jueves, 13 de mayo de 2010

ENTREGA DEL XXI PREMIO DE POESIA BLAS DE OTERO 2009


POEMARIO GANADOR "CORALES", DE EMILIO PORTA.
Como ya habíamos anunciado, el escritor Emilio Porta recibió ayer el XXI Premio de Poesía Blas de Otero 2009, patrocinado por el Ayuntamiento de Majadahonda. El acto tuvo lugar a las ocho de la tarde en la Casa de la Cultura “Carmen Conde”, de dicha localidad. Coordinó la Concejala de Cultura, Ana María Fernández Mallo, que estuvo acompañada en la mesa presidencial por la primera Teniente de Alcalde, Carmen Menéndez Rodríguez; Sabina de la Cruz, viuda de Blas de Otero; el escritor Enrique Gracia Trinidad, miembro del jurado (Premio Blas de Otero 1992) y quien no podía faltar, claro, Emilio Porta, el flamante galardonado, escritor fecundo, que cultiva todos los géneros con éxito probado.
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La sala estuvo llena de amigos, compañeros de la AEAE y de ESCRITORES EN RED, personalidades del mundo de la cultura, otras autoridades locales, público en general y enviados de prensa.

La coordinadora, después de leer el acta del jurado, cedió la palabra a Sabina de la Cruz, que leyó un poema de “Corales”, el libro ganador. Ana María Fernández deleitó a la audiencia con la lectura de un soneto del poeta Juan Van-Halen —prologuista del libro y miembro del jurado— dedicado a Emilio Porta “Por su libro Corales”. Enrique Gracia agradeció al Ayuntamiento de Majadahonda el esfuerzo que hace por mantener la tradición cultural, recordó al poeta Blas de Otero, poniéndole entre los grandes de la literatura.
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La presentación del poemario ganador, Corales, corrió a cargo del mismo escritor, Enrique Gracia, que hizo una preciosa exposición sobre la temática, contenido y forma del libro, así como sobre la escritura del autor, Emilio Porta, al que calificó como escritor renacentista, con la profundidad de Luis Vives o Antonio de Nebrija.

A continuación, entregó el premio, la primera Teniente de Alcalde, Carmen Menéndez Rodríguez, que tuvo palabras de elogio y felicitación para Emilio Porta. Éste dio las gracias al Ayuntamiento y al público asistente, y leyó un poema de Blas de Otero, “un legado de vida, donde la poesía está al servicio de la solidaridad”, dijo. Luego, el escritor Enrique Gracia y la locutora, y también poeta, Vera Moreno leyeron varios poemas de “Corales”, que merecieron una cálida y dilatada ovación de la concurrencia.

Carmen Menéndez justificó la ausencia del Alcalde, Narciso de Foxá Alfaro, y en su nombre leyó un discurso animando a todos a fomentar la cultura, en general, y la poesía, en particular, recordando al vasco universal Blas de Otero. Sabina de la Cruz volvió a felicitar a Emilio Porta, “por saber de todo”, recordó a Francisco Umbral y tuvo palabras cariñosas para su viuda, Maria España, presente en la sala. Cerró el acto la concejala de cultura, Ana María Fernández Mallo, agradeciendo la asistencia a todos los presentes.
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A la salida pudimos hablar más tranquilos con nuestro compañero Emilio Porta.

¿Qué ha supuesto para ti este premio?

No acostumbro a presentarme a muchos premios, a pesar de que aseguran al escritor algo importante como es la edición, independientemente de que suponen un reconocimiento profesional y, además, ayudan al escritor en sus problemas económicos, es decir, pagar un trabajo, como se hace en todas las profesiones. Pero tenía un libro especial, Corales, no escrito para un premio – yo nunca escribo para, sino escribo por – y siempre he pensado, desde que lo escribí, que era un libro que debería llegar a un círculo más amplio. El hecho de presentarlo al Blas de Otero tiene, además, otro valor: mi aprecio de la escritura y la vida de este poeta que tiene uno de los poemas más importantes de la Literatura Universal, desde el punto de vista del escritor y del ser humano. Ese poema que termina, ante la realidad y la injusticia, por decir: “Nos queda la palabra”.

¿Cómo es, qué tiene, el poemario ganador?

De Corales sólo puedo decir que es un libro de reflexión sobre el tiempo y la existencia tomando como motivo a los corales, unos seres vivos complejos que han sido testigos de esa existencia durante millones de años. Ellos acumulan más vida, más tiempo, que nosotros y nos recuerdan que no somos el centro del universo.

¿Cómo concebiste Corales?

El Hombre debe aprender a “ver”, a mirar, y comprender el proceso de la vida.
Para cuidarla y respetarla. Este no es un libro ecológico. Es un libro de pensamiento, porque yo no concibo la Poesía como un mero adorno. En eso estoy con Celaya: no hablo de una poesía combativa y social, pero si de una poesía que no sea concebida como un lujo cultural. Me gusta pensar, descubrir, aprender. Me gusta que el lenguaje humano, nuestra principal arma para el conocimiento, nuestro vehiculo y seña de identidad, se aplique para llegar al fondo de las cosas
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No por ocultos
menos existentes.
Ni por callados
menos sabios.
Quién sabe
dónde
nace su pensamiento.
Tallados
por el paso
de la espera,
sujetan las corrientes
hasta el momento
de su viaje.
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Guardan la luz
debajo de los aires.

Es sólo una muestra de CORALES, 92 páginas, XXI Premio de Poesía “Blas de Otero” 2009, editado con el nº 54 de la Colección Julio Nombela, de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles.
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lunes, 3 de mayo de 2010

RECREACIÓN LITERARIA (II)

RECAPITULANDO...

1) Creo que en los ciento veinticuatro comentarios de la entrada anterior ha quedado definida la Literatura como arte y ciencia. No obstante, aún tenemos mucho programa pendiente. Seguro que hay escritores y lectores, con nombres y apellidos, dispuestos a compartir opiniones y conceptos particulares que nos enriquecerán a todos.

2) Han sido escasas las intervenciones sobre la conveniencia de la crítica en los blogs. Sólo Mari Carmen Azcona y yo mismo nos hemos pronunciado a favor de esta práctica.

3) Se han perfilado, casi sólo sugerido, algunos principios y fines de la Literatura:

  • Por qué y cómo surge la creación literaria.
  • Qué relación tiene con la historia. Influencias.
  • Qué utilidades ofrece a estudiosos y lectores, como destinatarios y transmisores de la cultura.

Esos son los temas propuestos para desarrollar en la tertulia que sigue. ¿Quién empieza?

sábado, 17 de abril de 2010

RECREACIÓN LITERARIA (I)

Como bien sabéis, se ha abierto una tertulia o debate provocado —si así lo preferís—, partiendo de un cuento: EL ASCENSO, publicado en este blog.

A partir de ahí han surgido comentarios para todos los gustos. Unos versan sobre el tema y contenido de la historia expuesta; otros sobre la calidad de su estilo y estructura narrativa, de la credibilidad o la inverosimilitud del comportamiento de los personajes. Se han apuntado otros temas de discusión, no agotados. A continuación vamos a hablar sobre ellos.

1º) Se ha quedado en el tintero la conveniencia o no de criticar abiertamente los trabajos de nuestros blogs, con el ánimo de compartir nuevos conceptos y enriquecernos. Lógicamente, sin perder nunca el tono respetuoso y de amistad que debe presidir toda comunicación con el ánimo de ayudar y servir a la mejora común.

2º) Hablando de servicio, de utilidad, ¿para qué nos sirve la Literatura? ¿La exploramos en todas sus posibilidades o nos quedamos sólo con su aspecto lúdico, pragmático? Podemos considerarla como un elemento instigador de la mente o utilizarla, simplemente, como un juego que nos permita desarrollar nuestros anhelos, cambiar el disfraz de brega por el traje de los domingos o la naturalidad de un rostro ajado por el engaño del maquillaje.

Y como el Arte Literario es un abstracto muy concreto, sobre todo desde el punto de vista narrativo, que es el género más tratado en este blog, los personajes de EL ASCENSO se han declarado en rebeldía y han decidido quedarse en lo esencial.
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Sobre EL ASCENSO (Otra versión)

-Hola cariño. No te preocupes, tardaré en salir. Llegaré un poco tarde.

-Pero, Rebeca, ¡otra vez! ¿Qué pasa ahora?

-Nada, tranquilo. Sólo quiero saber qué hacen con El Ascenso.

-¿A tí qué más te da? ¡Que lo pongan donde la Miranda!

-No. Lo tienen en un taller de reparación. Parece que quieren arreglarlo.

-¿Arreglar eso? Lo que tienen que hacer es llevarlo al desguace directamente.

-Sí. Sería lo mejor. Ya te contaré cuando llegue.

viernes, 5 de marzo de 2010

EMILIO PORTA GANADOR DEL XXI PREMIO DE POESÍA BLAS DE OTERO


POEMARIO GANADOR "CORALES"
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El escritor madrileño Emilio Porta acaba de ganar el prestigioso XXI PREMIO DE POESIA BLAS DE OTERO, patrocinado por el Ayuntamiento de Majadahonda (Madrid). Las bases: tema y métrica libres; extensión mínima setecientos versos y máxima, mil.
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Foto: Emilio Porta en la Feria del Libro de Madrid, en 2009
La obra premiada ha sido CORALES, de la que el autor ha dicho “Es un poemario que escoge como leiv-motiv al coral, ese animal con apariencia mineral y vegetal que, sumergido en las aguas, es testigo de la experiencia de la vida desde hace miles, millones de años... De eso trata el libro: pensamiento y reflexión sobre la existencia, en un largo poema dividido que se puede leer todo seguido o en pequeños poemas cortos con unidad."

Emilio Porta es escritor, crítico de cine y teatro. Además del galardonado, que aparecerá en un mes aproximadamente, ha publicado varios libros de poesía y narrativa: Compás de Espera, Navegación del Vacío, Diseño de la Noche (Premio Villa de Benasque), Porlock, Anamarel, El Baúl de Kovenhävn, Travesía de Alfama, Diario Despertar (Premio Oliverio Girondo 2006), Destinos y Caballeros y Tomo Secreto.

Emilio Porta, a través de su dilatada obra, demuestra que ve la vida a todo color, aunque luego la plasme en sus textos en blanco y negro. Así da al lector la oportunidad de regalarse una lupa de sugerencias para que pueda ver los destinos finales con la policromía del lenguaje apetecida. No en balde gusta de jugar con la versatilidad de las palabras y las utiliza como herramientas para construir con ellas la esencia de un sueño o la permanencia de un recuerdo.

El autor de CORALES pone el valor de la palabra al servicio de la idea, y califica al Lenguaje como un poderoso creador. Sus lectores esperan que, como dijo Louise May Alcott, este nuevo libro se “abra con expectación y se cierre con provecho”.

Blog de Emilio Porta: http://emilioporta.blogspot.com/
¡EN PORTADA! en Sociedad Digital: http://www.sociedaddigital.es/

domingo, 24 de enero de 2010

ANTOLOGÍA III

Don MIGUEL ORTEGA ISLA es un autor prolífico, tanto en verso como en prosa, con un sello personal que le distingue. Socio fundador y de mecenazgo de ESCRITORES EN RED, ASOCIACIÓN MARQUÉS DE BRADOMIN, donde nos encontramos, ha sido presidente de esta iniciativa durante los dos primeros años de su andadura. Entre las muchas actividades que él ha alentado, voy a citar una de las obras, la última, que coordinó y dirigió personalmente: “ATRAPADOS EN LA RED… de la amistad”. Es el número seis de la colección “Li-Poesia”, publicada dentro del proyecto Literonauta, con casi diez años de vigencia. El libro, que se presentó en Madrid el 26 de Mayo de 2009 en el Centro Cultural de los Ejércitos, recoge trabajos de treinta y nueve autores, muchos de gran prestigio y renombre. Entre ellos, DON MIGUEL tuvo a bien incluirme.

Hoy quiero rendirle mi homenaje y expresarle mi agradecimiento presentando en este espacio, que también es el suyo, mi humilde aportación a ese volumen cuya iniciativa y dirección le pertenecen.
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TODO POR LA NIÑA

Hacía poco que Oscar y Susana vivían en la Calle de Sagasta. Un cura los sacó del fango y los metió en un centro de desintoxicación. Luego en Cáritas, o no se sabe muy bien en qué ONG, hicieron todo lo demás.

Susana sólo tenía lo puesto, pero se lo quitaba sin recato. Oscar no llevaba calcetines y los zapatos le estaban grandes.

No eran bien vistos en aquella comunidad de tanto lujo. Lo sabían, pero ellos, opinaba Oscar, no tenían culpa de que hubiese ricos solidarios, dispuestos a prestar pisos a parásitos mortecinos como ellos.

—Es un chollo esto de vivir aquí, casa grande, barrio caro..., aunque no nos dejen pasar por la puerta principal y tengamos que entrar y salir por el almacén, entre basuras, carbón, serrín, trastos... —dijo Susana mientras tomaban el sol en la terraza.

—Sí, pero nada es como tiene que ser. ¡Joder! Me voy a cagar en el hijo de la gran puta que me metió en esto.

Oscar se movía constantemente, balanceándose; daba puñetazos a la barandilla y le temblaban las manos.

—Ve lo bueno de las cosas, anda. Estamos juntos. Ahora nos dejan vivir aquí. ¿En qué se parece esto a lo de antes? Di ¿en qué? —reconvino Susana.

—¡Mierda! Los capitalistas no hacen nada gratis. Algo sacarán de esta limosna. ¡Estropajo y jabón para su conciencia! —dijo Oscar, pronunciando en negrita sus palabras.

Con la mirada perdida y dando trompicones, el chico pasó dentro de la casa. Susana oyó cacharros tirados con saña por el suelo de la cocina. Fue a ver.

—Me voy —dijo él.

—¿Adónde?

—No sé. Por ahí.

Susana se preocupó al verle, otra vez, fuera de sí.

—Da una vuelta, pero no tardes. ¿Qué te pasa? Ayer estuviste normal.

—¿Normal? ¡Bah! Nosotros no somos normales. O es que no lo ves —dijo Oscar al salir, dando un portazo.
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Un rato después sonó el timbre de la puerta. Era Iván, alto y bien parecido, dispuesto a empezar su programa de recuperación, igual que Oscar y Susana. No hubo alegría ni emoción en el encuentro. Se presentó con una carta de recomendación en el bolsillo, una niña de dos años en los brazos y los papeles de la “Guarda y Custodia”. No tendrían problemas de espacio, pero el ajuar era escaso. Iván, sin contar con nadie, ocupó la habitación de la pareja.

—Es la única que tiene cama grande y con ropa. Las otras sólo tienen un camastro individual, sin colchón ni sábanas, ni nada. Mi nena no puede pasar frío, se pone muy malita —se justificó el recién llegado ante Susana cuando ésta protestó como una fiera, con lumbre en los ojos y ansias de morder.

—Encima te has quedado con la única chaqueta de mi Oscar, y has acabado con la mortadela y la poca leche que teníamos. No sabes lo que nos costó hacernos con ello en el parking del súper —protestó Susana.

—Bueno mujer, no te pongas así —dijo Iván, meloso, a la vez que pretendía meter la mano, áspera, fría, debajo del suéter de la chica.

—¡Ni lo pienses! —protestó ella, mostrándole un puño amenazante, apretando los dientes, a punto de rechinar.

Aunque era primavera, Susana tan pronto tenía frío como calor; tan pronto veía la casa pintada de blanco como de colores oscuros; lo mismo cruzaba triunfante las puertas del mundo, que se sentía presa entre muros infranqueables. Furiosa, se dejó caer sobre el único taburete que había en el salón.
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—¿Qué te pasa? —preguntó Oscar a su chica cuando volvió de la calle.

—Nada. Un gilipollas nuevo, que ha venido a jodernos la vida. Y no viene solo, trae una mocosa fea y enclenque, casi de teta —soltó Susana.

—Tendremos que ayudarle, compartir... A nosotros también nos ayudan. Le echaremos una mano con la niña; pobrecita, tan pequeña y sin una madre. Nos gustará, ya lo verás.

—Sólo podemos compartir el hambre y el gorila que llevamos dentro. ¿Qué otra cosa podemos dar a ese cabrón?

—Tú me tienes a mí, yo a ti. Él no tiene a nadie. Debemos portarnos bien. Todo sea por la niña. Estoy deseando conocerlos —dijo Oscar, optimista, razonando.

—Ya —admitió Susana, no muy convencida.
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Aquella noche la pareja se acostó en el suelo, al desamor de unos cortinajes y las faldas de una mesa camilla. Durmieron mal. Cuando Oscar despertó, Susana no estaba. La buscó por toda la casa, un mundo vació, colgado por los picos de sus huéspedes. Oyó débiles gemidos. Se asomó con cuidado a la habitación grande. Vio a la niña tumbada sobre la alfombra, al abrigo de un rincón, arropada con la chaqueta. Luego miró sobre la cama. Reconoció el pie femenino desarropado, y los cabellos, y el brazo de ella rodeando el torso desnudo, bocabajo, de Iván. Carraspeó profundo, quizá para tragarse de un golpe la dosis de su vida.

Susana, somnolienta, se volvió y, sentada en la cama, mostrando la desnudez de una juventud protuberante pero flácida, miró a Oscar satisfecha, como si el mundo acabara de inventarse.

—¿Qué Miras? ¿No vas a decir nada? Es otra forma de compartir ¿no? —dijo ella.

Oscar, sin habla, se mordió la lengua con fuerza. Quiso comprobar que estaba vivo y despierto. No podía con el dolor de aquella realidad. Susana insistió.

—Alégrate. Esa niñita necesita una madre. Tú lo dijiste. Todo sea por ella —añadió la chica.

Oscar cogió su chaqueta sin mirar a la niña y se fue.

—Necesito un tiro. ¡Un tiro! Necesito un tiro ya —iba diciendo, escaleras abajo.
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Puedes leer más cuentos en:

http://www.sociedaddigital.es/poemas.asp y http://www.sociedaddigital.es/opinion.asp?id_noticia=1920

viernes, 18 de diciembre de 2009

EL CAMINO QUE NO ERA


Me han cambiao varias veces de celda y he conocío a muchos internos, pero sólo tú has preguntao por lo mío. Te lo contaré en este rato que nos queda de sol, antes de que nos llamen. Escucha...

Como to´los domingos, me puse en la puerta de San Ginés. Había boda. Antes de que llegara la novia, a eso de las doce, ya tenía guita para vivir muchos días, pero yo no sabía tener dinero. Me trinqué un copazo en Casa Braulio y luego entré por la calle de los Mesones arriba. Olía a fritanga y a vino picado. Por allí paraban varios compañeros de fatigas, me petaba convidarles y poner un poco de alegría en su miseria. Una copa aquí, otra allí, luego otra y otra y muchas más. Dejamos vacía la bolsa. No me gusta la esclavitud del dinero. Siempre me gasté todo con los vagabundos como yo.

Achispaos y tambaleantes, los colegas fueron perdiéndose poco a poco. A mí me costó llegar al soportal donde pernoctaba. Desplegué el petate y me eché a dormir. Esa noche no reparé en el asqueroso tufo a orines de gato que había siempre entre mis cosas. Al rato, o no sé cuando, llegaron los municipales. Como todas las noches, me preguntarían dos o tres veces lo mismo, para ver qué tal: el nombre, la fecha de nacimiento, algo sobre el tiempo, tonterías así. No lo recuerdo bien, ¡apañao estaba yo!

Como imaginarás, viendo la cogorza que tenía, me quitaron de allí. No amanecí más en aquel camastro. Cuando desperté me dijeron que era miércoles. El reloj de la sala marcaba las 11:42 AM. Olía a botica. Estaba acostao en una cama con sábanas blancas. Afeitao y tan limpio, me sentía desnudo. ¡Qué vergüenza, joder! Tenía los pies y las manos ataos a los barrotes de la cama. De los brazos salían varios chiclés. Tenía otros cables y una máquina que yo no veía, pero no paraba: “pi...pi...pi...pi...” Todo el rato estaba pendiente de que el puto aparato no hiciera pi,pi,pi,pííííí... seguido, porque después sería como en las pelis: “hora de la muerte...”Joder con el chisme. Yo no estaba para eso, pero dijo una enfermera, gorda y con mala leche, que acababa de salir de un no sé qué etílico y que estaba mu mal. Protesté como si me hubiesen tocao las criadillas: “Dejadme, coño. Estoy jodío, ¡pues claro!, tengo hambre. Si estuviese en la calle estaría cojonudamente”.

Me hicieron caso, pero no creas que me llevaron un plato de alubias. Probaron con un caldo, y bien. Luego me dieron crema de guisantes, merluza a la plancha y natillas. To riquísimo. Me acordé de mis amigos, de su hambre, de sus esquinas. Se me nublaron los ojos al pensar el bien que les harían aquellos manjares; pero confieso que aunque fuese solo, sin ellos, con tantos cuidaos y exquisiteces, me habría quedao allí una temporá. ¿Sería verdad que tenía algo grave? Lo mío era la calle, dormir al raso y el vino de tetrabric.

Al día siguiente ya estaba mucho mejor, pero, imagínate, como un pájaro enjaulao. Después del desayuno, bien aseao y con un pijama azul, grandísimo, salí al pasillo para estirar las piernas mientras limpiaban la habitación. Como quien se deja llevar, entré en un cuarto. Debía ser el vestuario de los médicos. Afané un traje de mi talla, unos zapatos, una camisa bien guapa, una corbata y salí corriendo.

Me veía en los cristales de los escaparates como un maniquí. Me senté en un parque. Encontré en la chaqueta una cartera con un carné de identidad, otro de conducir, una foto familiar, cuarenta €uros y un boleto de los ciegos del día anterior. Número 1313. Pregunté en un quiosco de la ONCE. La chica, con gafas oscuras, lo miró con una lupa y dijo que tenía premio. ¡Cien mil €uros! Ella no veía, yo me quedé sin habla. Otra vez me perseguía la mugre del dinero. Mi corazón latía deprisa. Me sentía otro. La cieguita dijo que en cualquier banco gestionarían to. Entré en uno próximo. Comprobaron el boleto, el número. ¡Qué bien se portaron! Hasta me anticiparon una buena suma. Firmé y dijeron que volviera a los tres días para colocar el resto del premio.

Salí de allí sin soltar la cartera, saltando y riendo, créetelo. Me dio hasta hipo. Los edificios, los árboles, los colores..., to´lo veía distinto. Calculaba, sin saber, qué podría comprar con tanto dinero. Iba en esas cábalas cuando tuve que cambiarme de acera dos o tres veces porque me encontré con varios pedigüeños, andrajosos, que se pusieron pesadísimos para que les diera unas monedas. Me dieron asco; les despaché a patás. Ellos quedaron como espantaos. Después sentí dolor en las tripas y amargura en la boca por aquella rabieta. Con las pintas que llevaba, comprenderás que ya no podía hacer la vida de antes. Decidí hospedarme en un hostal. Allí observé cómo vivía la gente normal, huéspedes, transeúntes. Por el ajetreo, o no sé por qué, el petate, el soportal y los colegas de toda la vida salieron de mis pensamientos.

Cuando volví al banco, no me recibieron como el primer día. Las caras de los empleaos parecían de cartón, se habían quedao sin sonrisas. Me tuvieron esperando en un despacho más de media hora. Al final llegaron dos señores con mal gesto, como si en el carajillo de la mañana les hubiesen echao vinagre. Dijeron que eran policías. Me pidieron la documentación. Yo les di la que tenía, la del médico, que, por cierto, era cejijunto como yo. Tras examinarla, dijo uno que estaba detenío. Me llevaron a la comisaría y desde allí me trajeron aquí, al talego, donde llevo siete meses en prisión preventiva, pendiente de juicio; dicen que acusao de apropiación indebida y suplantación de personalidad, que no sé mu bien lo que es.

Así fue to, y to porque el destino me puso en un camino que no era el mío. Lo peor es que, aquí dentro, no soy nadie; y fuera, nadie me echa de menos. ¿Qué te parece? No digas ná, y vamos, que ya tocan fajina.

© Alejandro Pérez
Colección "Los cuentos mejor pensados". Inscritos en el Registro de la P.I.
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jueves, 5 de noviembre de 2009

TRAGOS DE VIDA




Lo prometido... (Un hecho real)

Corrían los años sesenta del pasado siglo XX. Clemente vivía más en el campo que en casa. Próximo a cumplir los setenta, estaba magro, ágil y colorado. Comía chacinas caseras y guisos de patatas y verduras de su huerta. Todo bien regado con vino de pitarra. Por las mañanas salía con su bota grande bien llena, henchida, pero acababa como una pasa y sin forma, por la tarde.

Un día sintió sensación de mareo y pesadez de cabeza. El médico le dijo que dejara el vino y otras bebidas alcohólicas, y que tomara dos o tres litros de agua todos los días. No era muy aficionado Clemente a lo que él llamaba “la mala leche de las tormentas”, que estropeaba tejados y trochas y anegaba las viñas. En fin...

—Habrá que hacer lo que digan los médicos, que pa´eso están —dijo resignado a la esposa, cuando regresó de la consulta, quitándose la chaqueta nueva, que olía a pana desde lejos.

Se familiarizó con las fuentes de los parajes que frecuentaba. Por la mañana bebía en una rodeada de helechos, en una vaguada sombría; su agua, fresca y fina, entraba bien tras la caminata hasta los apriscos. Luego, con los torreznos del almuerzo, se refrescaba en un manantial con sabor a mentas y tomillos. Después de la comida, también de fiambrera, se quitaba la boina y bebía a bruces en la pila de otro venero, en un collado bajo. Antes de beber limpiaba las superficies de tarántulas, salamandras, caracolillos y otros parásitos. Siempre se libraría alguno de esos bichos.

Clemente se puso bien de la cabeza, pero poco después empezó a sentirse mal. Unas veces le dolía el estómago, otras el abdomen y muchos días ambas cosas a la vez. Sin posibilidades en las consultas de los pueblos, el médico diagnosticó gastroenteritis y prescribió dieta blanda: verduras, purés, poco pan, ninguna grasa y, por supuesto, nada de vinos y licores.

Clemente empezó con su régimen, pero cada día estaba peor. Perdió el apetito y mucho peso. Los dolores, cada vez más fuertes, le apartaron del pastoreo y de las viñas, donde laboraba en los ratos libres

—Es como si algo por dentro me comiera los bandullos —decía el pobre Clemente, pálido, con los ojos inundados, retorciéndose, cuando le apremiaba el dolor.

No hubo otro remedio que hospitalizarle. Los especialistas de digestivo le hicieron todas las pruebas posibles. Dijeron que tenía algo grave, pero no sabían qué. Desestimaron la cirugía porque el mal, localizado en el estómago, cambiaba de forma y lugar a cada instante. Clemente cada vez tenía menos fuerza, estaba más delgado y se le adivinaban los huesos al otro lado de una piel lacia, del color de la pavesa. Gracias a los tratamientos paliativos, disminuyeron los dolores.

En medio de aquella lucha por sobrevivir, llegaron las Navidades. Con la anuencia de sus allegados, los médicos le dieron un alta provisional para que pasara las fiestas en familia. Algunos dijeron que aquello era un paripé para que muriera en su casa. Cuando Clemente se vio en el pueblo, rodeado de familiares y amigos, se animó mucho; tanto que, acompañado, llegó hasta la Plaza Mayor para ver el Belén que habían puesto en los soportales del Ayuntamiento.

La familia pasó la Nochevieja en casa de unos sobrinos, como todos los años. Clemente, sin olvidarse de las pastillas, los parches y las inyecciones, cenó puré de espinacas y pescadilla hervida; para beber, agua embotellada. Nada que ver con el cordero y el cochinillo que devoraron los que estaban buenos, con sus vinos, sus cervezas y todos los caprichos apetecidos. Ante la desolación y el malestar que padecía, decidió irse pronto a descansar. Todos, comprensivos, quisieron acompañarle, pero él, estando en la misma calle, dos números más allá, no aceptó.

Se sintió reconfortado en su caserón, en medio de aquel zaguán-distribuidor, escenario de tantos acontecimientos familiares: las matanzas del cerdo, los bailes de las bodas; las charlas distendidas con los amigos, presididas por la bota, o la botella del orujo, si hacía frío. Sí, recordó aquello, sobre todo la destilación del orujo, saliendo gota a gota del alambique, con aquel olor tan característico a hollejos sudados, a lumbre de pino y encina, a noches en blanco animadas por la ilusión de una vida de regalo y lluvias propicias.

Clemente no lo dudó. Abrió el vasar. Allí estaba su botella de aguardiente, como la dejó días antes. Él no usaba el lenguaje de los médicos, pero los comprendía cuando hablaban. Pensó que en la vida sólo vale lo que se vive, no lo que se deja de vivir. Miró la botella, la cogió con reverencia y la abrió. Olió con fruición su contenido. Pensó que si aquello le hacía tanto daño como decían los médicos, sería el último mal; pero eso estaba por ver. Lo que sí tenía claro era que aquel aguardiente, hecho por él, estaba mucho mejor y le gustaba más que las medicinas, cuyos resultados definitivos tampoco se habían visto. Acarició la botella, se la llevó a los labios y bebió dos tragos, pequeños y con cuidado. Sintió la quemazón de siempre en el gaznate, y le supo más bueno que nunca. Dejó todo como estaba, para que nadie sospechara nada. Pensó que, aunque fuese en secreto, habría otros tientos mientras estuviese en su casa con vida. Animado, se fue a la cama.

No había terminado de quitarse las botas, y el orujo andaría buscando acomodo en las entrañas de Clemente, cuando éste notó que se le movía estómago. Le sobrevino un vómito, luego otro. Se asustó al ver que sangraba de forma abundante por la nariz. Le faltaba la respiración. Llamó a los vecinos; estos hicieron venir a la familia y entre todos acordaron avisar al médico.
Cuando llegó el doctor, Clemente respiraba por la boca, estaba casi asfixiado, seguía sangrando y no hablaba. El médico vio con extrañeza que tenía en la nariz mucha sangre cuajada. Limpió, tiró con cuidado y vio que algo salió y se le enredó en los dedos. Era un ser vivo, con movimientos lentos pero insistentes, como quien huye de un incendio perseguido por las llamas. Clemente empezó a respirar con normalidad. Le dolía la garganta y sentía la nariz irritada, pero estaba tranquilo. El médico identificó al parásito alumbrado como un anélido, que era lo que vulgarmente se conocía como sanguijuela.

A todos les extrañó mucho aquello. El más asombrado fue el médico, que no se explicaba cómo pudo entrar aquel gusano en el cuerpo del paciente, y menos los motivos por los que salió de él. Así se lo hizo saber a todos. Clemente, quedándose dormido, dijo con un hilo de voz: “ya le contaré yo a usté lo dañino que es el agua y los milagros de los aguardientes”. Nadie le oyó. Durmió plácidamente aquella noche, bajo los efectos de los tragos de la vida. Así los llamó él.

Al día siguiente Clemente ya no tenía dolores, sólo algunas molestias que pronto desaparecieron. Todos le trataban como a un personaje de portada. Empezó a comer y a engordar, hasta quedarse como siempre fue. Y, como siempre fue, vivió veinte años más, sin hacer caso a los médicos y regalando aguardiente a sus amigos y seres queridos.
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(C) Alejandro Pérez García. Inscrito en el Registro de la P.I. "Los cuentos mejor pensados"
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