viernes, 23 de enero de 2009

LOS LIBROS DE EMILIO PORTA...



...SON REGALOS QUE CUESTAN POCO, PERO DE GRAN VALOR

Acabo de releer DESTINOS Y CABALLEROS (Ed. Sial/Narrativa) y DIARIO DESPERTAR (“Premio Oliverio Girondo” otorgado en 2005 por la Asociación Latina de Poesía y Narrativa), de Emilio Porta. Los dos libros han vuelto a dejar en mí una impronta profunda, como la que deja el arado cuando se hunde en la besana, que obliga a seguir con la labor; en este caso, con la obra de Emilio Porta. En su literatura el lector descubre a un autor con talento, inquieto, espontáneo, crítico y natural. Él sabe ver la vida a todo color, aunque luego la plasme en sus textos en blanco y negro. Pero es que así se da la oportunidad de regalarnos una lupa de sugerencias para que veamos nuestro destino y nuestro despertar con la policromía apetecida. Así es de generoso. Con todas esas cualidades, y más, creo que este autor es poco publicado y menos conocido de lo que él merece y muchos deseamos. De no rectificar a tiempo, ese será el pecado por el que algún día rezará mil penitencias el mundo editorial.

No. No voy a hacer más comentarios de estos dos libros tan maravillosos. Ya he dicho bastante. Mejor les invito a que los pidan en sus librerías habituales y compren varios ejemplares de cada uno de ellos. Les garantizo que no van a encontrar regalos más baratos con tanto valor. No hace mucho obsequié con los dos volúmenes a un amigo por su cumpleaños (es muy culto, con varias carreras, y además enseña Español en una universidad de Roma). A los pocos días me escribió un correo diciéndome que “Tanto Destinos y Caballeros como Diario Despertar son dos obras extraordinarias. Leerlas ha sido una verdadera goduria” (una verdadera gozada, un gran placer).

¿Por qué digo todo esto? Muy sencillo, porque es el sentimiento que han despertado en mí, otra vez, los poemas PARAISO y EL LENGUAJE del tan celebrado escritor Emilio Porta. Como lector agradezco la divulgación de esta expresión artística a la Revista Tirano Banderas (Nº 2), de Escritores en Red, Asociación Marqués de Bradomín. En Paraíso el autor juega con la versatilidad de las palabras y las utiliza como herramientas para construir con ellas la esencia de un sueño o la permanencia de un recuerdo, porque —dice— “No otra cosa es un poema (...) Y nadie lo sabe”. En el Lenguaje, el otro poema, concatenado al anterior, Emilio Porta nos hace sentir cómo el valor de la palabra se convierte en “El instrumento al servicio de la idea”, y califica el poder del Lenguaje como un poderoso creador, “Pues, desde el miedo y la necesidad, creaste la conciencia”, dice sabiamente. Todo esto no tendría más importancia que la conceptual, si no fuera porque sus contenidos tienen la capacidad de hurgar en la conciencia de la necesidad del lector, que puede verse “(...) Herido por el rayo de la luz, capaz de crear (...), de pensar y soñar”. Otra gozada, otro placer más alentado con las palabras, el lenguaje y los poemas de Emilio Porta.

También asistimos a la presentación de otro volumen de Emilio Porta, TOMO SECRETO, de gran profundidad, de mirada única y lectura obligada para quienes gustan de conceptos y sensaciones diferentes. Gozará en este espacio del comentario que merece. Y si es posible, disfrutaremos de una entrevista, en exclusiva, con su autor. De momento, como dijo Louise May Alcott, aprovecho para anticipar que es “Un libro que se abre con expectación y se cierre con provecho”. ¡No se lo pierdan! Ni éste, ni los otros.


Faustino del Monte

jueves, 22 de enero de 2009

CONDENADA A INSPIRAR ____(Cuento)


Siempre creí que mis cometidos en este mundo serían diferentes. Hay una adivinanza antigua que lo dice bien claro: “... a los muertos les doy luz...”. Ese debería ser mi fin, alumbrar en una sepultura cualquiera, o lucir en una palmatoria de loza fina, sobre sabanillas bordadas, en el altar de un santo con fiesta y novena. Pero no, nada más lejos. No estoy contenta desempeñando el papel que me han encomendado estos inventores de historias. Ellos no lo saben, pero yo soy un ser sensible, con cuerpo y alma. Mi materia es blanda, untuosa y perfumada. Mi alma es mi pasión, mi fuego, mi espíritu rutilante, que flaquea con los alientos de esos tertulianos dementes que amenazan con cambiar el mundo escribiendo palabras inútiles. Me gustaría protestar, pero no puedo. Esa es mi quimera.

Cuando aún estaba en los colmenares de mis orígenes, no podía imaginar que mi ser se consumiría en medio de un puñado de lunáticos, hombres y mujeres. Me compraron en una tienda de esas de “todo a casi nada” para que mi luz suscitase en ellos la recreación de universos diferentes. Amén de sus convicciones, su escritura no les da de comer y tampoco consiguen alimento para el gusano creativo que les reconcome cada instante. Sin embargo, entre ellos se quieren, y su público lee con atención sus textos. A mi también me gustaría, pero me tienen muy pesarosa.

No me agrada el uso que hacen de mí. Me gustaría escapar, por ser fiel a mis principios, pero no puedo. Me retienen porque dicen que yo les inspiro. No los creo, ni sé cómo luchar contra ellos. Otros escritores aseguran que su musa está en el güisqui, en los recovecos de mujeres ajenas y en los callejones de la mala vida, que —aseguran— es la mejor.

El otro día, en plena tremolina, se levantaron todos y me dejaron sola sobre la mesa de madera, suave por el manoseo y el frotar de las mangas de muchos días y tertulias. Al rato, se callaron. Silencio absoluto. Sólo oí el chorrear de líquidos sobre algún recipiente fino, de porcelana, de cristal o algo así.

—¿Pero quién se ha puesto a orinar ahora, en público? — me pregunté con palabras mudas.
Enseguida, alguien explicó:

—La sidra se escancia así. Todos beben del mismo vaso y los culines se tiran.

Luego me llegó un olor ácido-dulzón, pegajoso, propio de zumos y manzanas fermentadas, y les oí hablar de las tapas con que empaparon su bebida.

—El sabor fuerte de las patatas al cabrales invita a beber —dijo uno.

—Si, pues el picante de estas te hace sudar —añadió otro.

—Es lo típico del Principado —aclaró la camarera.

Y mientras los tertulianos andaban enfrascados con la sidra y los aperitivos, yo estaba sola, luciendo entre papeles sin sustancia. Estoy harta, por cualquier cosa me abandonan. Las hermanas que obran en los velatorios nunca sufren tanta soledad.

Lo peor de todo es que no puedo protestar, ni rebelarme como hacen los humanos cuando no están de acuerdo con el trato recibido. No puedo hacer nada. Ellos escriben mucho pero a mí me falta el don de la palabra. Si yo hablara les diría que me dejaran en cualquier oratorio, porque a mi no me han hecho para ser testigo de fantasías y mentiras: que si casan a una chimenea con una piscina, a un libro con una acacia... ¡Tonterías!

Estos escribidores se inspiran en cualquier cosa, pero ninguno se fijó en la sirvienta de la casa que, con mucho disimulo, se pegó a la tertulia. Seguro que obedeciendo órdenes de la jefa, preocupada por mi presencia centelleante. Arrastraba sillas y taburetes haciendo un ruido infernal; luego, acercándose más, fregó los azulejos del zócalo con una bayeta cochambrosa, empapada en agua bien cargada de amoniaco, quizá para que algún perturbado de estos perdiera el conocimiento y descubriera a que se dedicaban.

Aunque yo estuviese lejos, alumbrando con mi espíritu en el más allá de los muertos, me habrían inspirado los blasones colgados de las paredes, símbolos de tantas villas con ensalmo: Luarca, Cudillero, Castropol, Vegadeo, Navia... Todas con distintivos comunes: paisajes verdes, sus fabes, sus carnes y sus quesos, además del esplendor de todos los fogones con estrella: mariscos y pescados de la mejor factura, acostumbrados a competir con las corrientes de todos los mares; y, por último, lo mejor, sus gentes: afables, siempre dispuestas a servir y agradar. No sé si los tertulianos repararían en fuentes tan suculentas, tan profundas y llenas de inspiración. No dijeron nada.

Yo estaba casi ahogada en esas honduras, cuando levantaron la sesión. Poco después se perdieron entre el frío sereno, quieto, del Madrid de Quevedo, de Galdós, de Arniches, de Alejandro Casona..., de todos. Desconozco la identidad de las musas que les acompañaban.

Yo me revolví un poco en la oscuridad de la cartera negra, fúnebre, donde viajo siempre camino de no sé dónde. Me palpé. Estaba apagada, fría, seca, macilenta, y olía a responso sin plegarias. No pude hacer nada, sólo resignarme y esperar hasta otro lunes, cuando esos desequilibrados, inventores de historias increíbles, enciendan otra vez mi pábilo y me devuelvan a la vida de las luces, aunque sean de ficción. Quizá por eso, cualquier día de estos, los empiece a querer.
(Leido y celebrado en la Tertulia Literaria -itinerante- de Escritores en Red, Asociación Marqués de Bradomín, celebrada el 15/12/2008 en el Cafe Comercial, Gta. de Bilbao, 7. Madrid)
© Alejandro Pérez García
alejandroperez@erabradomin.org

miércoles, 10 de diciembre de 2008

LA ENVIDIA DEL VALLE


A MI AMIGO Y MAESTRO, DON RAMIRO PATO

La pareja de patos se sintió feliz cuando supo que iba a cambiar de casa. Nunca tuvieron residencia con una piscina así de chula ni una chimenea tan acogedora, donde pasarían las veladas del invierno jugando al parchís (de oca a oca...). Era un caserón grande, con jardín y todo, pero muy viejo. La campana de la chimenea, que era de madera, estaba podrida y amenazaba con hundirse en cualquier momento. Ellos la arreglarían, tenían tiempo.
El pato y la pata no estaban casados, pero para festejar aquella herencia, unieron sus picos y se zambulleron en la piscina. Interpretaron bajo el agua el segundo acto de “El Lago de los cisnes”. Repitieron varias veces hasta que se cansaron. Luego, después de secarse en la chimenea, se quisieron un poco más. Sus buches azulones, prominentes, quedaron bien reconfortados con una cena suculenta: revuelto de salvados con berros y sorgo, y, después, yeros y maíz pochada. Nada de naranjas ni foie-gras ni tomillos salseros. Tomaron vino de cepa alta y brindaron con orujo de frambuesas. Estaban enamorados, eufóricos.
A la primavera siguiente, el pato y la pata ya era una pareja sin desecho. Se paseaban por toda la propiedad con balanceos majestuosos, como péndulos de relojes caros, seguidos de una pandilla numerosa de patitos bullangueros.
Aquella manada era la envidia de todas las casas del valle. La piscina y la chimenea estaban muy orgullosas. Eran capaces hasta de hablar con tal de que sus patos vivieran felices. La chimenea, con su fuego, calentaba el agua en invierno; y la piscina, presta a mitigar cualquier sopor, se solazaba para que los patitos nadaran alegres y vieran en el espejo de sus aguas el paisaje que dibujaban las nubes errantes.
Los patos, los chicos y los grandes, gozaban tanto con los baños y los juegos alrededor del hogaril, que se olvidaron de los arreglos de la desvencijada casona. Tampoco volvieron a pensar en los mataderos de aves ni en las fábricas de confit, que los padres tanto temían.
La familia se reunía con frecuencia alrededor de la lumbre, con leña de pino y fragancia de romero. Una tarde, cuando el pato padre leía a sus pollos el “Patito feo” y otros cuentos, sonó un chasquido sobre sus cabezas. Todos miraron hacia arriba y vieron que las tablas de la campana empezaban a arder. Salieron corriendo, despavoridos. La pata madre recapacitó en su huída y volvió para coger los huevos que estaba incubando, y el padre hizo lo mismo para sacar los comederos con la cena. A pesar de las precauciones, no imaginaban lo que podía pasar.
Los padres, empatados de temor, se ahuecaron las plumas y respiraron satisfechos al ver que toda la familia estaba en el jardín. Algunos pequeños tenían el plumaje encenizado, pero estaban todos. Muertos de miedo, abrazados unos a otros, presenciaron el doloroso espectáculo protagonizado por las llamas, cada vez más altas y furiosas, que salían por el tejado y las ventanas del edificio.
La piscina no soportaba ver a los patos, rotos de dolor, iluminados por aquel resplandor espantoso, inmisericorde. Así, empezó a mecerse y a remover el agua, como quien agita un recipiente para arrojarlo lejos, con fuerza. Los patos se percataron pronto de las intenciones de la piscina. Ellos no podían hacer nada, pero movían sus alas impacientes, como intentando sumar energías para que la piscina lograra sus propósitos.
La casa seguía ardiendo. El agua se centrifugaba cada vez con más ímpetu. El trozo de tejado donde descansaba la chimenea estaba cediendo, a punto de caer. Los patos chicos se acurrucaban al abrigo de los grandes. El agua del estanque rugía enfebrecido, volteado por los movimientos eficaces de los muros y el suelo de gres. Con brusquedad emergente y rugidos volcánicos, la piscina lanzó su contenido sobre el fuego de la casa. Los patos vieron con asombro, y con agrado a la vez, cómo se extinguía el incendio.
La piscina quedó deshecha, destrozada. La casa no resistió la furia del chaparrón y, después de un estruendo ensordecedor, quedó convertida en un montón de escombros humeantes.
Los patos, desamparados, sin casa ni piscina ni chimenea, deambularon por la intemperie del jardín, ajenos a los peligros de la calle. Pocos días después del siniestro, una mañana lluviosa, cuando buscaban lombrices y otros insectos bajo las ruinas, fueron sorprendidos por unos hombres vestidos de azul, que bajaron de un furgón blanco, rotulado con el nombre y la dirección de una cooperativa de patés, foie-gras, escabeches y otras conservas.
FIN
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Hasta ahí el cuento "LA ENVIDIA DEL VALLE", concebido y escrito por el autor a partir de un binomio fantástico: Chimenea y Piscina, propuesto en la tertulia de ESCRITORES EN RED - ASOCIACIÓN MARQUÉS DE BRADOMIN.
El lector, al conocer el desenlace, habrá pensado que los patos acabarían enlatados en el expositor de cualquier supermercado, después de pasar por la fábrica de patés. Así habría sido si no hubiese aparecido milagrosamente otro pato, Don Ramiro, Don Ramiro Pato de la Cruz. Llegó cargado con sus gramáticas, la de Lázaro Carreter, Criado del Val, Podadera... Habló con los del mono azul, los sermoneó como él sabe, con su magisterio de siempre, persuasivo y aleccionador. ¡Les convenció! No sólo abandonaron sus propósitos; además, con la ayuda de Estíbaliz, sacaron a los patos de aquella indigencia, con destino a otro hogar seguro y confortable.
Ahora todos los patos, los chicos y los grandes, están en una granja de lujo, de "Cinco Picos", como de cinco estrellas. Allí comen piensos y bichos naturales, se bañan en estanques climatizados y gozan de todas las atenciones que merecen los patos listos. Todo gracias a Don Ramiro Pato, que también echó su sermón a los palmípedos: "Hay que vivir bien, pero no dedicarse tanto al cachondeo ni a la gandulería, porque luego pasa esto: se abandonan las cosas importantes, como la casa, y hasta puede prenderse la chimenea con una chispa de nada y luego mirad la que se arma". Los otros patos agradecieron el consejo: Cuá, cuá, cuá, cuá, cuá, cuá...

martes, 2 de diciembre de 2008

ENTREVISTA CON DON SANTIAGO SOLANO

POR FAUSTINO DEL MONTE.
Aprovechando la presentación en papel de su último libro, el escritor Santiago Solano Grande nos ha regalado una entrevista llena de matices y descubrimientos literarios. En esta conversación versa con magisterio exquisito sobre la construcción de su obra y los “arquitectos” que intervienen en ella, y nos desvela su apuesta literaria: llevar la literatura hasta el lector a través de la red. Él considera que ”La escritura en un espacio electrónico es un nuevo género (...)”. Esa proeza nos permite, o mejor nos obliga, a definirle como un vanguardista de la Literatura del siglo XXI.

Don Santiago Solano, escritor respetuoso que siempre piensa en sus lectores, habla del estado emocional del autor y de cómo sus sentimientos pueden influir en el aspecto final de cualquier historia, en manos de sus destinatarios. Sólo le interesa escribir, dice. Es un esclavo fiel de su gran pasión y asegura que “Todo es susceptible de ser literatura”.
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¿En qué se distingue TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA del resto de su obra?

Todos los libros, al menos en mi caso, son siempre el producto de una línea de experimentación en lo formal, ya que el contenido no deja de ser un trasunto de lo que otros antes que yo han pensado y escrito, seguro que con más clarividencia. El libro que nos ocupa se parece al anterior, me refiero a FLOR DE ACEBOS Y OTROS CUENTOS, en que hay en todo él un esfuerzo por ajustar el texto a un bien sonar y a una buena estructura sintagmática, tanto en el aspecto de lo poético como de lo prosaico. Se distingue del anterior y más de los anteriores en que ese punto de arranque está mejor conseguido. En mi modesta opinión todos los textos, que han sido pensados para ser leídos en voz alta, cumplen con esa característica. No así en los anteriores, que la prosa no estaba, en alguno de ellos, cuantificada, y en éste sí. Se puede decir pues que la diferencia fundamental de este libro con respecto a los anteriores es la cuantificación formal del léxico.

Don Santiago, háblenos de su contenido, género, estructura, conflictos, temática... Véndanos el libro.

Permítame D. Faustino que empiece por el final. No es el objetivo de este libro el vender millones de ejemplares, sino el de encontrar lectores que participen en la complicidad de la multitud de propuestas estética que en él se plantean. No es un libro para librerías, ya que se ha publicado por entero en La Red, en mi página personal, y es, sencillamente, un reclamo en papel para que el público lector se acerque a ese espacio de literatura en Red que es lo que realmente se puede considera mi apuesta literaria. En cuanto a los géneros literarios, he de decirle que la misma escritura en un espacio electrónico, ya es un nuevo género en el que ha de predominar la concisión, sobre todo, y la exactitud, y si a todo esto le aliñamos ese golpe sorpresivo que le deja a uno meditativo, mejor que mejor. Es pues un libro que se enmarca en una colección de poesía “Li-Poesía”, sin serlo propiamente dicho, ya que los textos del espacio Internaútico del 2007 son más narraciones que otra cosa, eso sí, como ya se ha dicho arriba, con un afán formal cuantificador. Es un libro, visto desde la ortodoxia que nos enseñan en las escuelas relacionadas con los géneros, heterodoxo. En cuanto a la estructura, el libro tiene dos grandes grupos: una primera parte más de lo poético, de lo interior, de lo metafísico, incluso de lo filosófico… es la parte más complicada, más densa, más difícil, de lectura más lenta. Y una segunda parte relacionada más con el afuera, con el mundo circundante, más de lo palpable, más asequible para el gran público, pero no por ello carente de esa estructura de musicalidad de la que está impregnada todo el libro. Conflictos, todos y ninguno; allá cada cual con su conciencia. Temática, el ser humano desde todas las personas, incluidas las del plural.

¿Cuál es el perfil de sus destinatarios, o no pensaba en los lectores cuando lo escribía?

Siempre pienso en mis lectores a la hora de escribir. No es mi público un niño de doce años, ni un adolescente de dieciséis; incluso me atrevería a decir, que tampoco el de un iniciado en el mundo universitario. Soy exigente con el lector. El lector, como el escritor ha de pasar sus fases, de la novela, relato, poema fácil, a algo más estético, más literario, más elevado. Lo que no quita que de vez en cuando volvamos atrás y leamos por metro entretenimiento, que es el principio. Creo en la formación de la persona lectora, de ahí que mi libro no lo ponga fácil, de ahí que utilice ciertas palabrejas y ciertos contenidos que no son corrientes, que son más de un entorno de lector con historial.

¿Las emociones que destila TRATADO DE BELLEZA MORIBUNDA nacen en la intimidad cognitiva del autor, o es la recopilación de sentimientos ajenos, compartidos en el fluir de su relación humana?

Los contenidos del libro son reelaboraciones de las lecturas y de las experiencia de primera mano del autor del libro. Nadie puede escribir de lo que no conoce. Si en el libro hay emoción, es que hubo una emoción que tocó el corazón del escritor. Pero cuidado, una reelaboración no es otra cosa que un intento, más o menos acertado, de acercar al lector a aquel momento en el que el autor tocó la esencia humana. La mayoría de las emociones, si no todas, l que despierta el libro, son emociones del que lee, que abren las palabras que hay en el libro, que en ninguna manera son el autor: son las palabras que el autor ha seleccionado para transmitir tal o cual sentimiento..Las emociones del que lo ha escrito están ahora contaminadas con la deformación que el inexorable paso del tiempo va haciendo en el recuerdo. Le confesaré una cosa: algunos de los textos del libro, ahora, tras un dormir en el cajón de los papeles emborronados, no tienen nada que ver con lo que hoy soy, y hoy siento. Son historia de la escritura diaria. Historia digna de ser rescatada.

¿Qué aporta este libro, que acaba de presentar, al conjunto de su producción literaria?

Este libro es, por decirlo de alguna manera, el techo, el punto y final de un período de diez años en los que he aprendido y he ensayado unos textos en los que el modo de decir se nota mucho. Creo haber conseguido un estilo fácilmente identificable. Ahora me queda lo más difícil, la demolición. O sea, el empezar de nuevo.

Usted clasifica su obra (dos novelas, tres poemarios, dos volúmenes de relatos...) en prosa y poesía. Sin embargo, existe una opinión muy generalizada de que su prosa es toda poesía. ¿Qué tiene que decir sobre esto?

Si el lector ve en mis textos lo poético, es porque mis textos tocan lo poético, que es en resumidas cuentas el meollo de lo humano. Otra cosa, a discutir desde luego, es que los textos estén contaminados con el fondo de tal manera que sean una sola cosa. Habría que analizar esos textos prosaicos que supuestamente son “prosa poética”, por decirlo de alguna manera, y ver si cumplen con los cánones que los profesores y críticos marcan para que tal circunstancia se dé. Desde luego no es de me incumbencia, ni me preocupa en absoluto. Siempre he dicho lo que quería decir, tal y como lo quería decir. Si hay una opinión generalizada de lectores que opina eso, algo de verdad habrá en ello; pero repito: no me preocupa lo más mínimo.

¿Señor Solano, no será que está usted creando un nuevo género, único, que, como ya le ha dicho alguien, “Rompe la barrera entre la poesía y la prosa?

No sé si eso es así. Intuyo que lo que escribo está impregnado de mi forma de ver el mundo en general y de la literatura en particular. Permítame que le cuente una anécdota que responde a esto del los géneros, que yo hablaría más de la creación de un estilo excluyente. Me pide un amigo que le presente a él y a su poemario. Acepto. Pero, de verdad, me aburren las presentaciones de los autores cuando el presentador se pasa media hora o tres cuartos de ahora contando lo mucho que ha escrito y lo bueno que como escritor; y además le roba el tiempo al protagonista que es el autor y el libro. Así que yo, ante tal circunstancia, lo primero que hago es leerme el libro – sí, sí, me leo el libro, despacito, tomando notas -, y luego, con las notas monto el personaje que se respira detrás de ese libro, que por supuesto que no es el autor, sino la voz narrativa del libro. Y presento la voz narrativa del libro como si fuera el propio autor. Si a esto le unes algunos datos biográficos contrastados de la vida del autor. Pues sale un texto literario nuevo, que habla de autor y del libro. ¿Es eso un nuevo género literario? El Genero de la Presentación, como ha dicho más de uno de los que han asistido a mis presentaciones de autor. Yo creo que no, es simplemente que para mí todo es susceptible de ser literatura. Esta mi gran pasión.

Hablando ahora del origen de su creatividad: ¿Cómo llega a la conclusión de una idea, y cómo trabaja con ella hasta su exposición definitiva?

Utilizo los métodos conocidos por todos los que nos dedicamos a esto de escribir. El binomio fantástico, por ejemplo. De él tiene un resultado en la revista Tirano Banderas Digital, en el relato Grabar el fondo, que parte de las palabras “grabar/fondo”. La transposición de temas clásicos a escenarios modernos. De esto tiene un ejemplo en el blog de diario que estoy escribiendo en la actualidad. Todo lo relacionado con los hombres de verde, de resonancia “orsonwellianas”, no es más que un trasunto del viejo cuento “El flautista de Hamelin”. O simplemente una escena que me llama la atención en la calle, de la que tomo nota en mi cuaderno de notas, que luego se relaciona con otras cosas y que termina siendo un cuento, o un poema, o incluso una novela.

Ya, pero ¿qué mecanismos técnicos utiliza para llegar a ese punto final, tan bien madurado, que tanto conmueve al lector?

No hay ningún truco. Es todo trabajo. Primero dejar al Doctor Sí que trabaje: este doctor es la imaginación, que algunos llamarían la inspiración, y que otros el entrar en contacto con el espacio de lo onírico del ser humano. Luego dejar al Doctor No que actúe: este doctor son los estudios filológico, gramaticales, estructurales, etc., que la vida ha ido poniendo a mi alcance. ¡Ah! Y un factor primordial, el tiempo. Dejar que pase el tiempo, que se enfríe el corazón del que lo escribió. Eso, dejar que trabajen estos dos personajes.

¿Son esos los cimientos sobre los que se sustentan sus objetivos como escritor?

Digamos que estos dos señores son los arquitectos. Pero estos arquitectos están siempre a mis órdenes. Y mi objetivo último es muy sencillo, escribir. Todo lo demás es añadidura.

¿Ese es su único fin?

Sí, sólo me interesa escribir. Aunque también es verdad que los sueños son imposibles de contener, los sueños de grandeza, digo. Pero eso es otra historia.

¿Le ha dicho alguien que su obra, en general, es un plato muy exquisito reservado para pocos privilegiados, capaces de degustar sus excelencias?

Nunca. Más bien al contrario. En un recital de poesía que di en la Biblioteca de Valencia, hace ahora cinco años, me ocurrió algo que colmó todas mis necesidades de vanagloria. Tras el recital, se acercó una señora de unos sesenta años y me dijo que ella no leía poesía nunca, que le parecía una pamplina; pero que con lo que yo había leído había disfrutado mucho, se había emocionado mucho, había incluso llorado, porque lo que yo leía era su vida, su alma. Aunque sí, es verdad que el léxico que utilizo no es muy corriente.

¿Eso es intención suya o es algo inherente a sus dotes creativas?

Si eso es que mi obra es para lectores exquisitos, tengo que decir que eso, esa lucha por decir exactamente lo que quiero decir, forma parte de mi camino como escritor, de mi evolución como escritor; y sobre todo de mi evolución como ser humano. Soy ciertamente complicado - ¿quién no? -; pero en mis textos siempre intento ser claro, aunque no siempre lo consiga. Y si eso, es que por qué no escribo historias de amor, o de aventuras; pues mire, esto ya se ha hecho tantas veces y tan bien, que para qué más. Busquemos ser uno mismo allí en donde estemos, y en esto de escribir, pues eso. Seamos yo.

Para terminar, Don Santiago, hablar de Literatura es hablar de belleza, pero dígame ¿cree usted que esta belleza está tan moribunda?

La belleza no está en el mundo, está en el corazón humano. Un atardecer es bello porque hay un corazón latiente que así lo entiende. Por tanto la belleza es cuestión de corazón. Literariamente hablando, para mi gusto, la belleza agoniza; ya lo dijo hace tiempo un tal Carlos Mestre en un libro titulado “La poesía ha caído en desgracia”. O creo, que a lo mejor no se estaba refiriendo a esto que nos ocupa; que ya sabe usted, que a los poetas no hay quien les entienda.

PRESENTACION DEL POEMARIO "TRATADO DE BELLEZA MORIBUNDA"

El pasado 24 de junio de 2008 tuvo lugar en el Salón de Actos de la Biblioteca Municipal de Móstoles, en Madrid, la presentación oficial de "Escritores en Red. Asociación Marqués de Bradomín", y el poemario "Tratado de la belleza moribunda ", de Santiago Solano. En el acto participaron - de izquierda a derecha de la foto - D. Santiago Solano Grande, autor del poemario y Secretario General de Escritores en Red, Dña Carolina Marchante, Jefa de Actividades Culturales de la Biblioteca, y nuestro socio de Escritores en Red D. Alejandro Pérez García, en calidad de presentador del libro y escritor.
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TEXTO DE LA PRESENTACIÓN DE"TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA" DE SANTIAGO SOLANO EN EL SALÓN DE ACTOS DE LABIBLIOTECA MUNICIPAL DE MÓSTOLES
Por Alejandro Pérez García


Debería ser fácil presentar a alguien cercano, con quien se comparten inquietudes y proyectos. Pero no. No es así cuando se trata de Santiago Solano Grande. Confieso que he preparado varios guiones para este acto y me ha costado mucho encontrar palabras coherentes que definan tanto sus cualidades personales, como los atributos que le capacitan, con nota sobresaliente, en el difícil arte de escribir. Como persona, Santiago Solano no deja de enmendar la plana con tal de que un semejante encuentre el triunfo y la satisfacción con un texto lucido, con la trama y el punto final en su sitio. Siempre tiene a mano un consejo, un comentario, en beneficio de quien, bogando por mares de letras sin lustre, ha de cambiar la singladura. Pero no he venido aquí para hablar de Santiago Solano como persona, y no lo voy a hacer. Ya he dicho de él bastante. De seguir, acabaría en un jardín cuajado de una calidad que nunca describiría en su justa medida. Hoy tengo que presentarles a Santiago Solano ESCRITOR, un personaje grande de la literatura actual, que, algún día no muy lejano, recibirá el reconocimiento que merece. El mérito de Santiago Solano se sustenta sobre tres pilares cimentados en su vida y en su obra; tres pilares que le distinguen en la actualidad, tres pilares que le abrigarán en la historia futura de las letras, tres pilares escritos con mayúsculas:

- FORMACIÓN PERSONAL,
- POSICIONAMIENTO Y COMPROMISO EN LA LITERATURA ACTUAL y
- DEDICACIÓN INCANSABLE EN ARAS A UNA OBRA DE PREMIO.

Su formación está avalada por los estudios académicos que ha cursado: Filosofía y Letras en la Universidad de Oviedo y Profesor de EGB en la Universidad de la Laguna, en Santa Cruz de Tenerife; además, basta leer sus libros, es un gran pensador, filólogo y excelente creador. Como autor comprometido con la Literatura, es un ferviente divulgador cultural, empeñado en colocar al texto escrito —más allá del producto encuadernado— al otro lado de los nuevos mundos, que esperan ser explorados con las modernas tecnologías cibernéticas y de la comunicación. Gracias a ello, hoy somos todos menos forasteros, menos extraños, porque en esa revolución cultural-social conviven hermanados los entes del planeta. “Siempre en y para la RED”. Su proyecto personal está alojado en www.literonauta.com donde podemos leer casi todo lo que ha escrito. Ha sido director de la página Web de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles; actualmente gestiona la Web de la Casa de Castilla-La Mancha en Madrid, la Web de la Sala Trovador, unida a la Asociación Prometeo de Poesía, y es Director General y Administrador Web de “ESCRITORES EN RED, ASOCIACIÓN MARQUÉS DE BRADOMIN”, www.erabrdomin.org. Éste es su último proyecto, quizá el más ambicioso, creado para acoger a escritores, consagrados y noveles, con el fin de promocionar trabajos y autorías que, de otra manera, morirían antes de nacer, en la oscuridad del anonimato. Gracias a su dedicación incansable Santiago Solano hoy atesora una obra de premio. Sus libros, pensados y escritos para la Red, son libros con cuerpo y alma, libros con espíritu virtual pero también con un físico que se deja tocar y querer, que nos compensan con las caricias de la sustancia. Los libros de Santiago Solano son un regalo de su generosidad: están en la página de “Literonauta” para que gratuitamente podamos disfrutarlos. Pero no por ello podemos decir que sean inalcanzables para los lectores convencionales, ya que bajan de su mundo etéreo, en forma de tinta y papel, para que sean también propiedad de los que gustan de pensar en el metro, en el tren, en el bus... Hoy baja del limbo y se suma a la vida pública, a los escaparates de las librerías y a los catálogos de las bibliotecas, su última creación: TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA. Sólida, estructurada en varios géneros: En Novela ha publicado DESTINO FINAL (1995) y LIENZOS DEL PASADO (2001) En Poesía: MULETA Y VIENTO (1996), OLÍA A TRAICIÓN Y SOLEDAD (1998) y LA SOMBRA DE LA CASA (2002) Y en Relatos nos ha deleitado con FLOR DE ACEBOS Y OTROS CUENTOS (2004) Todo ello en Internet, primero, y en papel, después. El libro que él nos va a presentar hoy: TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA, es un compendio de narraciones breves, reflexiones profundas diría yo, llenas de sentimiento y abstractos concretos, de concreciones surrealistas y metáforas donde maridan significados y significantes para abrir las puertas del pensamiento a lectores curtidos, a lectores que no se conforman con lo que el escritor dibuja en sus páginas. Ellos serán quienes clasifiquen como cosa propia esta BELLEZA: en los anaqueles de prosa poética o en los de poesía narrativa. Así de dual, pero así de única es toda la obra de Santiago Solano, sobre todo sugerente y capaz de no dejar en la indiferencia a cuantos quieran aprender leyendo, a cuantos se atrevan a buscar historias, situaciones y comportamientos más allá de lo escrito. Les aseguro que es una obra única, tanto en contenidos como en continentes, magistrales, tejidos con palabras modeladas con el buril de la idea, y remarcados con la forja artesana del concepto bien dicho. Gracias a todos. Y ya, sin más preámbulos, cedo la palabra a mi presentado, Don Santiago Solano Grande, que nos hablará con todo lujo de detalles —¡seguro!— de su último y celebrado éxito: TRATADO DE LA BELLEZA MORIBUNDA.

viernes, 28 de noviembre de 2008

LOCO POR LEER

(Leído en la Tertulia Literaria. Casa Castilla-La Mancha. C/. Paz nº 4. Madrid)

Moncho tenía una afición desmedida por la lectura. Sus padres, al principio, no lo veían mal, pero también querían que se relacionara con amigos y jugara con ellos al fútbol, a la pídola y a otros juegos propios de su edad. Pero no, Moncho siempre estaba leyendo; siempre, siempre con su libro a la sombra de la acacia. Él decía que allí estaba escrita toda la historia de la vida, y que debajo del árbol veía los personajes más variopintos, en los lugares más exóticos de ese mundo mágico preferido por él.
Los padres no entendían aquello tan irreal y, preocupados, sometieron al niño a castigos severos para que dejara de leer, o lo hiciera con moderación. Le privaron de la paga de los domingos, del pastel de manzana que tanto le gustaba y decidieron no comprarle más libros, pero eso no dio ningún resultado. Por la mañana y por la tarde, con frío o calor, el niño leía sentado en el arriate de la acacia. Siempre estaba allí.
Ante la firmeza de Moncho, los padres hicieron lo que nunca habrían deseado: cortar la acacia y quemar el libro. Moncho no tenía otras lecturas y en el jardín no había más árboles. Aquella barbaridad hizo que el niño se aislara más y no quisiera hablar con nadie. Se le quitó el hambre, pero nunca mermó su atracción por la lectura.
Todos los días se sentaba en el tocón de su acacia mutilada, cogía cualquier periódico o revista y, con los ojos cerrados, simulaba leer. Así revivía las hazañas de sus héroes. Por los gestos daba a entender que disfrutaba de los conflictos y sensaciones: ponía cara de pelea, olía como si estuviese en medio de una inmensa rosaleda, hacía cariñosas muecas, como si acariciara a distintos animales, o algo así.
Una tarde, a primera hora, cuando el muchacho estaba abstraído, con la mirada puesta en su creación interior, se acercó la madre con cara de pesar.
—¿Por qué haces como que lees, si tienes los ojos cerrados? ¿No sería mejor que vinieras a la piscina con los otros niños? Hace mucho calor y ya no hay sombra en el jardín. ¡Anda, cariño, ven! —dijo acariciándole las mejillas, con ese mimo de madre que a veces todo lo puede.
—Cierro los ojos para ver mejor las aventuras escritas en mi libro. ¡Lo quemasteis! Pero guardo todo en mi memoria. Hablo con los personajes, ellos son mis amigos. Los otros niños no están en la historia. Tampoco importa si la acacia está o no. Ahora tengo toda la vegetación que quiero, abunda en el universo que imagino.
—Hijo, tú no estás bien. Tenemos que llevarte al médico.
—No, mamá. Eres tú la que está mal. Nunca supiste que mi libro es “El libro de la selva”. Por lo que leo en él, en lugar de perseguir tanto mis lecturas, tendríais que haber estado más atentos para no perderme cuando Shere Khan*, mi amigo el tigre, salió de la espesura.
—No te entiendo, hijo —exclamó la madre sollozando.
—Está claro. Me habéis maltratado privándome de mi pasión. Ahora me siento, más que solo, abandonado. Así acabaré en la cueva de los lobos, pero no me importa. Aunque Raksha* se meta conmigo y me llame Mowgli*, seguiré leyendo todos los días, porque ellos sí que me entienden. Yo estaré encantado de ser uno más en la maravillosa jungla de ese mundo fascinante —dijo el chico muy convencido.
La madre lloraba en silencio, arrepentida. No dijo nada.
Moncho siguió en su mundo. Hizo como si pasara otra página del libro. Luego, satisfecho, aulló como una fiera inocente, en medio de aquel bosque de robinias, tocadas con racimos blancos, de olor meloso, penetrante.
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(*) Personajes del “Libro de la selva”.
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LIBERTAD EN LA JAULA

Madre e hija discutieron el día anterior, hasta bien entrada la noche, sobre la asistencia al concierto de “Los Maracuyás”, que se celebraría en el campo de fútbol. Margarita no pudo disuadir a la chica. “Dichoso recital, en qué horita...”, dijo la madre, muchas veces después.
—Estoy harta, mama. Tengo diecisiete años, casi dieciocho, y me tratáis como si tuviera quince. No me dejáis ir a los conciertos, ni a bailar, ni llegar a casa después de las dos. Mis amigas no tienen estos problemas con sus padres. Vosotros sois insoportables. No os aguanto. ¡Qué ganas tengo de que termine esto! —protestó Sara, llorando.
La chica corrió a su cuarto. En la huída tiró de un manotazo la bailarina con bata de cola y el músico de Murano que había sobre el aparador. Su madre, al verla tan excitada, y temiendo se despertara el padre y el niño pequeño, fue tras ella con intención de calmarla. Moderó su actitud intransigente.
—No, hija. No te pongas así, anda. Si lo hacemos por tu bien.
—¿Por mi bien? ¡Un cuerno! Qué ganas tengo de... Pero tú ¿qué quieres? ¿que me meta monja? —dijo la chica, todavía muy alterada.
—Anda, hija, no te pongas así. Con lo buena que tú eres. Cálmate. Venga, vale. Mañana, vienes, comes y te vas. Si nosotros también queremos que te diviertas, pero nos da miedo que andes por ahí sola —dijo la madre besándola, acariciándole los cabellos y secándole las mejillas, como tomates, humedecidas por las lágrimas.
Las dos, poco a poco, fueron tranquilizándose. Sara preparó los libros y la ropa para el día siguiente, después de que su madre la halagara durante un buen rato antes de irse a dormir. Ya sola, fue a la cocina, abrió el frigorífico y, como todas las noches, se hizo el bocadillo para el recreo. Además, metió en la bolsa una cabeza de lomo envasado al vacío sin empezar, lo que sobró de la barra de pan y tres piezas de fruta. “Si me viera mi madre, o mi padre, la tendríamos otra vez”, pensó. Dejó todo preparado en su habitación y se metió en la cama, pensando en el concierto y en las prohibiciones de los padres.
Durmió mal, pero al día siguiente fue la primera en salir de casa, antes de que nadie se hubiese levantado.
No regresó a la hora de comer, ni por la noche a dormir, ni al día siguiente, ni al otro, ni muchos días después. La quiosquera fue la última que la vio cuando entró en el Metro. Dijo que serían las ocho y media, y que llevaba una mochila muy abultada y una bolsa de deporte, bastante grande. La familia no dio mucha importancia a eso, hacía natación a diario y, “quizá llevara las aletas”, advirtió la madre.
Tras muchas pesquisas y varias semanas colocando la foto de Sara, con reclamos de búsqueda en todos los lugares posibles de la capital, apareció en la costa, muy lejos de casa. Trabajaba muy ligera de ropa en una discoteca, cantaba y bailaba, frenética, dentro de una jaula, animando a los clientes. Acababa de cumplir los dieciocho y la policía sólo pudo comunicar a la familia su paradero.
Cuando Sara menos lo esperaba, recibió la visita de los padres. Allí estaba, en la Discoteca Paraná, con Los Maracuyás, enseñando lo que, por falta de luz, casi no se veía. Saltaba entre los barrotes como una mona insaciable, o harta de todo. ¿Quién sabe?
El padre, un funcionario sin arrestos, se quedó mirando, sin saber qué hacer. Fue la madre la que subió, por detrás, al escenario. Ella quería hablar con su niña, aunque fuese a voces. No sabía cómo hacerlo. Se puso delante de la hija, que, aunque estuviese extrañada, no dejó de saltar.
—¿Qué haces aquí mama? ¿A qué has venido? —preguntó, por fin, chillando, casi sin mirar a la madre.
—A por ti. Hemos venido a por ti. Nos vas a matar a disgustos —gritó Margarita, haciendo altavoz con las manos, al oído de la chica, que no paraba de retorcerse.
—No voy a ir a ningún sitio. Me dejaste ir al concierto ¿no? Me dijiste que vosotros queríais que lo pasara bien. Pues aquí estoy —explicó desgañitándose, apartando el micro para que no se la oyera en la sala.
La madre la cogió por los pelos y la apartó de los focos que no dejaban de hacer intermitencias y cambios molestos, mareantes.
—Yo a ti ¿qué te dije? —preguntó la madre, más tranquila pero con los mismos ruidos.
—Me dijiste eso: “Vale, mañana vienes, comes y te vas”. Fue lo que dijiste.
—Sí, pero no llegaste a comer, ni a cenar, ni apareciste el día de tu cumpleaños.
—No fui porque no tenía hambre. Y cállate ya, que me vas a rayar. ¿No ves que no te oigo? Así que hala. Te diría la poli lo que hay, ¿no? Pues ya lo sabes —dijo Sara voceando con todas sus fuerzas, zafándose de la madre.
—Por Dios, hija, sal y hablemos como personas normales.
Sara no hizo ningún caso.
—Por favor, baja de ahí. Aunque sólo sea para que te quedes quieta y podamos darte un beso.
La chica no atendió las súplicas de su mama, como siempre le decía. Tampoco quiso ver al padre.
Margarita, huérfana del cariño de la hija, salió perdiendo su etiqueta de madre entre el ruido y la vergüenza.
Sara se encerró en la jaula de su libertad y siguió con aquel cante imposible, saltando y riendo, como si toda la vida hubiese estado allí y le sobrara todo lo demás.

jueves, 23 de octubre de 2008

MAL TIEMPO


Si el cielo estaba cubierto no salía de casa, y si las nubes la sorprendían, dejaba todo y se recluía en su habitación. En invierno, o en verano si había tormentas, pasaba varios días sin ver la calle.

Podía conseguir lo que quisiera, pero los nublados eran para Marta una causa mayor, imposible de vencer.

Una tarde, después de muchos meses esperando, recibió un certificado citándola para una entrevista de trabajo. ¡Por fin alguien había reparado en su currículum! Pronto tendría ocasión de demostrar sus cualidades.

Pensando en la ocasión, y en el posible puesto de trabajo, renovó su vestuario, se compró maquillajes, perfumes y todo eso que una chica joven y guapa no necesita para ser más atractiva.

La fecha, que por deseada parecía muy lejana, llegó. Al salir de casa, tan arreglada, tan dispuesta, tan contenta... ¡Empezó a llover!
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OCASO

A las nueve de la mañana Álvaro sale a por pan reciente para el desayuno. Los primeros alientos del otoño le incomodan. Pisa con cuidado las hojas de los árboles; él sabe que disimulan con mala idea los pequeños hoyos, que, junto con la artrosis, le recuerdan que los años pasan sin perdón.

—Buenos días Beltrán —saluda Álvaro a un vecino que sale del ambulatorio.

—Hola.

—¿Qué te pasa? Te veo con mala cara, muy delgado y un poco encogido.

—Nada, los años.

—Así estamos todos.

—Sí, pero a mí me ha dicho el médico que no llene la despensa para todo el invierno, y que pague pronto mis deudas, si quiero que mis herederos me recen con cariño. Así que... ¡ya lo sabes! —dijo Beltrán, con torpeza, allanando el empedrado con la vista.

—Cuánto lo siento. No será para tanto, pero si puedo hacer algo por ti...

—Sí, claro que puedes: ir al entierro.

—Pues no sé, no sé.

—Mejor no pensar en ello —dijo Beltrán.

“Si yo voy al tuyo, tú no vendrás al mío —pensó Álvaro—. Uno ya no está para excesos. No haré por ti lo que tú no harás por mí. No está bien que te vayas gratis y yo tenga que pagar por ir y volver”—terminó su pensamiento y se despidió del amigo.

—Lo siento mucho, Beltrán. Ya nos veremos.

© Alejandro Pérez García

(Leído en la sesión inaugural de la Tertulia Literaria. 20-10-08)
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COSAS QUE PASAN

Mi amigo Juan Luis y la limpiadora del colegio mayor eran como uña y carne. A él le llamaba mucho la atención un lunar que tenía ella en la oreja, como una uva garnacha. A ella le hacía mucha gracia que él tuviese un ojo como el cielo de un belén y el otro como el azabache.

Después de los años, Juan Luis se cruzó en la Calle de la Montera con una joven que se parecía mucho a Susana, la empleada de la limpieza.

Siguió a la chica. Entró en una cafetería. Se puso a su lado y la observó con atención. Vio que tenía un lunar en la oreja izquierda y un ojo azul y otro negro.

© Alejandro Pérez García
(Publicado en “La Ventana” (SER), de J. J. Millás, el 11-10-07)
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