, puede ser el que corresponde a la identificación con los empleados de la sucursal. ¡Hay que ver lo mal que lo pasan estos pobres muchachos!
Hoy, a las 8, ya estaban recluidos en el despacho los jefes: director, interventor y apoderado. Cuando se encierran así, a tan temprana hora, sin dar parte a nadie, malo. Es muy raro que sea para bien.
A las 8,30, como siempre, se ha abierto al público. Han entrado tres: uno no sé quien es, es la primera vez que lo veo; otro es el pescadero de todos los días, le he reconocido enseguida, el olor le delata hasta debajo del agua; y el tercero es un empresario de tres al cuarto que anda con la cuenta muy ajustada (…).
A media mañana –nadie se lo podía imaginar a primera hora- el patio de operaciones está lleno. Las mesas de los comerciales no se enfrían. Se levanta uno y se sienta otro. Todos hacen cola. ¡Qué paciencia! Cada uno rumia su problema y se recrea con él sin preocuparse de la urgencia de los demás. Una señora da vueltas indecisa; un gestor de clientes, haciendo caso a las consignas de la superioridad, le ha preguntado qué podía hacer por ella, y la mujer, bajando mucho la voz, ha respondido que quería sacar dinero pero que no firma porque no sabe. Otra que tal baila. Igual que la de ayer. ¡Qué pena!
Mientras la mañana sigue su curso, el teléfono tampoco para. Muchas llamadas no tienen ningún interés; otras, sí. Un cliente, seco y bastante desagradable, sin saludar ni presentarse, pregunta por el saldo de su cuenta. El empleado le dice que no le conoce, que por teléfono no puede identificarle y que, por el bien suyo y ateniéndose a las instrucciones, no puede complacerle. El cliente comprende, pero sólo a medias. Se cabrea. (…).
Vaya aburrimiento. Todos los días lo mismo. Esto no hay quien lo aguante. A ver si mañana fisgo en otras cosas, porque esta operativa que se produce en las oficinas bancarias es tediosa y da para poco cuento. Aunque, bien mirado, hoy no me puedo quejar; he visto algo que ha despertado en mí emociones que no me son propias. La chica que mandaron el otro día para una campaña de no sé qué, está siempre en el patio de operaciones, con boli y una carpeta verde. Habla con los clientes. Luego unos firman y otros no. Hoy estaba frente a la puerta cuando ha entrado el segurata del transporte del dinero. Se han mirado. Al salir el muchacho parecía que ella le esperaba. Se han vuelto a mirar con mucho descaro. A ella se le ha puesto sonrisa de querer. Él ha salido dando trompicones. Casi se cae. ¡Huyuyuyyyyy!
jueves, 26 de abril de 2012
DIARIO DE UNA RUBIA
jueves, 29 de marzo de 2012
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miércoles, 29 de febrero de 2012
DIARIO DE UNA RUBIA
5 de Marzo de 2002 - Martes
Sigue lloviendo. Son ya casi las nueve. Apenas ha entrado público a estas horas de la mañana. El mal tiempo retiene al personal en sus casas. Eso no será bueno para el banco, pero viene bien a los empleados. Así pueden relajarse un poco y poner al día algún asunto atrasado. En estas oficinas el personal trabaja muchísimo. La clientela no se da cuenta de ello, pero es verdad. Todos han de acometer trabajos de administración, y todos tienen que atender al público. Tienen instrucciones de que ningún cliente espere, de que tan pronto como entre alguien por la puerta sea recibido, aunque sea con la mirada, por el primero que le vea. Es como pretender a dos yernos con una hija sola. Eso no puede ser. El gran capital nunca se harta, cada vez quiere más a cambio de menos. (…)
La mañana sigue tranquila. Uno de los dos cajeros ha salido a desayunar con un compañero de otro departamento, que ha comprado dos libros, uno de ellos es un poemario de Leopoldo Panero Blanc, el poeta loco, menos loco que muchos lúcidos con archiconocido tino y bagaje. Panero, hace años, fue huésped de excepción en el psiquiátrico de Santa Isabel. Tenía cuenta en esta sucursal, donde recibía, en libras esterlinas, los honorarios que cobraba de una editorial inglesa. No se le ha vuelto a ver. Ahora está internado en una clínica de salud mental (antes eran manicomios) en Canarias, o no sé dónde; en una de esas islas de Dios.
Aquí todos recuerdan a Leopoldo. Caminaba por las calles como un ser perdido. Paseaba su demencia con la voluntad del que vive en otros mundos. Se reía con facilidad; muchas veces, a destiempo. Sin embargo, en los rincones oscuros de su normalidad sí conservaba la existencia de su banco, al que no dejaba de visitar —varias veces al día— hasta que dejaba tieso el saldo de su cuenta. Casi siempre iba bien acompañado, expresando ese cariño espontáneo que sale sin querer, de forma inconsciente: lo mismo acariciaba el cuello de una botella de güisqui, a la que ofrecía sus labios para aligerarla con tragos largos, deleitosos; o abrazaba la cintura de cualquier meretriz forastera, que fijaba la mirada perdida del poeta en la peligrosidad de unas curvas seductoras. Leopoldo estaba loco, pero sabía lo que quería, conocía bien sus apetencias y no renunciaba a las satisfacciones que le brindaba el mundo de los cuerdos. Después de los años, se le ve con cierta frecuencia en revistas y periódicos, donde críticos especializados analizan su obra como una referencia preferente en la literatura contemporánea. Lo que son las cosas. Esto no hay quién lo entienda. ¿Estaremos todos locos?
Se me ha ido el santo al cielo, y se acabó el día. Mañana más.
jueves, 12 de enero de 2012
DIARIO DE UNA RUBIA
domingo, 11 de diciembre de 2011
DIARIO DE UNA RUBIA
3 DE MARZO DE 2002 - DOMINGO
Eso es vivir: compartir, llegar a más, enriquecer y enriquecerse. La riqueza no es atributo exclusivo de tener. Aunque la mayoría de los mortales se han considerado ricos cuando me tenían en abundancia, en billetes de los grandes. Creo que la riqueza puede también considerarse como un patrimonio del ser. El que es escritor, poeta, compositor, amante de la cultura, amigo de los amigos o defensor de la familia, por citar algunos modelos de conducta, es una persona rica en cualidades. Es rico porque ES mucho, no porque tenga más euros. Y si además atesora dotes de buena profesionalidad, mejor; más rico todavía. (…)
Pienso muchas veces en los grandes capitalistas y en esos ejecutivos de altura que dedican todo el día, desde la mañana a la noche, a trabajar. Los hay que no hacen otra cosa. Tendrán mucho poder, titularán cuentas cienmillonarias, pero quizá desconozcan satisfacciones gratuitas, para cuyo goce no se necesita ni una mínima parte de su calderilla, pero que tampoco podrán comprar con todo su oro. Ellos se lo pierden. No tendrán el placer de una buena lectura, del aroma de una flor en primavera, de la admiración de una obra de arte, de la conversación distendida con un amigo, de ver cómo crecen los hijos y evoluciona su carácter, o de asistir al cincelado de la huella que va dejando el paso del tiempo por sus mayores más próximos. (…)
Pues eso. Lo que yo me digo muchas veces: hay que distinguir entre lo que se quiere, lo que se necesita y lo que conviene; y luego, sin quitar nada al próximo y respetando a prójimos y extraños, que cada cual haga de su capa un sayo con el corte que más le plazca. Pero esa es la cuestión: tener lo suficiente y ser cuanto más, mejor. Para qué pedir más.
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